sábado, 29 de diciembre de 2012

Apología del juego



Un argentino promedio, que minimiza las cuestiones a la anécdota y al azar, ya tendría la decisión tomada:  Jugarle unos pesos al 13.
Resulta, que el número tiene connotaciones tradicionales, y (paradójicamente)  siempre alejadas de la buena suerte. No imagino en cuántos países del mundo, por ejemplo, tener 13 personas sentadas en una mesa, hace suponer que una de ellas morirá, teniendo como parámetro la famosa Última Cena que tan perfectamente retrató  Da Vinci (aún sin haber atestiguado el momento).
Lejos de las supersticiones estoy, pero cada martes 13, un grupo de periodistas encuentra noticia en alguna parejita casamentera dentro de un registro civil.
La lotería nacional señala el significado del  13 como “la yeta”, que en nuestro lunfardo remite a los infortunios.
Hoteles del mundo evitan el 13 en sus habitaciones, y saltan del piso 12 al 14.
Aerolíneas reconocidas no ponen el número en los asientos de los aviones y estrellas del planeta  omiten presentaciones ese día del calendario.
Resumo para no generar la pandemia de la triscadecafobia.
Luego de este panorama vulgar, sin ninguna clase de sustento, vamos al grano:
Hace menos de un mes, Argentina esperaba un veredicto bisagra  a nivel judicial: El juicio por el caso MaritaVerón llegaba a su fin, y el país sostenía esperanzas por  un fallo que permitiese encontrar un culpable a una de las tantas desapariciones que pusieron en jaque a los sectores más poderosos. Más allá de la expectativa para ponerle un punto final  (o inicial) a la búsqueda que lleva diez años,   el juez eximió a los 13 acusados por la desaparición de la joven  tucumana. El magistrado decidió  que no había evidencias para encarcelar a los supuestos responsables. Y así, la historia nacional, se llevó consigo otro caso más para la amnesia colectiva. El nombre de Marita Verón vuelve a resonar vacío de justicia.
El 20 de diciembre de este año teñido de apocalipsis, se llevó adelante el juicio por el caso Cromañón, donde, a causa de un incendio, murieron 194 jóvenes en un recital de la banda Callejeros.
La larga noche del 2005 pareció concluir cuando la justicia dictaminó sentencia para los 13 acusados, incluido el cantante de la banda, Patricio “Pato” Fontanet.
El líder de la actual “Casi Justicia Social” terminó internado en una clínicade nuestra ciudad por el brote psiquiátrico que le ocasionó la noticia. La justicia es por demás extraña. El hombre que sobrevivió a la tragedia fue condenado y culpado de homicidio, como si, desde afuera, hubiese incendiado el lugar a fin de cobrarse 194 almas. Quisiera evitar el canto de protesta, pero siempre he creído en la República. Hoy, a horas de que el año acabe, me pongo en la piel de lo que no quiero ser: una renegada.  Y protesto, en voz alta y con mayúsculas:  LA JUSTICIA ES INJUSTA. La justicia succiona víctimas y las ahoga en abismos infinitos. La justicia se traga a los hombres, a los nombres, a todo aquello que tiene algo que decir. La justicia sorprende. La justicia tarda y pone excusas para no llegar. La justicia no se disculpa. La justicia no se equivoca. La justicia, a gatas, publica una fe de erratas en algún pie de página que nadie lee.  La justicia agota las mentes de los sanos y los hace débiles. La justicia es el gato negro de los que creen en ella. La justicia tiene gastada la venda de los ojos y olvidó cómo interpretar la balanza.
La justicia se llama justicia porque de justicia no tiene nada.
Pude ponerme cursi para saludarlos y contarles lo feliz que me hace el fin de año. Pero a veces los balances no son tan positivos. Próspero 2013 para todos.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La puta que escribe



Probablemente aquellos que, alguna vez visitaron este blog, me encontraron entre líneas. Todo lo escrito tiene que ver conmigo. Algunas cosas tienen más realidad que otras. Escribo con simpleza, desde lo que hice o viví.
 Un profesor de literatura, que me crucé en alguna búsqueda errante, le llamó “panfleto”. Puede ser. Quizás entrar en los espirales de las palabras siempre me haya resultado escabroso e innecesariamente complejo. “Panfleto” es un término que no me incomoda. Lo prefiero a las vacías poesías de elite: poesía para poetas. Yo escribo para todo aquel a quien el azar, la casualidad o como quiera que se llame, lo dirija hasta aquí.
Qué más da.
Leo y releo este cuentagotas de textos y no encuentro nada parecido a lo que algunos amigos (unos escritores, otros más o menos) me hacen interpretar:
Yo no escribí sobre dos personas haciendo el amor. Nada de sexo, ni de sábanas, ni de almas enredadas, ni de bocas fundidas.  Ni en primera persona, ni en tercera.
A esta altura, varios de ustedes, mis amigos, ya sacaron la bendita conclusión, apropiándose de ese concepto obsoleto y absurdo que es “mi intimidad”. ¡No se esfuercen! En este blog, perdido  entre los millones de blogs, todo es relativo. Paralelo.
Porque yo sí hice el amor. No pretendan encontrarse  una descripción banal del asunto. Renuncien al anhelo de querer encontrar el lugar donde escondí la primera vez o la última.
No hay golpes bajos ni mensajes subliminales.
Hice el amor con cada una de las palabras escritas. Rodé por el suelo, por el aire, envuelta en cada sonido. Me elevé desde  las hojas en blanco, hasta mancharlas de sentido imprevisto.
Hice el amor con el que leyó. Con el que halagó una línea o la defenestró. Hice el amor cuando les conté el perfecto final de mis abuelos. Hice el amor cuando descubrí la semilla que crecía dentro de esta pantalla medio muerta, medio viva. Hice el amor con los personajes. Con Alicia. Con la barbie asesinada que creé de un tirón.
Hice el amor con la memoria, con las miradas de esos chicos a quienes un móvil militar  les arrancó al padre. Hice el amor con la flaca que quería suicidarse un domingo a la tarde. Hice el amor con el rengo que no podía evitar la nostalgia, camino a la oficina. Me revolqué escandalosamente con una casa vacía, llena de  muebles.  Me acosté conmigo misma, para consolarme por la asquerosa decisión de entrar a una iglesia a protegerme del frío. Apretujé mi alma con este teclado que pudo haber sido cualquier otro.  Me mordí los labios cuando apenas transpiré borrones.  Cada vez que me senté a escribir, hice el amor.
No voy a mentirles. Poco me importan los modales y las buenas costumbres. La promiscuidad siempre me ha sentado muy bien.

@strellasalerno
 
 

lunes, 22 de octubre de 2012

Mi Yegua Alicia



Siempre digo que el día que me compre una yegua, le voy a poner de nombre Alicia. Tengo las mismas posibilidades de tener una yegua, que de ir a Egipto en carácter de mochilera.  Pero el nombre ya está elegido, y no lo pienso discutir con nadie que se interponga entre mis inverosimilitudes y yo.
 No es que me guste “Alicia”, porque de esa manera lo proyectaría en una hija, y no en una yegua. Tampoco es que no me guste. Alicia es un nombre de origen griego y
 significa “protectora”. Le quedaría mejor a una madre que a una hija, y -mucho mejor aún- que a una yegua.  Ocurre que mi imaginación me lleva a futuros improbables, y a pasados destejidos en pesadillas presentes.
En este caso, Alicia no es la nena que corrió al conejo, ni cualquier otra Alicia que haya hecho historia y que pudiera aparecer de un golpe de teclado en Google.
Alicia me despierta una o dos noches al mes, y me hace latir el corazón con una fuerza implacable. Sabe que su mirada, blanca de tanto azul, limpia mi cerebro y lo deja completamente nulo. Intimida con sus uñas, perfectas y coloradas. Camina sigilosa entre pasillo y pasillo, con zapatos que apenas se distinguen en el silencio fortuito.
Cuenta la leyenda que se la ve  sonreír una vez al año y que nada tienen que ver los horóscopos para que el fenómeno ocurra.  Alicia es hermosa, inteligente, justa, madura. Tanto que es imposible encontrarle la infancia entre líneas.
Anoche volvió a encontrarme.
-¿Qué querés, Alicia?
- ¿Qué parte no entendiste?-
 Me dijo, con los ojos más abiertos que nunca. Y otra vez la misma adrenalina me cosquilleó la piel. Empalidecí.
Puso frente a mí una hoja garabateada que se estiraba sin control hacia abajo. Llegó  hasta mis rodillas, serpenteó sobre mis tobillos y me enroscó como a una presa debilucha en un bosque de papel. 
Alicia dominaba la situación en reserva, y mis gritos afónicos apenas  tenían una leve acústica en lo más remoto de mi inconsciente.
Me sudaban las manos y el ritmo de la respiración marcaba las etapas de la lucha entre la hoja y yo.
Los garabatos comenzaron a desprenderse del papel, y caminaban en filas como bichos huyendo de la tormenta. Alicia miraba, inmóvil, con los brazos cruzados. Siempre en silencio.
Los cuasi gorgojos brotaban en hervideros furiosos y se enlazaban acollarándome  sin piedad.
Di varios alaridos en vano. La única testigo era ella, que parecía indicar, como director de orquesta, el recorrido que debían hacer las manchas  de tinta para apoderarse de mi poca lucidez.
-¿Qué parte no entendés?
-Ninguna, Alicia…
Temí por mi vida. Decirle la verdad siempre me hizo sentir una idiota.
-No pudiste haber llegado hasta acá sin entender nada…
Algo de razón tenía: nadie puede sacarse las medias, si antes no se quitó los zapatos. Pero yo seguía allí, atrapada en muros que había saltado cinco años atrás…
El papel ya me había quitado casi la totalidad del oxígeno, y los bichos me succionaban hasta las ganas de seguir.
Alicia no se inmutaba ante mis plegarias. Gozaba de mi lenta agonía…

Números que eran letras y letras que jamás habían sido números. Raíces que abandonaron sus árboles  y cuadrados entre paréntesis. Senos que se fueron por la tangente, y yo, que me fui junto con ellos. Corchetes  bajo llaves y binomios conviviendo con polinomios.
Hipotenusas sobre catetos y catetos sin saber que estaban subordinados. Pi y Alfa bailando un  vals, festejando haber encontrado la equis perdida.  Un ángulo adyacente se abría, sensual, a la par de su suplementario…
Alicia empezó a reír… No sé si habían pasado 365 días, pero la mujer reía sin culpas, y yo caía rendida, envuelta en una crisis que debí superar hace tiempo.
Desperté con el mismo nerviosismo de aquellos años, ni lejanos ni cercanos.
Un lustro  estudiando periodismo y sin verla debió resolver mi karma, pero no.
En Argentina le decimos “yegua” a las mujeres hermosas y también a las perversas y malintencionadas.
Los círculos se cierran (paradoja mediante). Ya ven por qué quiero que mi  potra se llame Alicia.  Una breve alusión a mi profesora de matemáticas.

jueves, 7 de junio de 2012

Azares

Soñé un colectivo sin gloria 
que usaba una máscara 
 y ocultaba la vergüenza. 
Con siete años de cargos inventados, 
decir "racha" es poner una excusa.
 Aún no logro reducir los secuestros 
a crónicas rojas de amor y venganza. 
Desperté y un cancionero me explicó que no soñaba. 
Me consuela que algo queda,
 aún cuando el mundo hubiese ensordecido.

jueves, 31 de mayo de 2012

Memorias de ventana


Ya era tarde para lágrimas. Si los ojos se nublaban el espectáculo hubiese sido todavía más triste. Un rayo de luz reflejado en el vidrio mojado le daba color al panorama blanco y negro que teníamos en frente.
Una lluvia de recuerdos inciertos intercedía entre la imagen y nosotros que, amontonados, apretábamos las narices contra la transparencia del cristal.
Probablemente yo hoy sea  el más arrepentido. La ventana del cuarto del baño era el recorte más cruel y perfecto  para atestiguar el final de algo que no sabemos cómo empezó. Por fuera del cuadrado quedaron las voces muertas de los que callaron.
Estábamos quietos, presos de un castigo que nos estaba preparando la historia. El vidrio se empañaba y se desempañaba, cómplice de nuestra respiración. Junio nunca fue muy bondadoso con las temperaturas.
Ellos, despojados de vergüenzas, no notaron nuestras miradas inmóviles. Fue un golpe tras otro, y en cada golpe nuestros ojos se cerraban para evitar la furia de los insanos. Sin embargo, esa oscuridad de milésimas de segundos, nos llenaba la cabeza de visiones dolorosas.
Tuvimos miedo.  Nuestra vista tenía  un filo contundente, y distinguíamos más detalles de los que hubiésemos querido.
Nadie salió.  Nadie escuchó. La cuadra quedó enajenada esa tarde. Sin sonidos.  Los recuerdos son sólo posibles evocando la ventana del baño, y  a través de tres pares de ojos suspendidos como lunas en un cielo imaginario.
Esa fue la última vez que lo vimos. La siguiente imagen es un auto verde, asqueroso verde. Y la cara de papá mirando por  el vidrio de atrás, buscándonos, con los ojos vendados y la mirada hacia arriba.  

miércoles, 23 de mayo de 2012

¿Hasta que la muerte los separe?

La hija se preguntaba qué haría con uno cuando el otro faltara. El padre le respondía que no se preocupara porque ese día no llegaría jamás. Cada tarde era una serenata de insultos que remontaba a épocas pasadas, de zaguanes y leche fresca, de vacas recién ordeñadas. Él no caminaba. A ella se le morían los recuerdos de a poco. Él aún soñaba con un mundo mejor, construido con banderas coloradas. Ella seguía viendo a Perón saludando desde los balcones, con la promesa del cambio inminente. Sin embargo, cada pelea, cada grito, no era más que un sello eterno despojado de diferencias, de medio siglo de sueños inconcretos. Esa noche sería el inicio de cientos de historias que aún no se han escrito. El corazón de ella comenzaría a desprenderse del hilo que la ataba a la vida. Las sirenas eran el único sonido que envolvía al barrio, que los conocía con sus idas y vueltas. Se la llevaron. Él lo supo: la despedida era irreversible. Pasaron a penas dos días. Él comenzó a perder la lucidez con la que comprendía al mundo sin saber de su casa. Ella tenía preocupaciones resueltas hacía más de treinta años. Para él, ya no había bastones ni fuerzas que pudieran levantarlo del pozo asesino de la cama. El mundo estaba distraído ese día. Los cuartos de final entre Argentina y Alemania habían cubierto de indiferencia el resto de las cosas. Poco importaba que ella llamara a su hermano muerto quince años atrás. Él cazaba perdices y palomas desde la inmovilidad que lo había atrapado. Desde el hospital las versiones se contradecían todo el tiempo: que mejora, que empeora, que se muere. Los dos padecían la dulce espera, pero ninguno sabía cómo estaba el otro, aunque por alguna razón estaban intranquilos. La mañana del 15 de julio, Córdoba amaneció con los pastos blanqueados. Ella cerró los ojos para siempre, pero decidió no abandonarlo al naufragio de la soledad. La hija ya no debía preocuparse. Él también eligió el 15 de julio para morir. No le hicieron caso a la absurda sentencia del cura.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cuestión de modales


Ningún sol era capaz de entibiar las peatonales. La ciudad parecía acunada por la música solemne.  Estaba cautiva del sonido, como un marinero en naufragio  atraído por el canto de alguna sirena perversa. Los oídos eran el metal débil del cuerpo, que se dejaba poseer por los imanes de las  armonías suspendidas en el aire.
Un día cualquiera no se me hubiese ocurrido semejante locura. Pero el frío me condenó a la decisión absurda del ingreso. Entré, y el lugar pareció desprenderse del suelo y la ciudad quedó abajo, muy abajo, lejos de las incoherencias mundanas. Quizás la ciudad levitó, y lo que quedó en la profundidad  fue ese antro de balcones impolutos.
 El silencio  adormeció mis sentidos, y desde entonces perdí la capacidad de discernir.
No supe si lo que mis ojos acaparaban era enorme o insignificante. La noción de la estética pareció anestesiarse en mi interior. Cada parpadeo fue una discusión fugaz entre lo bello y lo horrible.
La paz sonaba como golpes redondos dentro de mí: paz, paz, paz. El ritmo regular del monosílabo generaba un eco perturbador.
 Los latidos del tiempo se atenuaban como un corazón muriendo, y los minutos se apagaban con lentitud. En ese lugar, luz y oscuridad son más que antónimos vacíos, aunque no puedo saber si ese agujero era claro u oscuro.
“Al inmolarse murió por única vez, y cuando murió vivió para siempre”.
Yo hubiese dado un aplauso. Pero el rebaño, adiestrado, respondió “amén”.
El cura siguió con lo suyo.
Yo, más fría de lo que entré, me hice la señal de la cruz y me fui. No vayan a pensar que soy una maleducada.
@strellasalerno

viernes, 13 de abril de 2012

Reflexiones

“En el matrimonio el amor llega cuando ambos cónyuges han acabado por odiarse ferozmente”- Oscar Wilde.
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Veinticinco años. Miro las fotos y lo único que logro es refrescar las caras de todos los muertos a cuyos velorios lo tuve que acompañar.
Daniel está igual. El traje le sigue entrando y el pobre no se da cuenta de que pasó de moda.
¡Mirá lo que era yo! Flaca, joven ¿A dónde habré dejado esa cintura? Me pregunto si mi cuñada todavía conserva las cortinas que se hizo con la tela de mi vestido. Caradura.
Pensar que mi mamá me lo decía: “Aspirá más alto, nena. Ese muchacho no es para vos. No te llega ni a los talones”. Y ahí fui. No me importó nada.
Después me arrepentí. Desde ese día mi matrimonio ha estado plagado de idas y vueltas.
Yo pensé que cuando nacieran los chicos Daniel iba a cambiar, pero me equivoqué.
Siempre se ha dejado ganar por las pequeñeces de la rutina: el trabajo, la madre, los impuestos.
Ya no tiene la mirada de ésta foto y no se le dilatan las pupilas como cuando me invitaba a los bailes del club.
Cada vez que llega, le tengo que escuchar la cantaleta, que es la misma desde que tengo memoria. Me mira poco y nada; y cuando lo hace, parece que encontrara en mi cara el libro en blanco para todas sus quejas. Lo odio. Me dan ganas de mandarlo a la cueva de la que vino, a ver si se las puede arreglar sin mí.
Me paso toda la mañana pensando en cómo tratarlo cuando llegue. Pero, a pesar de la monotonía de los días, siempre termino improvisando una conversación.
Seamos realistas: Viéndolo bien él tampoco es el mismo de ese día.
Siento que el paso del tiempo nos ha despojado de nuestra libertad. Estamos condenados a querernos y a hacer todas esas cosas que el cura enumeró, y que sólo tienen sentido en las películas de finales predecibles: salud y enfermedad; riqueza y pobreza;  prosperidad y adversidad. El guión estaba escrito, y nosotros le pusimos el alma a un amor de recetas.
Él ya no se ve con los amigos y yo ni me esmero en hacer esas cosas que me hacían escapar. 
La rutina nos atrapa y no tener de qué hablar nos  sentencia a las peleas.
Más de una vez hemos bajado a todos nuestros muertos, y la noche nos ha encontrado separados por una almohada disfrazada de frontera.
Los chicos ya ni se meten a tomar postura, porque no tiene sentido. La indiferencia nunca nos ha ganado más de dos o tres batallas.
Se lo advertí el primer día: “Me ponés una mano encima y no me ves nunca más”. No sé si funcionó la amenaza, pero nunca me ha tocado un pelo.
Somos como dos chicos peleando hasta el hartazgo, y cuando llegamos al punto cúlmine y ya nos humillamos en todos los tamaños, olvidamos el camino que nos llevó hasta ahí.
El día de esta foto, yo tenía veintidós años y él, treinta. Así que tengo más vida con él que con mis padres. No quiero que piensen que estoy loca, pero la bruja me lo advirtió: “Tu vida tiene más futuro que pasado”. No sé si fue una cuestión de horóscopos. No sé si los astros influyeron. Ni siquiera voy a poder descubrir si esa supuesta alineación de planetas existió alguna vez.
Pero estoy convencida de que Daniel me ama tanto como el día de esta foto. La diferencia es que ahora nuestra pieza dejó de ser el rincón de la lujuria para convertirse en un espacio espiritual. Nos hemos construido el uno al otro. El tiempo nos ha creado a la perfección. A esta altura el silencio es mejor que mil excusas.
Sí. No puedo equivocarme. Somos los mismos de esta foto. Pero en movimiento. Y en colores.
@strellasalerno 

viernes, 6 de abril de 2012

Piedra Libre

Treintaisiete, treintaiocho, treintainueve, ¡cuarenta! Punto y coma, el que no se escondió se embroma…
Puedo recordarlo como si acabara de pasar. No terminé de decir el conjuro, y la vereda quedó áspera de tanta soledad.
El olfato no me fallaba. Sabía exactamente dónde estaban cada uno de los pibes que se burlaban de mi manera coja de correr.
Los lugares no cambiaban, a pesar de que ellos se esforzaban por la búsqueda de un agujero inimaginable. El fitito de Don Julio tapaba la redondez del gordo Mario. El siempreverde viejo, del viejo del quiosco, le guardaba los secretos a Carlitos, aunque para esa época la falta de hojas lo delataba en las sombras. El porche de la casa abandonada, al lado de la verdulería, le servía a Federico a veces para esconderse, otras para llevar a alguna chica del colegio y tratar de conquistarla con chicles de cinco centavos.
No puedo evitar el cosquilleo absurdo de sentir en el aire  la adrenalina del ¡piedra libre para todos los compas!  Camino por lo  que ahora es la cuadra de mi oficina, me veo pelado, panzón y envuelto en un traje que me molesta más que los mocasines de la escuela de curas a la que fui. No puedo creerlo. La verdulería y la casa abandonada son ahora un edificio de diez pisos, que reflejan el cielo por los vidrios espejados de las ventanas. El quiosco mutó en un cyber, y los hijos de Don Julio convirtieron la casa en tres departamentos en alquiler.
A veces no quiero mirar. Alguien castigó al siempreverde. Lo talaron al ras  por la causa injusta de querer divertirse y ponerle la traba a alguna vieja con sus raíces, más viejas que la vieja. 
La casa de mi abuela también quedó guardada en el baúl de las fotos, y aunque me hago el pelotudo, el corazón me late más fuerte cuando paso por ahí. A mis tíos les importó un carajo el valor sentimental de las paredes, y la vendieron porque el terreno tenía doble salida. Ahora, la playa de estacionamiento factura por día más de lo que mi abuelo podía ganar en meses.
Pienso y camino. Y el trayecto es una eternidad hasta la cárcel que me tendrá atrapado ocho horas, bajo luces incandescentes y artificial aire fresco.
Cierro los ojos porque ya me sé de memoria los pasos que tengo que hacer. Huele a chocolatada en el viento. Hay aromas que no puedo quitarme de la memoria.
¡A tomar la leche! Y Carlitos salta como un gato del árbol. El gordo asoma atrás del auto y Federico, bueno… abandona la cueva con la frustración del escondite descubierto.
La casa de mi abuela era el refugio de los hambrientos. Ninguna riqueza del mundo era comparable con las tostadas con picadillo que servía para merendar.
Sus respuestas cómplices me daban calma cuando mamá preguntaba si me había lavado las manos o había hecho los deberes. El domingo me encontraba dormido en su regazo, transportado por quién sabe qué fuerza hasta ahí.
Sigo caminando y la puerta eléctrica ya es un paisaje inminente  frente a mí. Suspiro y el calor de un hogar extinguido me ahoga desde adentro.  Pero ahora vuelvo a ponerme la máscara que protege al rengo que no podía correr. Dejo atrás la simpleza de lo que fui, y  el nudo en la garganta se sella por una corbata que no quiere ceder.
A veces me pregunto cómo hice para sobrevivir en esta selva de olvidadizos, que devinieron en jefes y viejos conocidos.
Entro al edificio, evitando los espejos del ascensor, que me devuelven una imagen  que no me interesa. Veo los papeles  y quiero volver a contar hasta cuarenta para que el mundo se esfume. No. Mejor no. Quiero ser el que se esconda del mundo en algún rincón secreto. El que no se embrome por  la audaz hazaña de desaparecer. El que grite ¡piedra libre! cuando tenga ganas. El que tenga el poder de liberar a los compas de las ataduras cotidianas, señalar a otro y que el juego vuelva a empezar.
@strellasalerno

miércoles, 4 de abril de 2012

Uno

El hombre llegó cansado
con desamor colgando en los ojos.
Tiró la llave,
soltó la vida.
Ella intentó hablarle.
Él se aferró al silencio.
Se miraron. Se conocieron.
No tenían más que hacer.
Agotaron los días de rutina.
Sentados de frente
se durmieron para siempre.  



@strellasalerno

La muerte de la semana

El perfume amargo  del domingo se colaba entre las hendijas de la puerta.
El silencio le golpeaba los oídos.
La mujer, flaca y de piel venosa, caminaba perdida en sus propios pasillos.
El sopor de una tarde desierta era el escenario indicado para esos suicidios que mueren en el vacío de la crónica roja.
La paz la desbordó y se dispuso a dibujar el punto final. Pero bastó con mirarse al espejo. Sus ojos se hicieron de agua, y la luz le reflejó  arcoíris en el rostro. Entendió que no valía la pena.
Después del domingo seguía el lunes. Y tendría otros seis días para pensar cómo morir.

domingo, 1 de enero de 2012