Treintaisiete, treintaiocho, treintainueve, ¡cuarenta! Punto y coma, el que no se escondió se embroma…
Puedo recordarlo como si acabara de pasar. No terminé de decir el conjuro, y la vereda quedó áspera de tanta soledad.
El olfato no me fallaba. Sabía exactamente dónde estaban cada uno de los pibes que se burlaban de mi manera coja de correr.
Los lugares no cambiaban, a pesar de que ellos se esforzaban por la búsqueda de un agujero inimaginable. El fitito de Don Julio tapaba la redondez del gordo Mario. El siempreverde viejo, del viejo del quiosco, le guardaba los secretos a Carlitos, aunque para esa época la falta de hojas lo delataba en las sombras. El porche de la casa abandonada, al lado de la verdulería, le servía a Federico a veces para esconderse, otras para llevar a alguna chica del colegio y tratar de conquistarla con chicles de cinco centavos.
No puedo evitar el cosquilleo absurdo de sentir en el aire la adrenalina del ¡piedra libre para todos los compas! Camino por lo que ahora es la cuadra de mi oficina, me veo pelado, panzón y envuelto en un traje que me molesta más que los mocasines de la escuela de curas a la que fui. No puedo creerlo. La verdulería y la casa abandonada son ahora un edificio de diez pisos, que reflejan el cielo por los vidrios espejados de las ventanas. El quiosco mutó en un cyber, y los hijos de Don Julio convirtieron la casa en tres departamentos en alquiler.
A veces no quiero mirar. Alguien castigó al siempreverde. Lo talaron al ras por la causa injusta de querer divertirse y ponerle la traba a alguna vieja con sus raíces, más viejas que la vieja.
La casa de mi abuela también quedó guardada en el baúl de las fotos, y aunque me hago el pelotudo, el corazón me late más fuerte cuando paso por ahí. A mis tíos les importó un carajo el valor sentimental de las paredes, y la vendieron porque el terreno tenía doble salida. Ahora, la playa de estacionamiento factura por día más de lo que mi abuelo podía ganar en meses.
Pienso y camino. Y el trayecto es una eternidad hasta la cárcel que me tendrá atrapado ocho horas, bajo luces incandescentes y artificial aire fresco.
Cierro los ojos porque ya me sé de memoria los pasos que tengo que hacer. Huele a chocolatada en el viento. Hay aromas que no puedo quitarme de la memoria.
¡A tomar la leche! Y Carlitos salta como un gato del árbol. El gordo asoma atrás del auto y Federico, bueno… abandona la cueva con la frustración del escondite descubierto.
La casa de mi abuela era el refugio de los hambrientos. Ninguna riqueza del mundo era comparable con las tostadas con picadillo que servía para merendar.
Sus respuestas cómplices me daban calma cuando mamá preguntaba si me había lavado las manos o había hecho los deberes. El domingo me encontraba dormido en su regazo, transportado por quién sabe qué fuerza hasta ahí.
Sigo caminando y la puerta eléctrica ya es un paisaje inminente frente a mí. Suspiro y el calor de un hogar extinguido me ahoga desde adentro. Pero ahora vuelvo a ponerme la máscara que protege al rengo que no podía correr. Dejo atrás la simpleza de lo que fui, y el nudo en la garganta se sella por una corbata que no quiere ceder.
A veces me pregunto cómo hice para sobrevivir en esta selva de olvidadizos, que devinieron en jefes y viejos conocidos.
Entro al edificio, evitando los espejos del ascensor, que me devuelven una imagen que no me interesa. Veo los papeles y quiero volver a contar hasta cuarenta para que el mundo se esfume. No. Mejor no. Quiero ser el que se esconda del mundo en algún rincón secreto. El que no se embrome por la audaz hazaña de desaparecer. El que grite ¡piedra libre! cuando tenga ganas. El que tenga el poder de liberar a los compas de las ataduras cotidianas, señalar a otro y que el juego vuelva a empezar.
@strellasalerno
Puedo recordarlo como si acabara de pasar. No terminé de decir el conjuro, y la vereda quedó áspera de tanta soledad.
El olfato no me fallaba. Sabía exactamente dónde estaban cada uno de los pibes que se burlaban de mi manera coja de correr.
Los lugares no cambiaban, a pesar de que ellos se esforzaban por la búsqueda de un agujero inimaginable. El fitito de Don Julio tapaba la redondez del gordo Mario. El siempreverde viejo, del viejo del quiosco, le guardaba los secretos a Carlitos, aunque para esa época la falta de hojas lo delataba en las sombras. El porche de la casa abandonada, al lado de la verdulería, le servía a Federico a veces para esconderse, otras para llevar a alguna chica del colegio y tratar de conquistarla con chicles de cinco centavos.
No puedo evitar el cosquilleo absurdo de sentir en el aire la adrenalina del ¡piedra libre para todos los compas! Camino por lo que ahora es la cuadra de mi oficina, me veo pelado, panzón y envuelto en un traje que me molesta más que los mocasines de la escuela de curas a la que fui. No puedo creerlo. La verdulería y la casa abandonada son ahora un edificio de diez pisos, que reflejan el cielo por los vidrios espejados de las ventanas. El quiosco mutó en un cyber, y los hijos de Don Julio convirtieron la casa en tres departamentos en alquiler.
A veces no quiero mirar. Alguien castigó al siempreverde. Lo talaron al ras por la causa injusta de querer divertirse y ponerle la traba a alguna vieja con sus raíces, más viejas que la vieja.
La casa de mi abuela también quedó guardada en el baúl de las fotos, y aunque me hago el pelotudo, el corazón me late más fuerte cuando paso por ahí. A mis tíos les importó un carajo el valor sentimental de las paredes, y la vendieron porque el terreno tenía doble salida. Ahora, la playa de estacionamiento factura por día más de lo que mi abuelo podía ganar en meses.
Pienso y camino. Y el trayecto es una eternidad hasta la cárcel que me tendrá atrapado ocho horas, bajo luces incandescentes y artificial aire fresco.
Cierro los ojos porque ya me sé de memoria los pasos que tengo que hacer. Huele a chocolatada en el viento. Hay aromas que no puedo quitarme de la memoria.
¡A tomar la leche! Y Carlitos salta como un gato del árbol. El gordo asoma atrás del auto y Federico, bueno… abandona la cueva con la frustración del escondite descubierto.
La casa de mi abuela era el refugio de los hambrientos. Ninguna riqueza del mundo era comparable con las tostadas con picadillo que servía para merendar.
Sus respuestas cómplices me daban calma cuando mamá preguntaba si me había lavado las manos o había hecho los deberes. El domingo me encontraba dormido en su regazo, transportado por quién sabe qué fuerza hasta ahí.
Sigo caminando y la puerta eléctrica ya es un paisaje inminente frente a mí. Suspiro y el calor de un hogar extinguido me ahoga desde adentro. Pero ahora vuelvo a ponerme la máscara que protege al rengo que no podía correr. Dejo atrás la simpleza de lo que fui, y el nudo en la garganta se sella por una corbata que no quiere ceder.
A veces me pregunto cómo hice para sobrevivir en esta selva de olvidadizos, que devinieron en jefes y viejos conocidos.
Entro al edificio, evitando los espejos del ascensor, que me devuelven una imagen que no me interesa. Veo los papeles y quiero volver a contar hasta cuarenta para que el mundo se esfume. No. Mejor no. Quiero ser el que se esconda del mundo en algún rincón secreto. El que no se embrome por la audaz hazaña de desaparecer. El que grite ¡piedra libre! cuando tenga ganas. El que tenga el poder de liberar a los compas de las ataduras cotidianas, señalar a otro y que el juego vuelva a empezar.
@strellasalerno

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