El silencio le golpeaba los oídos.
La mujer, flaca y de piel venosa, caminaba perdida en sus propios pasillos.
El sopor de una tarde desierta era el escenario indicado para esos suicidios que mueren en el vacío de la crónica roja.
La paz la desbordó y se dispuso a dibujar el punto final. Pero bastó con mirarse al espejo. Sus ojos se hicieron de agua, y la luz le reflejó arcoíris en el rostro. Entendió que no valía la pena.
Después del domingo seguía el lunes. Y tendría otros seis días para pensar cómo morir.
La mujer, flaca y de piel venosa, caminaba perdida en sus propios pasillos.
El sopor de una tarde desierta era el escenario indicado para esos suicidios que mueren en el vacío de la crónica roja.
La paz la desbordó y se dispuso a dibujar el punto final. Pero bastó con mirarse al espejo. Sus ojos se hicieron de agua, y la luz le reflejó arcoíris en el rostro. Entendió que no valía la pena.
Después del domingo seguía el lunes. Y tendría otros seis días para pensar cómo morir.

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