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Veinticinco años. Miro las fotos y lo único que logro es refrescar las caras de todos los muertos a cuyos velorios lo tuve que acompañar.
Daniel está igual. El traje le sigue entrando y el pobre no se da cuenta de que pasó de moda.
¡Mirá lo que era yo! Flaca, joven ¿A dónde habré dejado esa cintura? Me pregunto si mi cuñada todavía conserva las cortinas que se hizo con la tela de mi vestido. Caradura.
Pensar que mi mamá me lo decía: “Aspirá más alto, nena. Ese muchacho no es para vos. No te llega ni a los talones”. Y ahí fui. No me importó nada.
Después me arrepentí. Desde ese día mi matrimonio ha estado plagado de idas y vueltas.
Yo pensé que cuando nacieran los chicos Daniel iba a cambiar, pero me equivoqué.
Siempre se ha dejado ganar por las pequeñeces de la rutina: el trabajo, la madre, los impuestos.
Ya no tiene la mirada de ésta foto y no se le dilatan las pupilas como cuando me invitaba a los bailes del club.
Cada vez que llega, le tengo que escuchar la cantaleta, que es la misma desde que tengo memoria. Me mira poco y nada; y cuando lo hace, parece que encontrara en mi cara el libro en blanco para todas sus quejas. Lo odio. Me dan ganas de mandarlo a la cueva de la que vino, a ver si se las puede arreglar sin mí.
Me paso toda la mañana pensando en cómo tratarlo cuando llegue. Pero, a pesar de la monotonía de los días, siempre termino improvisando una conversación.
Seamos realistas: Viéndolo bien él tampoco es el mismo de ese día.
Siento que el paso del tiempo nos ha despojado de nuestra libertad. Estamos condenados a querernos y a hacer todas esas cosas que el cura enumeró, y que sólo tienen sentido en las películas de finales predecibles: salud y enfermedad; riqueza y pobreza; prosperidad y adversidad. El guión estaba escrito, y nosotros le pusimos el alma a un amor de recetas.
Él ya no se ve con los amigos y yo ni me esmero en hacer esas cosas que me hacían escapar.
La rutina nos atrapa y no tener de qué hablar nos sentencia a las peleas.
Más de una vez hemos bajado a todos nuestros muertos, y la noche nos ha encontrado separados por una almohada disfrazada de frontera.
Los chicos ya ni se meten a tomar postura, porque no tiene sentido. La indiferencia nunca nos ha ganado más de dos o tres batallas.
Se lo advertí el primer día: “Me ponés una mano encima y no me ves nunca más”. No sé si funcionó la amenaza, pero nunca me ha tocado un pelo.
Somos como dos chicos peleando hasta el hartazgo, y cuando llegamos al punto cúlmine y ya nos humillamos en todos los tamaños, olvidamos el camino que nos llevó hasta ahí.
El día de esta foto, yo tenía veintidós años y él, treinta. Así que tengo más vida con él que con mis padres. No quiero que piensen que estoy loca, pero la bruja me lo advirtió: “Tu vida tiene más futuro que pasado”. No sé si fue una cuestión de horóscopos. No sé si los astros influyeron. Ni siquiera voy a poder descubrir si esa supuesta alineación de planetas existió alguna vez.
Pero estoy convencida de que Daniel me ama tanto como el día de esta foto. La diferencia es que ahora nuestra pieza dejó de ser el rincón de la lujuria para convertirse en un espacio espiritual. Nos hemos construido el uno al otro. El tiempo nos ha creado a la perfección. A esta altura el silencio es mejor que mil excusas.
Sí. No puedo equivocarme. Somos los mismos de esta foto. Pero en movimiento. Y en colores.
@strellasalerno
Daniel está igual. El traje le sigue entrando y el pobre no se da cuenta de que pasó de moda.
¡Mirá lo que era yo! Flaca, joven ¿A dónde habré dejado esa cintura? Me pregunto si mi cuñada todavía conserva las cortinas que se hizo con la tela de mi vestido. Caradura.
Pensar que mi mamá me lo decía: “Aspirá más alto, nena. Ese muchacho no es para vos. No te llega ni a los talones”. Y ahí fui. No me importó nada.
Después me arrepentí. Desde ese día mi matrimonio ha estado plagado de idas y vueltas.
Yo pensé que cuando nacieran los chicos Daniel iba a cambiar, pero me equivoqué.
Siempre se ha dejado ganar por las pequeñeces de la rutina: el trabajo, la madre, los impuestos.
Ya no tiene la mirada de ésta foto y no se le dilatan las pupilas como cuando me invitaba a los bailes del club.
Cada vez que llega, le tengo que escuchar la cantaleta, que es la misma desde que tengo memoria. Me mira poco y nada; y cuando lo hace, parece que encontrara en mi cara el libro en blanco para todas sus quejas. Lo odio. Me dan ganas de mandarlo a la cueva de la que vino, a ver si se las puede arreglar sin mí.
Me paso toda la mañana pensando en cómo tratarlo cuando llegue. Pero, a pesar de la monotonía de los días, siempre termino improvisando una conversación.
Seamos realistas: Viéndolo bien él tampoco es el mismo de ese día.
Siento que el paso del tiempo nos ha despojado de nuestra libertad. Estamos condenados a querernos y a hacer todas esas cosas que el cura enumeró, y que sólo tienen sentido en las películas de finales predecibles: salud y enfermedad; riqueza y pobreza; prosperidad y adversidad. El guión estaba escrito, y nosotros le pusimos el alma a un amor de recetas.
Él ya no se ve con los amigos y yo ni me esmero en hacer esas cosas que me hacían escapar.
La rutina nos atrapa y no tener de qué hablar nos sentencia a las peleas.
Más de una vez hemos bajado a todos nuestros muertos, y la noche nos ha encontrado separados por una almohada disfrazada de frontera.
Los chicos ya ni se meten a tomar postura, porque no tiene sentido. La indiferencia nunca nos ha ganado más de dos o tres batallas.
Se lo advertí el primer día: “Me ponés una mano encima y no me ves nunca más”. No sé si funcionó la amenaza, pero nunca me ha tocado un pelo.
Somos como dos chicos peleando hasta el hartazgo, y cuando llegamos al punto cúlmine y ya nos humillamos en todos los tamaños, olvidamos el camino que nos llevó hasta ahí.
El día de esta foto, yo tenía veintidós años y él, treinta. Así que tengo más vida con él que con mis padres. No quiero que piensen que estoy loca, pero la bruja me lo advirtió: “Tu vida tiene más futuro que pasado”. No sé si fue una cuestión de horóscopos. No sé si los astros influyeron. Ni siquiera voy a poder descubrir si esa supuesta alineación de planetas existió alguna vez.
Pero estoy convencida de que Daniel me ama tanto como el día de esta foto. La diferencia es que ahora nuestra pieza dejó de ser el rincón de la lujuria para convertirse en un espacio espiritual. Nos hemos construido el uno al otro. El tiempo nos ha creado a la perfección. A esta altura el silencio es mejor que mil excusas.
Sí. No puedo equivocarme. Somos los mismos de esta foto. Pero en movimiento. Y en colores.
@strellasalerno

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