sábado, 23 de enero de 2010

Crónicas de un rincón: Laguna Marchiquita.

Ya llevamos dos horas de viaje. La ruta está casi vacía y el calor sofoca nuestra marcha.
Estamos entre el campo y el cielo.
Las nubes bajas se confunden entre las copas de los árboles, que ya comienzan a tomar el dorado tinte del otoño.
La soja sembrada, tiñe el camino de esperanza. Al este, ya diviso la laguna. Unos metros más, y vuelvo a perderla de vista. Ya huelo en el aire la llegada.
Según escucho, faltan aún alrededor de 15 minutos para llegar.
Un cartel nos da una extraña bienvenida: “Permitido sonreír y disfrutar”. Un trecho más, y encuentro un letrero aún más significante: “MIRAMAR”.
Hemos llegado. Estamos, al fin, en Marchiquita. Ansenuza, suelo de sanavirones, donde la sal penetra en la tierra y tatúa nuestra piel.
Hecho un vistazo y algo me cautiva llenándome de tristeza…
Tengo, literalmente, una ciudad completa debajo de mis pies.
En 1977, una inundación azotó la ciudad de Miramar, dejándola en ruinas y acabando con sus rincones más prestigiosos.
Ese lado de la costa se cubre de una alfombra de piedras y ladrillos, ocultándose bajo el polvo del olvido.
Otra vez aquí, la imagen latente de una América Latina antagónica: Riqueza y pobreza. Construcción y destrucción. Naturaleza y hombre… todo mezclado.
De aquel recoveco de Miramar, hoy solo quedan cicatrices que el tiempo dejó, junto a la cruel pisada del hombre.
Me llevo en las retinas una postal de la inmensidad. No sé dónde está el principio, ni tampoco el final.
El paseo continúa y la ruta va quedando atrás.
La tarde se extiende entre anécdotas.
La laguna y el misterio del barrio curativo siguen siendo la gran atracción.
Siete de la tarde.
El viento peina y despeina.
Parece que los segundos, han corrido apurados.
Nuevamente, se hace camino el andar.
El sol se cuela en un laberinto de nubes bajas, haciendo pinceladas de luz sobre los campos.
El punto infinito del horizonte comienza a azularse entre los árboles.
La flora se cubre bajo el oscuro manto de la noche y el cuarto creciente de la luna, despunta en la vastedad del firmamento.
La claridad finaliza, y ha dejado mis sentidos, calados de sal.



Stella Salerno

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