miércoles, 2 de mayo de 2012

Cuestión de modales


Ningún sol era capaz de entibiar las peatonales. La ciudad parecía acunada por la música solemne.  Estaba cautiva del sonido, como un marinero en naufragio  atraído por el canto de alguna sirena perversa. Los oídos eran el metal débil del cuerpo, que se dejaba poseer por los imanes de las  armonías suspendidas en el aire.
Un día cualquiera no se me hubiese ocurrido semejante locura. Pero el frío me condenó a la decisión absurda del ingreso. Entré, y el lugar pareció desprenderse del suelo y la ciudad quedó abajo, muy abajo, lejos de las incoherencias mundanas. Quizás la ciudad levitó, y lo que quedó en la profundidad  fue ese antro de balcones impolutos.
 El silencio  adormeció mis sentidos, y desde entonces perdí la capacidad de discernir.
No supe si lo que mis ojos acaparaban era enorme o insignificante. La noción de la estética pareció anestesiarse en mi interior. Cada parpadeo fue una discusión fugaz entre lo bello y lo horrible.
La paz sonaba como golpes redondos dentro de mí: paz, paz, paz. El ritmo regular del monosílabo generaba un eco perturbador.
 Los latidos del tiempo se atenuaban como un corazón muriendo, y los minutos se apagaban con lentitud. En ese lugar, luz y oscuridad son más que antónimos vacíos, aunque no puedo saber si ese agujero era claro u oscuro.
“Al inmolarse murió por única vez, y cuando murió vivió para siempre”.
Yo hubiese dado un aplauso. Pero el rebaño, adiestrado, respondió “amén”.
El cura siguió con lo suyo.
Yo, más fría de lo que entré, me hice la señal de la cruz y me fui. No vayan a pensar que soy una maleducada.
@strellasalerno

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