Quizás mi amigo tenía razón. En el primerísimo instante en que me pasaron las cosas, tendría que haberlas escrito. Tal vez ahora se me escape algún detalle, pero voy a tratar de precisar aquella noche extraña, que me dejó pensando más de un día completo.
Era 25 de junio. El invierno hacía sus chasquidos en mis huesos. Mi amiga me había avisado que su hijita estaba a punto de nacer.
Fui a la clínica donde aquel rito de vida se estaba preparando. Yo pensé que, para el momento en que llegué, ella ya estaría con Delfina en sus brazos, dándole la teta, o algo por el estilo.
Pregunté en la guardia. Di su apellido y me mandaron a una habitación. No estaba. Era otra Escudero la que había terminado de sufrir los dolores de las parturientas, esos que se olvidan en el momento en que una mujer de pronto se convierte en dos personas.
En la oficina donde pregunté por mi pelirroja amiga, había, entre otras miles de imágenes, una que llamó mi atención. O, por lo menos una en la que fijé la vista por unos segundos: La Madre Teresa de Calcuta. Con sus manitos arrugadas y su mirada noble, siempre dispuesta a dar sin recibir.
No le di mayor relevancia, porque esos lugares tienden a estar empapelados con figuras donde los creyentes depositan su fe.
Pasaron como dos horas cuando, en el primer piso, escuché un sonido que se metió por mis oídos, sacudió mi cuerpo y se estancó para siempre en mi corazón: Delfina había nacido y yo había sido fiel testigo de su primer llanto en este mundo de hipócritas reidores…
No puedo explicar la mezcla de sensaciones, ni mucho menos todo aquello que estaba impreso en los rostros de los familiares de mi amiga… Ver ese cuerpito frágil e indefenso me hizo dar cuenta de lo pequeñísimos que somos, ante un universo desmesurado.
En fin. Con una alegría invasiva, me fui de la clínica, esperando a que llegara la próxima vez para ver a aquella cápsula de ternura.
De camino a la parada del colectivo, observé que una mujer tropezó, perdió el equilibrio y casi cae. Me acerqué a preguntarle si estaba bien. Me dijo que sí, pero me pidió afirmarse en mi brazo para transitar “segura” por una de las tantas calles irregulares que tiene mi ciudad.
Lucía un tapado rojo, largo hasta los pies. Tenía el pelo platinado, corto y recogido con hebillas invisibles.
A primera vista me pareció una mujer culta, refinada, con una historia para contar.
Me dijo que iba al teatro, porque quería despejarse de sus problemas. Éste se encontraba a dos cuadras del sitio donde el destino – quizás- puso a esta mujer frente a mí. Este trayecto fue corto, pero estoy segura de que fue uno de los más intensos de mi vida.
Me halagó. Se sorprendió de que una persona joven la ayudase y la acompañase sin interés ni aquejándose.
Se detuvo en la esquina para mirarme a los ojos. Tenía el iris del color del agua. Me pidió que, si algún día la volvía a cruzar, por favor la saludase. Como si me conociese de toda la vida, me tomó las manos y me dijo:
-Stella, en los años que tengo, he aprendido algo: “Si la vida te trae problemas para caminar, usa bastón pero no detengas”. Yo soy como el ave Fénix.
Me impactó. La frase era, nada más y nada menos que de la Madre Teresa de Calcuta.
Otra vez, visitó mis pensamientos sin que me diera cuenta. En seguida pensé en las extrañas casualidades que a veces nos llevan a interesarnos en algo o alguien.
De aquella enigmática mujer, solitaria y con seis bisnietos en la lista de sus alegrías, sólo sé que se llama Olga, y que, si la vuelvo a ver, debo saludarla.
No lo dudo… ¡¡¡Me quedé con tantas ganas de seguirle preguntando cosas!!! Lástima que la función del teatro estaba a punto de comenzar.
Sólo espero volver a estar en el sitio correcto, al momento correcto. En algunas ocasiones, las relaciones de espacio y de tiempo son más complejas de lo que ya lo son.
Llegué, finalmente, a la parada del colectivo. Ya quería estar en casa para contarle a mi madre cuánto había pesado Delfina y la manera en que Olga había confiado en mí.
A veces pienso que las cosas pasan por alguna inexplicable razón… Otras, sólo me limito a creer que las casualidades son un mero producto del azar, o una cadena con eslabones que uno mismo ata forzosamente en la imaginación.
Cuando el colectivo llegó, busqué inmediatamente un asiento. En la parada siguiente a la que ascendí, subieron un hombre y una mujer. Tenían una especie de credencial hecha artesanalmente prendida al lado izquierdo de su pecho.
Lo primero que pensé fue que iban a pedir dinero o a vender algún que otro film copiado de forma ilegal, al precio en que los usuarios de este tipo de transporte público podemos pagar.
Una vez más, estuve equivocada. La pareja habló de una organización no gubernamental que necesitaba alimentos para un comedor infantil. A cambio de ser receptores de su mensaje solidario, la mujer, de tez morena y cabello enrulado, dejó en nuestras manos un papel que contenía un mensaje. En la carilla, estaba el dibujo de una palomita, y abajo, había una inscripción que coincidía con el pedido del que habían hablado:
“Una gota de agua no es mucho para el océano, pero sin esa gota, el océano carecería de algo”. Mi sorpresa fue mayor, cuando descubrí impresa la firma de aquella inscripción: La Madre Teresa de Calcuta, otra vez naufragaba entre los pensamientos de alguien quien nunca se había cuestionado de su existencia.
La paranoia ya se había apoderado de mi mente aquella tarde… trataba de descifrar el mensaje, si es que lo había, uniendo cabos y sacando conclusiones que ni yo puedo recordar.
Llegué atónita. Le conté a mi madre aquella odisea de azares y casualidades. Empecé por Delfina, seguí con Olga y terminé con la pareja del ómnibus. Tenía la prueba concreta del papelito, que aún conservo entre ese rejunte de cosas que guardo quién sabe para qué.
Mi día había sido bastante largo, así que decidí revisar mi casilla de correo electrónico, para luego bañarme e irme a dormir.
Abrí los mails y, entre la larga lista de no leídos, había uno cuyo remitente no recuerdo.
Cuando vi que existía un archivo adjunto de diapositiva, llamé a mi mamá para que lo viera conmigo, porque sé que a ella le gusta compartir este tipo de mensajes que la gente manda cuando no tiene otra cosa que hacer.
El mensaje empezó con unas imágenes de La Pasión de Cristo, así que no le estaba prestando atención a lo escrito. Pronto noté que el mensaje tenía cierta profundidad que algún malentendido relacionó directamente con la religión cristiana.
No sé cómo seguir contando. Supongo que es imaginable la autoría de aquella prosa que había llegado a mí digitalmente…
Me pregunto qué hubiese pasado si hubiese salido unos minutos más tarde de la clínica…
Tal vez, la mujer ya habría llegado al teatro, el colectivo pasaría antes de que yo llegara y aquel mail se instalaría en mi lista de correo basura.
O, si yo hubiese hablado con mi amiga antes de llegar, hubiera sabido en qué habitación estaba y jamás habría visto la imagen de la monja. Si salía antes, yo hubiese caminado delante de la mujer y jamás hubiese notado su tropezón, simplemente porque iba detrás de mí.
Si me hubiese quedado esperando el colectivo que paraba frente a la clínica, no me habría encontrado con la mujer nunca, ni hubiese coincidido mi transporte con el de la pareja del papelito.
Si no hubiese ayudado a la mujer, a pesar de verla tropezar, no sabría ni su nombre y tal vez hoy ya habría olvidado el episodio.
Lo cierto es que la historia sucedió dejando inciertos matices en mi memoria.
Aún no descifré el mensaje. O sí: Mis abuelos maternos le pusieron fin a una bella historia de la manera menos creíble: Quince días después del enredo de señales y casualidades, cerraron sus ojos para siempre, y se fueron juntos de este mundo indeciso.
El secreto: cuando empecé a escribir esto, aún no imaginaba el descenlace.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Madre Teresa? ¿Destino? ¿Amor?
Quién sabe. El misterio es parte de la historia. La muerte, es un acontecimiento pasajero.
Luna. Stella.
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