Ya era tarde para lágrimas. Si los
ojos se nublaban el espectáculo hubiese sido todavía más triste. Un rayo de luz
reflejado en el vidrio mojado le daba color al panorama blanco y negro que
teníamos en frente.
Una lluvia de recuerdos inciertos intercedía entre la imagen y nosotros que, amontonados, apretábamos las narices contra la transparencia del cristal.
Probablemente yo hoy sea el más arrepentido. La ventana del cuarto del baño era el recorte más cruel y perfecto para atestiguar el final de algo que no sabemos cómo empezó. Por fuera del cuadrado quedaron las voces muertas de los que callaron.
Estábamos quietos, presos de un castigo que nos estaba preparando la historia. El vidrio se empañaba y se desempañaba, cómplice de nuestra respiración. Junio nunca fue muy bondadoso con las temperaturas.
Ellos, despojados de vergüenzas, no notaron nuestras miradas inmóviles. Fue un golpe tras otro, y en cada golpe nuestros ojos se cerraban para evitar la furia de los insanos. Sin embargo, esa oscuridad de milésimas de segundos, nos llenaba la cabeza de visiones dolorosas.
Tuvimos miedo. Nuestra vista tenía un filo contundente, y distinguíamos más detalles de los que hubiésemos querido.
Nadie salió. Nadie escuchó. La cuadra quedó enajenada esa tarde. Sin sonidos. Los recuerdos son sólo posibles evocando la ventana del baño, y a través de tres pares de ojos suspendidos como lunas en un cielo imaginario.
Esa fue la última vez que lo vimos. La siguiente imagen es un auto verde, asqueroso verde. Y la cara de papá mirando por el vidrio de atrás, buscándonos, con los ojos vendados y la mirada hacia arriba.
Una lluvia de recuerdos inciertos intercedía entre la imagen y nosotros que, amontonados, apretábamos las narices contra la transparencia del cristal.
Probablemente yo hoy sea el más arrepentido. La ventana del cuarto del baño era el recorte más cruel y perfecto para atestiguar el final de algo que no sabemos cómo empezó. Por fuera del cuadrado quedaron las voces muertas de los que callaron.
Estábamos quietos, presos de un castigo que nos estaba preparando la historia. El vidrio se empañaba y se desempañaba, cómplice de nuestra respiración. Junio nunca fue muy bondadoso con las temperaturas.
Ellos, despojados de vergüenzas, no notaron nuestras miradas inmóviles. Fue un golpe tras otro, y en cada golpe nuestros ojos se cerraban para evitar la furia de los insanos. Sin embargo, esa oscuridad de milésimas de segundos, nos llenaba la cabeza de visiones dolorosas.
Tuvimos miedo. Nuestra vista tenía un filo contundente, y distinguíamos más detalles de los que hubiésemos querido.
Nadie salió. Nadie escuchó. La cuadra quedó enajenada esa tarde. Sin sonidos. Los recuerdos son sólo posibles evocando la ventana del baño, y a través de tres pares de ojos suspendidos como lunas en un cielo imaginario.
Esa fue la última vez que lo vimos. La siguiente imagen es un auto verde, asqueroso verde. Y la cara de papá mirando por el vidrio de atrás, buscándonos, con los ojos vendados y la mirada hacia arriba.

Me encantoooooo!!!
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