- ¿Qué te puedo dar por los treinta y cinco centavos? No tengo nada de cambio-
En cada negocio, en cada momento pasa lo mismo.
Si no son diez centavos, son quince o veinte… Nunca hay monedas para los vueltos.
Luego de caminar las mismas cuatro cuadras de siempre, llego a la panadería.
- Dos tiras de miñón, por favor.
- Uno cuarenta y cinco.
Meto la mano en el bolsillo para sacar las monedas.
Allí adentro hay un mundo aparte del cotidiano. Entre todos los papeles, ganchitos y gomitas, logro encontrar las monedas para pagarle a la mujer.
Tengo una de un peso y una de cincuenta centavos. Se las entrego.
- ¿Te puedo quedar debiendo los cinco?
¿Qué puedo hacer yo ante esta pregunta?- Y sí, no hay problema-.
Continúo mi camino hasta el almacén, de donde me encargaron una pascualina.
El local, marcado por el paso del tiempo, está colmado de gente. Espero mi turno.
Me detengo a observar. Las preguntas por las monedas son siempre las mismas.
-Dame un disco para tarta-
- Cómo no. Tres cuarenta.
Como no tengo más monedas, saco un billete de diez pesos.
Con voz de impaciencia, la chica que atiende me pregunta:
-¿No tenés cuarenta centavos?
Después de haber respondido que no, la empleada, con cara de resignación, rompe una pila de diez moneditas del tamaño de un ojal, y me da el vuelto.
Tengo la hipótesis de que los comerciantes no quieren perder ni un minuto del tiempo.
Por eso prefieren redondear los precios, o dar un caramelo por la moneda que sobra.
¿Qué pasaría si yo necesito veinte centavos para sacar una fotocopia? No quiero más que una fotocopia. ¿Tengo obligación de llevarme algo por el vuelto? La clientela no puede decir “te lo debo”… porque de eso vive el comerciante.
Pero el ser humano, es animal de costumbres… y esta situación se ha vuelto cotidiana y pasa casi desapercibida.
En el quiosco, en el súper, en el bar, en la mercería, en la librería…
Done su vuelto para Cáritas.
No hay monedas.
Abone con cambio.
Pregunte si hay cambio antes de pagar con cincuenta o cien pesos.
Colabore con monedas de cinco y diez centavos.
Esas son las sugerencias con las que nos encontramos cada vez que entramos con la ilusión de comprar.
Ya no se siente la melodía del chasquido cuando se chocan entre sí y los monederos se convirtieron en billeteras.
Lo cierto es que las monedas son un tesoro perdido que ya ni los quioscos tienen el privilegio de poseer.
Parece que estamos llegando al fin de la era del chanchito. Aquella típica alcancía con sabor a infancia, que solo se llenaba con los sueños de la niñez.
Luna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario