jueves, 31 de mayo de 2012

Memorias de ventana


Ya era tarde para lágrimas. Si los ojos se nublaban el espectáculo hubiese sido todavía más triste. Un rayo de luz reflejado en el vidrio mojado le daba color al panorama blanco y negro que teníamos en frente.
Una lluvia de recuerdos inciertos intercedía entre la imagen y nosotros que, amontonados, apretábamos las narices contra la transparencia del cristal.
Probablemente yo hoy sea  el más arrepentido. La ventana del cuarto del baño era el recorte más cruel y perfecto  para atestiguar el final de algo que no sabemos cómo empezó. Por fuera del cuadrado quedaron las voces muertas de los que callaron.
Estábamos quietos, presos de un castigo que nos estaba preparando la historia. El vidrio se empañaba y se desempañaba, cómplice de nuestra respiración. Junio nunca fue muy bondadoso con las temperaturas.
Ellos, despojados de vergüenzas, no notaron nuestras miradas inmóviles. Fue un golpe tras otro, y en cada golpe nuestros ojos se cerraban para evitar la furia de los insanos. Sin embargo, esa oscuridad de milésimas de segundos, nos llenaba la cabeza de visiones dolorosas.
Tuvimos miedo.  Nuestra vista tenía  un filo contundente, y distinguíamos más detalles de los que hubiésemos querido.
Nadie salió.  Nadie escuchó. La cuadra quedó enajenada esa tarde. Sin sonidos.  Los recuerdos son sólo posibles evocando la ventana del baño, y  a través de tres pares de ojos suspendidos como lunas en un cielo imaginario.
Esa fue la última vez que lo vimos. La siguiente imagen es un auto verde, asqueroso verde. Y la cara de papá mirando por  el vidrio de atrás, buscándonos, con los ojos vendados y la mirada hacia arriba.  

miércoles, 23 de mayo de 2012

¿Hasta que la muerte los separe?

La hija se preguntaba qué haría con uno cuando el otro faltara. El padre le respondía que no se preocupara porque ese día no llegaría jamás. Cada tarde era una serenata de insultos que remontaba a épocas pasadas, de zaguanes y leche fresca, de vacas recién ordeñadas. Él no caminaba. A ella se le morían los recuerdos de a poco. Él aún soñaba con un mundo mejor, construido con banderas coloradas. Ella seguía viendo a Perón saludando desde los balcones, con la promesa del cambio inminente. Sin embargo, cada pelea, cada grito, no era más que un sello eterno despojado de diferencias, de medio siglo de sueños inconcretos. Esa noche sería el inicio de cientos de historias que aún no se han escrito. El corazón de ella comenzaría a desprenderse del hilo que la ataba a la vida. Las sirenas eran el único sonido que envolvía al barrio, que los conocía con sus idas y vueltas. Se la llevaron. Él lo supo: la despedida era irreversible. Pasaron a penas dos días. Él comenzó a perder la lucidez con la que comprendía al mundo sin saber de su casa. Ella tenía preocupaciones resueltas hacía más de treinta años. Para él, ya no había bastones ni fuerzas que pudieran levantarlo del pozo asesino de la cama. El mundo estaba distraído ese día. Los cuartos de final entre Argentina y Alemania habían cubierto de indiferencia el resto de las cosas. Poco importaba que ella llamara a su hermano muerto quince años atrás. Él cazaba perdices y palomas desde la inmovilidad que lo había atrapado. Desde el hospital las versiones se contradecían todo el tiempo: que mejora, que empeora, que se muere. Los dos padecían la dulce espera, pero ninguno sabía cómo estaba el otro, aunque por alguna razón estaban intranquilos. La mañana del 15 de julio, Córdoba amaneció con los pastos blanqueados. Ella cerró los ojos para siempre, pero decidió no abandonarlo al naufragio de la soledad. La hija ya no debía preocuparse. Él también eligió el 15 de julio para morir. No le hicieron caso a la absurda sentencia del cura.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cuestión de modales


Ningún sol era capaz de entibiar las peatonales. La ciudad parecía acunada por la música solemne.  Estaba cautiva del sonido, como un marinero en naufragio  atraído por el canto de alguna sirena perversa. Los oídos eran el metal débil del cuerpo, que se dejaba poseer por los imanes de las  armonías suspendidas en el aire.
Un día cualquiera no se me hubiese ocurrido semejante locura. Pero el frío me condenó a la decisión absurda del ingreso. Entré, y el lugar pareció desprenderse del suelo y la ciudad quedó abajo, muy abajo, lejos de las incoherencias mundanas. Quizás la ciudad levitó, y lo que quedó en la profundidad  fue ese antro de balcones impolutos.
 El silencio  adormeció mis sentidos, y desde entonces perdí la capacidad de discernir.
No supe si lo que mis ojos acaparaban era enorme o insignificante. La noción de la estética pareció anestesiarse en mi interior. Cada parpadeo fue una discusión fugaz entre lo bello y lo horrible.
La paz sonaba como golpes redondos dentro de mí: paz, paz, paz. El ritmo regular del monosílabo generaba un eco perturbador.
 Los latidos del tiempo se atenuaban como un corazón muriendo, y los minutos se apagaban con lentitud. En ese lugar, luz y oscuridad son más que antónimos vacíos, aunque no puedo saber si ese agujero era claro u oscuro.
“Al inmolarse murió por única vez, y cuando murió vivió para siempre”.
Yo hubiese dado un aplauso. Pero el rebaño, adiestrado, respondió “amén”.
El cura siguió con lo suyo.
Yo, más fría de lo que entré, me hice la señal de la cruz y me fui. No vayan a pensar que soy una maleducada.
@strellasalerno