sábado, 4 de septiembre de 2010

Lejos de mí

¿Nunca te sentiste extranjero de vos mismo? ¿Nunca tuviste la sensación de que tu vida no es tu vida? Hay un vacío que me atemoriza, cada vez que me detengo a pensar. A veces no me reconozco, no sé quién soy. El tiempo no tiene piedad con su recorrido, y las agujas del reloj se clavan en ese abismo que me desespera.
Siento que miro a mi mundo desde un afuera que no conozco. Con ojos que no son los míos, con lágrimas que no me pertenecen. Quizás la paranoia se apodere de mí, pero más de una vez he sentido la extraña melancolía de estar lejos de mí misma. Tal vez la esecencia del ser humano sea ésa: Entender que la vida es una pequeña estadía, en la cual somos simples extranjeros.


@strellasalerno

viernes, 27 de agosto de 2010

Aviayala: Una Luz de Esperanza

Entre los cerros más altos de un lugar no tan lejano, se esconde un lago cristalino. Los pájaros, tan marrones como la misma tierra, admiran la majestuosidad de su plumaje al reflejarse en las aguas. Al pie de las montañas existe un pueblo milenario, tan antiguo como el tiempo, cuyos hombres y mujeres son del color del maíz.
La más pura mujer es Aviayala, hija de Pacha – la tierra- y el sol, Inti. La joven tiene dos hermanas menores, Uma y Wayra , a quienes ha instruido para valorar todo lo bello que vive a su alrededor.
A Uma, le enseñó a cuidar el agua. Cada mañana, al despertar, la niña toma del lago sólo lo que necesita. Se lava la cara, bebe, o se da un chapuzón, y deja que sus vecinos también gocen de la claridad y la pureza de aquello que la naturaleza les ha brindado.
Wayra, aprendió a custodiar el aire, y disfruta de cada bocanada de las brisas del atardecer.
El pueblo conoce a Aviayala, y Aviayala entiende a su gente.
Para Aviayala, Pacha es lo más importante y la respeta desde lo más sagrado porque es la mujer más vieja de la comunidad. Nació junto con las montañas y las llanuras. Ella le ha revelado a Aviayala todos sus secretos. Su sabiduría no tiene límites y es la madre de todo lo que existe en los contornos de la magnífica aldea.
El poblado no tiene reyes, ni reinas. No hay jerarquías, excepto por Pacha, de quien depende que los frutos crezcan y los animales se fortalezcan.
La comunidad trabaja igualitariamente y comparten lo que se obtiene de las cosechas. Aviayala es feliz realizando la labor bajo los ojos dorados de su padre, Inti.
Pacha brinda, a cambio del respeto que le tienen, su mejor provecho de maíz y papa.

Una tarde tibia, Aviayala salió a dar un paseo junto a sus hermanas. Las montañas ofrecían su fresca custodia al lago, cuando a lo lejos Aviayala vio a una llama hambrienta, y al ver su tristeza, le tendió un ramo de hierbas, que el animal devoró rápidamente.
Casi al mismo tiempo, Uma, detectó que un pececito se había estancado entre dos piedras del lago y, sin pensarlo, lo ayudó a salir.
Wayra tenía la mirada suspendida en un punto lejano del horizonte. Aviayala y Uma notaron que su hermana estaba sorprendida por algo.
De pronto, una sombra apareció desde el este de las montañas. Las hermanas quedaron atónitas. Ninguna pudo explicarse cómo fue que apareció.
La sombra tenía la forma de un hombre, pero no se le veía el rostro y a penas se distinguía entre los montes.
Aviayala, buscando proteger a sus hermanas, dio un paso adelante y preguntó:
-¿Quién eres?
La sombra, respondió en una lengua extraña, y las hermanas no pudieron entender lo que les dijo. Las jóvenes intentaron presentarse ante aquella extraña figura, y ofrecieron así su confianza.
Sin embargo, la sombra las nombraba repitiendo una palabra que ellas no conocían. Luego de un instante de mutua incomprensión, Aviayala, con cierta inocencia, tomó de la mano a las niñas y se alejó del lugar, con algunos gestos de curiosidad.
La sombra quedó sola y asumió que Aviayala, sus hermanas, y quizás toda la comunidad podrían serle útiles para algo.
Al día siguiente, Aviayala comentó a Pacha lo que les había ocurrido.
- Hija, desde que existo, nunca antes había oído de algo similar. Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz.
Aviayala se quedó pensando lo que la Madre Tierra le había dicho e invitó a sus hermanas a caminar por las orillas del lago. Mientras Uma y Wayra, correteaban tratando de imitar el aleteo del cóndor, Aviayala, sentada sobre una gran roca pensaba en la enigmática figura que la había sorprendido la tarde anterior.
De repente, el lago oscureció, y la noche se posó sobre él. Y una sombra, que había tomado la forma de una figura humana, apareció desde el este de las montañas.
Aviayala la invitó a conocer la comunidad, creyendo que ésta era la mejor manera de brindarle su confianza.
La sombra miró la tierra, y en seguida pensó que con ella podría obtener las mejores frutas. Miró el agua, y con la imaginación colocó botes para pescar todo lo que desease. Miró los cerros y pretendió encontrar los metales más relucientes. Vio en la docilidad y pureza de los hombres la perfecta estrategia para lograr su cometido. Y así, contaminó el aire con sus ideas más egoístas.
Aviayala observó que la sombra caminaba desorientada por la fertilidad de la tierra y miraba con detenimiento cada rincón natural.
La silueta comenzó a colarse entre las familias del pueblo. Los habitantes le brindaron lo que tenían y compartieron todo con la inexacta fisonomía, que se había instalado entre ellos.
Por primera vez después del fugaz episodio, Aviayala salió a recorrer el lugar y experimentó una sensación de vacío.
Dio un vistazo a su alrededor, y se encontró con una mezcla de amargura y soledad.
La sombra había hecho estragos con la tierra. Las cosechas se habían terminado de repente. El agua había perdido el color de los cristales. Los habitantes del pueblo estaban desgastados por el trabajo. Los niños dejaron de ser niños para convertirse en esclavos. Otros, jamás llegaron a conocer la magia de la infancia, por las crueldades que la sombra cometió.
Muchos eran los que habían desaparecido. La sombra multiplicó su tamaño y dejó en penumbras a la comunidad.
Uma y Wayra, se enfermaron. Pacha no pudo hacer nada por ellas, y al poco tiempo murieron. Aviayala seguía desconcertada. Ella no podía entender el lenguaje de la sombra, pero pronto, el resto de los habitantes comenzó a interpretarla.
Aviayala fue testigo de la forma en que las personas que vivían al pie del cerro, repetían lo que la sombra decía, como si un hechizo eterno se hubiese apoderado de ellos.
La sombra se regocijaba de lo que estaba logrando. Aviayala estaba triste y no encontraba la manera de frenar el poder con que la sombra se había apropiado del pueblo.
Lentamente, la figura comenzó a hacerle creer a la comunidad que era pequeña e insignificante. Les arrancó el nombre y lo cambió por esa palabra que repetía sin cesar para tratar de comunicarse con Aviayala.
Les hizo olvidar sus costumbres. Los años pasaban y los nuevos habitantes eran parte de la nueva población, que había nacido bajo la oscuridad de la sombra.
Ellos jamás cuestionaron su presencia y no sabían que, anteriormente, la vida en el pueblo era diferente. De esa manera, comenzaron a tratar a sus predecesores como desiguales, sin saber que el pasado aún vivía en ellos.
Pacha seguía siendo para Aviayala, ya envejecida, lo más importante. No así para los nuevos hombres de la región. La sombra había ocultado a la naturaleza tras mantos de progreso, y ya no quedaba en la tierra un lugar sin explotar: el suelo estaba desvastado; el lago ya no era el refugio de la luna en las noches, y el aire olía a indiferencia.
La sombra convirtió, entre otras cosas, a la mazorca en pequeñísimas bolsas de maíz. Los jóvenes la veneraban como si ésta hubiese hecho algún tipo de inexplicable milagro.
La comunidad era cada vez más egoísta y los valores que la historia del milenario pueblo defendía, quedaron en el olvido.
Aviayala gritaba a los cuatro vientos lo que ocurría. Pero la sombra había negado a la antigua mujer, y los pobladores no entendían la vieja lengua, que conservaba la memoria que el resto había perdido. El silencio comenzó a apoderarse de las pocas voces que aún querían hacerse escuchar.
La sombra crecía desmesuradamente, y el poblado cada vez poseía menos libertad.
Aviayala, que tenía hijos incrédulos y controlados por el dulce y falso discurso esperanzador de la sombra, seguía buscando una respuesta.
Una madrugada, Aviayala se sentó a mirar el sol nacer. Inti, que aparecía desde lo más profundo del oriente, comenzaba a inmiscuirse entre los rincones del pueblo. La añeja mujer pensó en aquello que Pacha le había expresado cuando la sombra apareció por primera vez:
“Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz”.
La solución siempre había estado allí: la única manera de reducir la sombra era mediante la luz. No se trataba de hacerla desaparecer, porque la silueta ya era parte de la comunidad, sino de disminuirla para reivindicar lo que el pueblo había dejado tan atrás, y volver a enseñar aquello que estaba oculto en el regazo de Pacha.
Aviayala invocó a su madre Tierra y a su padre Sol para que éstos le aconsejaran cómo luchar contra una realidad evidente.
Fue así como, durante el día, Aviayala sintió que su misión estaba comenzando, y que el mensaje que debía descifrar, era la salvación de su pueblo.
La mujer llamó a sus hijos y los sentó a su alrededor. Ellos, expectantes, escucharon lo que su madre tenía para decirles: Les habló sobre el pueblo en el pasado, la abundancia de alimentos y la majestuosidad de las montañas; de Pacha y su sabiduría; del tamaño del lago y de sus hermanas olvidadas.
Los jóvenes, estaban sorprendidos por lo que oían. Lentamente comprendieron que la sombra no era parte de la comunidad, sino que había aparecido desde el este para modificar la antigua vida. La sombra no estaba en la magia de la historia pasada y no existía en la sabiduría de la tierra. El pueblo tampoco se llamaba como ellos creían, sino que durante toda la vida se habían limitado a repetir la palabra que la sombra articulaba cuando vio a Aviayala y sus hermanas por primera vez: América.
A partir del relato, los hijos, sorprendidos, aceptaron su pasado y decidieron ser parte de la misión de Aviayala para resurgir la milenaria cultura.
En el momento en que los hijos de Aviayala tomaron conciencia, la sombra disminuyó levemente su tamaño.
Los jóvenes cambiaron sus actos, y comenzaron a valorar la naturaleza.
El resto de la comunidad estaba intrigada y no podía entender el cambio de hábito en la familia de Aviayala.
Fue así como los pobladores se acercaron a preguntar lo que ocurría, y los hermanos explicaban pausadamente el relato de Aviayala.
Cada vez que un habitante entendía que estaba viviendo en penumbras, la sombra perdía un poco más su imponente tamaño.
Aviayala supo que las esperanzas aún no se habían apagado por completo.
Pronto, las voces que el tiempo había silenciado, comenzaron a alumbrar el pueblo.
Aviayala y su generación, se animaron a contar sus historias y a compartir sus conocimientos.
La sombra no ha desaparecido, porque es parte de la historia, pero el pueblo de Aviayala está recuperando su identidad.







Stella-

domingo, 1 de agosto de 2010

Quizás

Quizás mi amigo tenía razón. En el primerísimo instante en que me pasaron las cosas, tendría que haberlas escrito. Tal vez ahora se me escape algún detalle, pero voy a tratar de precisar aquella noche extraña, que me dejó pensando más de un día completo.
Era 25 de junio. El invierno hacía sus chasquidos en mis huesos. Mi amiga me había avisado que su hijita estaba a punto de nacer.
Fui a la clínica donde aquel rito de vida se estaba preparando. Yo pensé que, para el momento en que llegué, ella ya estaría con Delfina en sus brazos, dándole la teta, o algo por el estilo.
Pregunté en la guardia. Di su apellido y me mandaron a una habitación. No estaba. Era otra Escudero la que había terminado de sufrir los dolores de las parturientas, esos que se olvidan en el momento en que una mujer de pronto se convierte en dos personas.
En la oficina donde pregunté por mi pelirroja amiga, había, entre otras miles de imágenes, una que llamó mi atención. O, por lo menos una en la que fijé la vista por unos segundos: La Madre Teresa de Calcuta. Con sus manitos arrugadas y su mirada noble, siempre dispuesta a dar sin recibir.
No le di mayor relevancia, porque esos lugares tienden a estar empapelados con figuras donde los creyentes depositan su fe.
Pasaron como dos horas cuando, en el primer piso, escuché un sonido que se metió por mis oídos, sacudió mi cuerpo y se estancó para siempre en mi corazón: Delfina había nacido y yo había sido fiel testigo de su primer llanto en este mundo de hipócritas reidores…
No puedo explicar la mezcla de sensaciones, ni mucho menos todo aquello que estaba impreso en los rostros de los familiares de mi amiga… Ver ese cuerpito frágil e indefenso me hizo dar cuenta de lo pequeñísimos que somos, ante un universo desmesurado.
En fin. Con una alegría invasiva, me fui de la clínica, esperando a que llegara la próxima vez para ver a aquella cápsula de ternura.
De camino a la parada del colectivo, observé que una mujer tropezó, perdió el equilibrio y casi cae. Me acerqué a preguntarle si estaba bien. Me dijo que sí, pero me pidió afirmarse en mi brazo para transitar “segura” por una de las tantas calles irregulares que tiene mi ciudad.
Lucía un tapado rojo, largo hasta los pies. Tenía el pelo platinado, corto y recogido con hebillas invisibles.
A primera vista me pareció una mujer culta, refinada, con una historia para contar.
Me dijo que iba al teatro, porque quería despejarse de sus problemas. Éste se encontraba a dos cuadras del sitio donde el destino – quizás- puso a esta mujer frente a mí. Este trayecto fue corto, pero estoy segura de que fue uno de los más intensos de mi vida.
Me halagó. Se sorprendió de que una persona joven la ayudase y la acompañase sin interés ni aquejándose.
Se detuvo en la esquina para mirarme a los ojos. Tenía el iris del color del agua. Me pidió que, si algún día la volvía a cruzar, por favor la saludase. Como si me conociese de toda la vida, me tomó las manos y me dijo:
-Stella, en los años que tengo, he aprendido algo: “Si la vida te trae problemas para caminar, usa bastón pero no detengas”. Yo soy como el ave Fénix.
Me impactó. La frase era, nada más y nada menos que de la Madre Teresa de Calcuta.
Otra vez, visitó mis pensamientos sin que me diera cuenta. En seguida pensé en las extrañas casualidades que a veces nos llevan a interesarnos en algo o alguien.
De aquella enigmática mujer, solitaria y con seis bisnietos en la lista de sus alegrías, sólo sé que se llama Olga, y que, si la vuelvo a ver, debo saludarla.
No lo dudo… ¡¡¡Me quedé con tantas ganas de seguirle preguntando cosas!!! Lástima que la función del teatro estaba a punto de comenzar.
Sólo espero volver a estar en el sitio correcto, al momento correcto. En algunas ocasiones, las relaciones de espacio y de tiempo son más complejas de lo que ya lo son.
Llegué, finalmente, a la parada del colectivo. Ya quería estar en casa para contarle a mi madre cuánto había pesado Delfina y la manera en que Olga había confiado en mí.
A veces pienso que las cosas pasan por alguna inexplicable razón… Otras, sólo me limito a creer que las casualidades son un mero producto del azar, o una cadena con eslabones que uno mismo ata forzosamente en la imaginación.
Cuando el colectivo llegó, busqué inmediatamente un asiento. En la parada siguiente a la que ascendí, subieron un hombre y una mujer. Tenían una especie de credencial hecha artesanalmente prendida al lado izquierdo de su pecho.
Lo primero que pensé fue que iban a pedir dinero o a vender algún que otro film copiado de forma ilegal, al precio en que los usuarios de este tipo de transporte público podemos pagar.
Una vez más, estuve equivocada. La pareja habló de una organización no gubernamental que necesitaba alimentos para un comedor infantil. A cambio de ser receptores de su mensaje solidario, la mujer, de tez morena y cabello enrulado, dejó en nuestras manos un papel que contenía un mensaje. En la carilla, estaba el dibujo de una palomita, y abajo, había una inscripción que coincidía con el pedido del que habían hablado:
“Una gota de agua no es mucho para el océano, pero sin esa gota, el océano carecería de algo”. Mi sorpresa fue mayor, cuando descubrí impresa la firma de aquella inscripción: La Madre Teresa de Calcuta, otra vez naufragaba entre los pensamientos de alguien quien nunca se había cuestionado de su existencia.
La paranoia ya se había apoderado de mi mente aquella tarde… trataba de descifrar el mensaje, si es que lo había, uniendo cabos y sacando conclusiones que ni yo puedo recordar.
Llegué atónita. Le conté a mi madre aquella odisea de azares y casualidades. Empecé por Delfina, seguí con Olga y terminé con la pareja del ómnibus. Tenía la prueba concreta del papelito, que aún conservo entre ese rejunte de cosas que guardo quién sabe para qué.
Mi día había sido bastante largo, así que decidí revisar mi casilla de correo electrónico, para luego bañarme e irme a dormir.
Abrí los mails y, entre la larga lista de no leídos, había uno cuyo remitente no recuerdo.
Cuando vi que existía un archivo adjunto de diapositiva, llamé a mi mamá para que lo viera conmigo, porque sé que a ella le gusta compartir este tipo de mensajes que la gente manda cuando no tiene otra cosa que hacer.
El mensaje empezó con unas imágenes de La Pasión de Cristo, así que no le estaba prestando atención a lo escrito. Pronto noté que el mensaje tenía cierta profundidad que algún malentendido relacionó directamente con la religión cristiana.
No sé cómo seguir contando. Supongo que es imaginable la autoría de aquella prosa que había llegado a mí digitalmente…
Me pregunto qué hubiese pasado si hubiese salido unos minutos más tarde de la clínica…
Tal vez, la mujer ya habría llegado al teatro, el colectivo pasaría antes de que yo llegara y aquel mail se instalaría en mi lista de correo basura.
O, si yo hubiese hablado con mi amiga antes de llegar, hubiera sabido en qué habitación estaba y jamás habría visto la imagen de la monja. Si salía antes, yo hubiese caminado delante de la mujer y jamás hubiese notado su tropezón, simplemente porque iba detrás de mí.
Si me hubiese quedado esperando el colectivo que paraba frente a la clínica, no me habría encontrado con la mujer nunca, ni hubiese coincidido mi transporte con el de la pareja del papelito.
Si no hubiese ayudado a la mujer, a pesar de verla tropezar, no sabría ni su nombre y tal vez hoy ya habría olvidado el episodio.
Lo cierto es que la historia sucedió dejando inciertos matices en mi memoria.
Aún no descifré el mensaje. O sí: Mis abuelos maternos le pusieron fin a una bella historia de la manera menos creíble: Quince días después del enredo de señales y casualidades, cerraron sus ojos para siempre, y se fueron juntos de este mundo indeciso.
El secreto: cuando empecé a escribir esto, aún no imaginaba el descenlace.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Madre Teresa? ¿Destino? ¿Amor?
Quién sabe. El misterio es parte de la historia. La muerte, es un acontecimiento pasajero.





Luna. Stella.

sábado, 22 de mayo de 2010

La Ramonita

En la tumba había una mujer arrodillada. Pedía por la salud de su marido moribundo.
Primero pensé que estaba loca. Pero al acercarme, noté que había restos de velas alrededor del sepulcro. Todas amarillentas, como testigos de una historia inconclusa.
Le pregunté quién era. Me miró con esa cara que se mira a los ignorantes. A los que no saben nada de nada.
-La Ramonita. Es muy milagrosa, ¿vio? A mí siempre me cumple y yo vengo y le pongo una vela.
Ramona Viviana Moreno vivió en la Córdoba de Jardín Florido. En los suburbios del centro. Ahí donde la Cañada le dibuja la sonrisa a la ciudad.
Era de esas mujeres mal vistas para la época: No bordaba, no cocinaba, no tenía planes a futuro y tampoco fue mujer de un solo hombre.
La noche en que la mataron, era distinta. En el aire se olía la muerte.
Ramona había vuelto, una vez más, de una de las comisarías en las que ya la conocían. Abrió la precaria puerta de su casa.
Su hermana Dalmira le hizo un guiño y le dijo que en la pieza la esperaba alguien.
Se ilusionó. En seguida pensó en Antonio, un muchacho que, por entonces, arrancaba los suspiros a las jovencitas de la zona. Consideró que si era él, no le cobraría.
Cuando entró a la habitación, sus ojos se opacaron: Celestino González, “el loco enamorado”, aguardaba su cuerpo desgastado, con cierto ímpetu asesino.
Entró como sabiendo que los finales buenos no existen. Pero no emitió ningún sonido y dejó que el reloj hiciera lo suyo con el tiempo.
Cada vez que Ramona “trabajaba”, Dalmira se iba a timbear con las amigas del frente. Horas y horas de truco y chin-chón le hicieron olvidar que en su casa había dejado a Ramona con Celestino.
Ramona no emitió ningún sonido. Dicen que no agonizó porque quería irse del mundo que giraba a la inversa de su vida.
El hombre la tomó del cuello y con un cinturón de cuero tiró hasta ennegrecerle el rostro. Quedó con los ojos abiertos. Celestino se asustó. Rezó lo que se le reza a los muertos. La levantó en sus hombros y se la llevó.
El jolgorio de la casa de enfrente, no notó el acontecimiento. Nadie lo notó. Fue como si la Docta se hubiese ensordecido y enceguecido de repente.
El hombre la tiró en un barranco que había en un baldío, bien al fondo de Barrio Güemes, en la punta de la calle Marcelo T. de Alvear. Cubrió su cabeza con los ladrillos de una obra en construcción. Y se fue silbando bajito, como si hubiese enterrado un montón de recuerdos.
La encontraron siete días más tarde, después de que la hermana notara que nunca había estado tanto tiempo en una comisaría. Los bichos ya habían convertido su cuerpo en migajas y de aquel pozo solo salían aromas a juventud perdida.
Los cordobeses hoy la han sumado a su lista de leyendas.
La mujer con la que hablé me lo confirmó:
-Es Santa. La Ramonita no se olvida de los pobres, porque ella era pobre.
Sacó un pañuelito viejo y se limpió una lágrima que le dibujó un surco en la mejilla. Se hizo la señal de la cruz y se alejó.
El viejo Cementerio San Vicente se convirtió en la línea difusa del horizonte, donde se pierden los personajes de las historias más bellas. Esas que pasan como un manojo de palabras, año tras año… de generación en generación.

Stella-

viernes, 26 de marzo de 2010

ÉL

Usa anteojos y un bastón de cuatro patas. A pesar de sus ochenta y tantos años, siempre tiene una pregunta que lo inquieta.
Mi abuelo: el hombre más sabio que conozco. El viejo más joven de mi vida. Mi rival en las discusiones más insólitas.
Cada tarde, me recibe con el mate listo. Respeta mis silencios y yo, los suyos. Nos conocemos. Pensamos de la misma forma y aunque él me lleve una vida de ventaja, siempre tiene algo que aprender de mí.
Somos un par que no pareciera tener química. Él está lleno de vida. Yo escucho los cuentos que ya me recitó una y mil veces. Me los cuenta desde lo más profundo de su corazón, porque a los libros, los tuvo que quemar durante la dictadura.
Cuando lo miro a los ojos o lo escucho hablar, me sorprendo de que no sea mi hermano, o mi compañero de clases.
Se enoja de las injusticias, tanto como yo. Pero él se apasiona. Grita. Se va por las ramas.
Está enamorado de su mujer como el primer día, pero lo niega, a pesar de que su mirada empañada hable de amor.
Él no lo sabe, pero yo lo admiro… y sé que, aunque jamás me lo exprese, en algún punto, él también está orgulloso de mí.
Te quiero, Tati!

viernes, 5 de marzo de 2010

Invisibles Cascabeles

- ¿Qué te puedo dar por los treinta y cinco centavos? No tengo nada de cambio-
En cada negocio, en cada momento pasa lo mismo.
Si no son diez centavos, son quince o veinte… Nunca hay monedas para los vueltos.
Luego de caminar las mismas cuatro cuadras de siempre, llego a la panadería.
- Dos tiras de miñón, por favor.
- Uno cuarenta y cinco.
Meto la mano en el bolsillo para sacar las monedas.
Allí adentro hay un mundo aparte del cotidiano. Entre todos los papeles, ganchitos y gomitas, logro encontrar las monedas para pagarle a la mujer.
Tengo una de un peso y una de cincuenta centavos. Se las entrego.
- ¿Te puedo quedar debiendo los cinco?
¿Qué puedo hacer yo ante esta pregunta?- Y sí, no hay problema-.
Continúo mi camino hasta el almacén, de donde me encargaron una pascualina.
El local, marcado por el paso del tiempo, está colmado de gente. Espero mi turno.
Me detengo a observar. Las preguntas por las monedas son siempre las mismas.
-Dame un disco para tarta-
- Cómo no. Tres cuarenta.
Como no tengo más monedas, saco un billete de diez pesos.
Con voz de impaciencia, la chica que atiende me pregunta:
-¿No tenés cuarenta centavos?
Después de haber respondido que no, la empleada, con cara de resignación, rompe una pila de diez moneditas del tamaño de un ojal, y me da el vuelto.
Tengo la hipótesis de que los comerciantes no quieren perder ni un minuto del tiempo.
Por eso prefieren redondear los precios, o dar un caramelo por la moneda que sobra.
¿Qué pasaría si yo necesito veinte centavos para sacar una fotocopia? No quiero más que una fotocopia. ¿Tengo obligación de llevarme algo por el vuelto? La clientela no puede decir “te lo debo”… porque de eso vive el comerciante.
Pero el ser humano, es animal de costumbres… y esta situación se ha vuelto cotidiana y pasa casi desapercibida.
En el quiosco, en el súper, en el bar, en la mercería, en la librería…
Done su vuelto para Cáritas.
No hay monedas.
Abone con cambio.
Pregunte si hay cambio antes de pagar con cincuenta o cien pesos.
Colabore con monedas de cinco y diez centavos.
Esas son las sugerencias con las que nos encontramos cada vez que entramos con la ilusión de comprar.
Ya no se siente la melodía del chasquido cuando se chocan entre sí y los monederos se convirtieron en billeteras.
Lo cierto es que las monedas son un tesoro perdido que ya ni los quioscos tienen el privilegio de poseer.
Parece que estamos llegando al fin de la era del chanchito. Aquella típica alcancía con sabor a infancia, que solo se llenaba con los sueños de la niñez.

Luna.

Inconsciente Colectivo

Colectivo urbano. Ejemplo de diversidad si los hay.
Es notable la cantidad de culturas que se cruzan por casualidad, en esta tediosa máquina de seis ruedas.
Todos tan individuales, y todos tan “colectivos”.
Llevo casi dos años de viaje en ómnibus. Y recién ahora me atrevo a abrir mis oídos, y a dirigir mi mirada hacia otro lado que no sea la ventana maltratada, sintiendo cómo pasa el asfalto bajo mis pies.
Es fácil diferenciar varias “tribus colectivas”. Entre ellas:
 Los “mp3”, que siempre llevan en su oído una cucaracha estrepitosa. Considero que no se enteran de nada de lo que pasa a su alrededor y están concentrados solo en esos ruidos que circulan por los cables delgados.
 Los “viejos joviales”. Suben, pagan y cuando uno se levanta para cederles el asiento, te contestan mirándote de reojo, desde arriba, “no gracias, puedo ir parado”.
 Los “reencontrados”, que por lo general tienen entre 20 y 30 años, y han sido compañeros de colegio o de algún trabajo pasajero. Hablan del embarazo de Fulana y del casamiento de Mengana. De sus hijos y de lo que les dan de comer. De la herencia de la abuela y del alquiler del departamento… Los “reencontrados” son una sutil mezcla de presente y pasado… Todo termina cuando uno de ellos baja una o dos paradas antes a las del otro.
 Otro conjunto descomprimido del colectivo, es el de los “escolares”. Suben de a cuatro o cinco. Llevan uniformes y ocasionalmente, una carpeta tamaño rivadavia plagada de inscripciones.
Hablan de temas sin hilo conductor. Empiezan con la “prueba de historia” y terminan con la salida del sábado siguiente. Lo único que tienen en común es el monótono uniforme, que termina en mocasines negros… llenos de tierra.
 Luego aparecen “los cordiales caballeros”. Ellos en realidad, no suben nunca… o al menos no me los he cruzado.
 Los “agobiados”, jamás se encontrarán de pie. Al parecer crean un mecanismo protector mediante el cual se ven en el impedimento de levantarse de su asiento. Siempre están dormidos, pero nunca se pasarán de parada.
A veces me pregunto si los cordiales caballeros coinciden con los agobiados. Generalmente los agobiados pertenecen al género masculino.
Otra cuestión, es la cantidad de cosas que uno se entera viajando en colectivo, con el simple hecho de detenerse a leer los garabatos de su interior:
Entre otras cosas, supe que Vero es hincha de Belgrano. Que Pao está enamorada de Sergio. Que a Eve, le gusta la música de La Mona Jiménez. Que “La Negra y La Flaca” son amigas. Que barrio SEP manda, quién sabe sobre qué…
¿No es a caso el colectivo una fiel muestra de lo que somos?
En él, viajan el docente y el alumno.
El arquitecto y el albañil.
El universitario y el analfabeto.
El policía y el ladrón.
El empresario y el mendigo.
… Todos entrecruzados en el estrecho pasillo, sin percatarse del otro.
Ésa es nuestra cultura. Así somos. Antagónicos. Iguales y diferentes entre nosotros mismos.
El colectivo es el espejo de esta unidad.
Y allí estamos. Esperando en la misma fila. El mismo rumbo pero destinos totalmente distintos. Y eso somos.
Una triste mixtura de individuales y colectivos.
¿Irónico, no?

Luna

sábado, 27 de febrero de 2010

PAN Y ROSA

¡MUJERES! Qué difícil sería la vida sin nosotras!... somos el pecho que alimenta al hijo, la madre que es a su vez hija, y a su vez hermana, y a su vez amiga... y a su vez, y a su vez, y a su vez...
Porque tenemos la palabra justa, y el llanto preciso... porque estamos en dos, tres, cien lugares al mismo tiempo...
Porque trabajamos. Porque estudiamos. Porque trabajamos y estudiamos...
Porque somos el orgullo de papá y el dolor de cabeza de mamá...
Porque vivimos en un mundo TAN, pero TAN machista... que en el año hay un solo día en el que se recuerda que tenemos derechos Y QUE SOMOS MUJERES!!! Tan fuertes y tan frágiles a la vez!... y los otros 364 solo somos la hija de fulano, la que estudia tal cosa, la vecina de aquél, la esposa de ése tipo...
Aquí no hay nada para festejar!!!... Solo para reconocer la lucha, cristalizada en muerte y feminismo. Porque nos llevó décadas ser reconocidas... y aún hoy se nos sigue negando.
Hoy aprovecho para saludarte a vos... que sos MUJER... que sos como yo.
Que vivo en la ambigüedad del llanto y la risa... que no me da miedo decir "te quiero". Que sufro del dolor de ovarios, así como sufre un hombre cuando pierde su equipo de primera B.
E incluso más... y odio cuando me dicen "no debe ser para tanto... no exageres”
A vos, Mujer... que vaya Dios a saber cuánto hace que no te tomás un tiempo para dedicarte a vos misma...
A la mujer que es mujer en todo momento... la que no se cubre con maquillaje... la que es hierro por fuera pero por dentro un manso cristal... La auténtica madre que con el mismo amor con que lucha, acaricia.
La que no piensa en las consecuencias y simplemente actúa... la que sí las piensa y es precavida ante cualquier situación...
La que ama, la que sufre, la que simula que no le importa nada... la que es entera por su familia, la que es amiga incondicional....
Gracias por ser el motor de esta vida... la que da inicio. La que pone el límite.
La que decide el día del casamiento y el día del divorcio...
La que es la cápsula del nuevo ser.
Gracias por ser MUJER y entenderme... y entenderte... y fundamentalmente ¡ENTENDERLOS!
Gracias por ser todas esas personas en un solo cuerpo...
GRACIAS POR SER VOS


¡¡¡FELIZ DÍA, MUJER!!!!



NUNCA DEJEN DE LADO ESA LUCHA INTERNA POR SER RECONOCIDAS...

"PAN Y ROSA" ... PARA TODAS


Luna.

sábado, 23 de enero de 2010

Crónicas de un rincón: Laguna Marchiquita.

Ya llevamos dos horas de viaje. La ruta está casi vacía y el calor sofoca nuestra marcha.
Estamos entre el campo y el cielo.
Las nubes bajas se confunden entre las copas de los árboles, que ya comienzan a tomar el dorado tinte del otoño.
La soja sembrada, tiñe el camino de esperanza. Al este, ya diviso la laguna. Unos metros más, y vuelvo a perderla de vista. Ya huelo en el aire la llegada.
Según escucho, faltan aún alrededor de 15 minutos para llegar.
Un cartel nos da una extraña bienvenida: “Permitido sonreír y disfrutar”. Un trecho más, y encuentro un letrero aún más significante: “MIRAMAR”.
Hemos llegado. Estamos, al fin, en Marchiquita. Ansenuza, suelo de sanavirones, donde la sal penetra en la tierra y tatúa nuestra piel.
Hecho un vistazo y algo me cautiva llenándome de tristeza…
Tengo, literalmente, una ciudad completa debajo de mis pies.
En 1977, una inundación azotó la ciudad de Miramar, dejándola en ruinas y acabando con sus rincones más prestigiosos.
Ese lado de la costa se cubre de una alfombra de piedras y ladrillos, ocultándose bajo el polvo del olvido.
Otra vez aquí, la imagen latente de una América Latina antagónica: Riqueza y pobreza. Construcción y destrucción. Naturaleza y hombre… todo mezclado.
De aquel recoveco de Miramar, hoy solo quedan cicatrices que el tiempo dejó, junto a la cruel pisada del hombre.
Me llevo en las retinas una postal de la inmensidad. No sé dónde está el principio, ni tampoco el final.
El paseo continúa y la ruta va quedando atrás.
La tarde se extiende entre anécdotas.
La laguna y el misterio del barrio curativo siguen siendo la gran atracción.
Siete de la tarde.
El viento peina y despeina.
Parece que los segundos, han corrido apurados.
Nuevamente, se hace camino el andar.
El sol se cuela en un laberinto de nubes bajas, haciendo pinceladas de luz sobre los campos.
El punto infinito del horizonte comienza a azularse entre los árboles.
La flora se cubre bajo el oscuro manto de la noche y el cuarto creciente de la luna, despunta en la vastedad del firmamento.
La claridad finaliza, y ha dejado mis sentidos, calados de sal.



Stella Salerno

sábado, 9 de enero de 2010

Crónicas de un rincón: Estancia Santa Catalina

Hoy es uno de esos días en los que la realidad te da una cachetada y te hace caer en ella.
Hace poco se me ocurrió que por cada viaje realizado – a las Sierras de Córdoba o a la China- podría rescatar algo.
Algún detalle, alguna fragancia, alguna mirada.
La fotografía es una buena opción. Sí. Pero no alcanza. Porque no se ponen en juego los sentidos. Y para mí, aquella frase de “una imagen vale más que mil palabras” es tan inexacta como la relación entre el tiempo y el espacio.
¿Qué significado tendría ver un árbol, si no se supiera que ése árbol es un árbol? Pues ninguno.
Es la palabra, el lenguaje, lo que permite distinguir un árbol de una piedra. Y contemplarlo.
Y si la palabra puede designar todo esto… ¿por qué no utilizarla para plasmar un sentimiento, una sensación?
Dos domingos atrás, mi familia y yo salimos a distraernos un rato.
Fuimos para Jesús María. El día estaba especial para dar un paseo.
A mi mamá se le ocurrió que podríamos visitar la Estancia Jesuítica Santa Catalina.
Mi papá asintió y allá fuimos. Sin rumbo, porque no sabíamos cuál era la ubicación exacta de aquella histórica estación.
Cuando quise acordar, estábamos transitando una estrecha calle de tierra. Entre la lluvia y el sol.
A los costados, ni una casa, ni una señal de habitantes.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que al fin llegamos. Personalmente, se me hizo eterno el recorrido.
Bajar del auto significó poner los pies en el siglo XIX. Claro que no me refiero a la Estancia:
Alrededor de la finca, se encontraba el “centro del pueblo”. Un pueblo marcado por el incesante paso del tiempo, sin signo alguno de progreso.
A la derecha una comisaría, el dispensario y creo que un quiosco. No me acuerdo.
A l a izquierda, tres o cuatro ranchitos levantados con ladrillos, manchados de antigüedad.
Yo no estaba prestando atención al paisaje, al universo que me estaba regalando la visita.
Había inspeccionado la capilla de la hacienda y escuché hablar al guía de un montón de estupideces. No digo que haya mentido en su relato, pero me daba la sensación de que había aprendido un guión de memoria, cual un niño estudia las Máximas de San Martín: punto a punto. Sin comprender ni un poquito lo que decía.
En eso, levanté la vista.
Vi a una mujer como sacada de un cuento. Un cuento de abuelas y leyendas. Se asomó desde su casita humilde, con su pelo nevado y un mate entre sus manos.
Deduzco, dos semanas más tarde, que hace muchos años que vive allí; que sacarla de Santa Catalina sería como despojarla de su vida. Pero eso es hoy. En ese momento quedé atónita. Sólo callé.
Fue como si el tiempo se hubiese detenido.
Apuesto a que ninguno de los turistas que estaba entre nosotros se percató de su presencia. Portaban cámaras fotográficas, pero se limitaron a capturar la fachada de la estancia.
Ellos se llevan de recuerdo la estampa del edificio tan tosco, tan delicado… tan europeo.
Yo, en cambio, traigo en mis retinas la representación de una Córdoba, de una Argentina, de una América Latina, llena de ambigüedades, hoy representadas en una viejita pueblerina. Mañana, quién sabe… otro viaje lo dirá.
Lo cierto es que aquella anciana- sin tener idea de quién soy y de que alguna vez estuve pisando su tierra- hizo que me diera cuenta que más de una vez nos perdemos en la maravilla de lo evidente, sin mirar lo particular, el detalle… aunque el detalle sea solamente una parte del todo. Porque la estancia seguirá siendo estancia y estará siempre concurrida, por uno, dos o quizás cientos de turistas frívolos, que nunca se enterarán que en ese lugar hubo, alguna vez, una señora cuyas arrugas representan las medallas de la vida, con un mate entre sus manos y sus cabellos teñidos de esperanza.
Por eso quiero tomarme la labor de dibujar con palabras aquello que se ve, pero que paralelamente es tan invisible.
De la excursión a Santa Catalina, solo me quedan esos vagos recuerdos.
A partir de hoy, nada de lo que vea y observe, podrá escaparse a mis cinco sentidos.
Allí estaré para cristalizarlo en un simple papel.
Nadie me obliga. Lo hago porque es parte de mi crecimiento sensorial. Si me equivoco y esto no sirve de nada… ya lo juzgará el tiempo.


Luna.