viernes, 13 de abril de 2012

Reflexiones

“En el matrimonio el amor llega cuando ambos cónyuges han acabado por odiarse ferozmente”- Oscar Wilde.
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Veinticinco años. Miro las fotos y lo único que logro es refrescar las caras de todos los muertos a cuyos velorios lo tuve que acompañar.
Daniel está igual. El traje le sigue entrando y el pobre no se da cuenta de que pasó de moda.
¡Mirá lo que era yo! Flaca, joven ¿A dónde habré dejado esa cintura? Me pregunto si mi cuñada todavía conserva las cortinas que se hizo con la tela de mi vestido. Caradura.
Pensar que mi mamá me lo decía: “Aspirá más alto, nena. Ese muchacho no es para vos. No te llega ni a los talones”. Y ahí fui. No me importó nada.
Después me arrepentí. Desde ese día mi matrimonio ha estado plagado de idas y vueltas.
Yo pensé que cuando nacieran los chicos Daniel iba a cambiar, pero me equivoqué.
Siempre se ha dejado ganar por las pequeñeces de la rutina: el trabajo, la madre, los impuestos.
Ya no tiene la mirada de ésta foto y no se le dilatan las pupilas como cuando me invitaba a los bailes del club.
Cada vez que llega, le tengo que escuchar la cantaleta, que es la misma desde que tengo memoria. Me mira poco y nada; y cuando lo hace, parece que encontrara en mi cara el libro en blanco para todas sus quejas. Lo odio. Me dan ganas de mandarlo a la cueva de la que vino, a ver si se las puede arreglar sin mí.
Me paso toda la mañana pensando en cómo tratarlo cuando llegue. Pero, a pesar de la monotonía de los días, siempre termino improvisando una conversación.
Seamos realistas: Viéndolo bien él tampoco es el mismo de ese día.
Siento que el paso del tiempo nos ha despojado de nuestra libertad. Estamos condenados a querernos y a hacer todas esas cosas que el cura enumeró, y que sólo tienen sentido en las películas de finales predecibles: salud y enfermedad; riqueza y pobreza;  prosperidad y adversidad. El guión estaba escrito, y nosotros le pusimos el alma a un amor de recetas.
Él ya no se ve con los amigos y yo ni me esmero en hacer esas cosas que me hacían escapar. 
La rutina nos atrapa y no tener de qué hablar nos  sentencia a las peleas.
Más de una vez hemos bajado a todos nuestros muertos, y la noche nos ha encontrado separados por una almohada disfrazada de frontera.
Los chicos ya ni se meten a tomar postura, porque no tiene sentido. La indiferencia nunca nos ha ganado más de dos o tres batallas.
Se lo advertí el primer día: “Me ponés una mano encima y no me ves nunca más”. No sé si funcionó la amenaza, pero nunca me ha tocado un pelo.
Somos como dos chicos peleando hasta el hartazgo, y cuando llegamos al punto cúlmine y ya nos humillamos en todos los tamaños, olvidamos el camino que nos llevó hasta ahí.
El día de esta foto, yo tenía veintidós años y él, treinta. Así que tengo más vida con él que con mis padres. No quiero que piensen que estoy loca, pero la bruja me lo advirtió: “Tu vida tiene más futuro que pasado”. No sé si fue una cuestión de horóscopos. No sé si los astros influyeron. Ni siquiera voy a poder descubrir si esa supuesta alineación de planetas existió alguna vez.
Pero estoy convencida de que Daniel me ama tanto como el día de esta foto. La diferencia es que ahora nuestra pieza dejó de ser el rincón de la lujuria para convertirse en un espacio espiritual. Nos hemos construido el uno al otro. El tiempo nos ha creado a la perfección. A esta altura el silencio es mejor que mil excusas.
Sí. No puedo equivocarme. Somos los mismos de esta foto. Pero en movimiento. Y en colores.
@strellasalerno 

viernes, 6 de abril de 2012

Piedra Libre

Treintaisiete, treintaiocho, treintainueve, ¡cuarenta! Punto y coma, el que no se escondió se embroma…
Puedo recordarlo como si acabara de pasar. No terminé de decir el conjuro, y la vereda quedó áspera de tanta soledad.
El olfato no me fallaba. Sabía exactamente dónde estaban cada uno de los pibes que se burlaban de mi manera coja de correr.
Los lugares no cambiaban, a pesar de que ellos se esforzaban por la búsqueda de un agujero inimaginable. El fitito de Don Julio tapaba la redondez del gordo Mario. El siempreverde viejo, del viejo del quiosco, le guardaba los secretos a Carlitos, aunque para esa época la falta de hojas lo delataba en las sombras. El porche de la casa abandonada, al lado de la verdulería, le servía a Federico a veces para esconderse, otras para llevar a alguna chica del colegio y tratar de conquistarla con chicles de cinco centavos.
No puedo evitar el cosquilleo absurdo de sentir en el aire  la adrenalina del ¡piedra libre para todos los compas!  Camino por lo  que ahora es la cuadra de mi oficina, me veo pelado, panzón y envuelto en un traje que me molesta más que los mocasines de la escuela de curas a la que fui. No puedo creerlo. La verdulería y la casa abandonada son ahora un edificio de diez pisos, que reflejan el cielo por los vidrios espejados de las ventanas. El quiosco mutó en un cyber, y los hijos de Don Julio convirtieron la casa en tres departamentos en alquiler.
A veces no quiero mirar. Alguien castigó al siempreverde. Lo talaron al ras  por la causa injusta de querer divertirse y ponerle la traba a alguna vieja con sus raíces, más viejas que la vieja. 
La casa de mi abuela también quedó guardada en el baúl de las fotos, y aunque me hago el pelotudo, el corazón me late más fuerte cuando paso por ahí. A mis tíos les importó un carajo el valor sentimental de las paredes, y la vendieron porque el terreno tenía doble salida. Ahora, la playa de estacionamiento factura por día más de lo que mi abuelo podía ganar en meses.
Pienso y camino. Y el trayecto es una eternidad hasta la cárcel que me tendrá atrapado ocho horas, bajo luces incandescentes y artificial aire fresco.
Cierro los ojos porque ya me sé de memoria los pasos que tengo que hacer. Huele a chocolatada en el viento. Hay aromas que no puedo quitarme de la memoria.
¡A tomar la leche! Y Carlitos salta como un gato del árbol. El gordo asoma atrás del auto y Federico, bueno… abandona la cueva con la frustración del escondite descubierto.
La casa de mi abuela era el refugio de los hambrientos. Ninguna riqueza del mundo era comparable con las tostadas con picadillo que servía para merendar.
Sus respuestas cómplices me daban calma cuando mamá preguntaba si me había lavado las manos o había hecho los deberes. El domingo me encontraba dormido en su regazo, transportado por quién sabe qué fuerza hasta ahí.
Sigo caminando y la puerta eléctrica ya es un paisaje inminente  frente a mí. Suspiro y el calor de un hogar extinguido me ahoga desde adentro.  Pero ahora vuelvo a ponerme la máscara que protege al rengo que no podía correr. Dejo atrás la simpleza de lo que fui, y  el nudo en la garganta se sella por una corbata que no quiere ceder.
A veces me pregunto cómo hice para sobrevivir en esta selva de olvidadizos, que devinieron en jefes y viejos conocidos.
Entro al edificio, evitando los espejos del ascensor, que me devuelven una imagen  que no me interesa. Veo los papeles  y quiero volver a contar hasta cuarenta para que el mundo se esfume. No. Mejor no. Quiero ser el que se esconda del mundo en algún rincón secreto. El que no se embrome por  la audaz hazaña de desaparecer. El que grite ¡piedra libre! cuando tenga ganas. El que tenga el poder de liberar a los compas de las ataduras cotidianas, señalar a otro y que el juego vuelva a empezar.
@strellasalerno

miércoles, 4 de abril de 2012

Uno

El hombre llegó cansado
con desamor colgando en los ojos.
Tiró la llave,
soltó la vida.
Ella intentó hablarle.
Él se aferró al silencio.
Se miraron. Se conocieron.
No tenían más que hacer.
Agotaron los días de rutina.
Sentados de frente
se durmieron para siempre.  



@strellasalerno

La muerte de la semana

El perfume amargo  del domingo se colaba entre las hendijas de la puerta.
El silencio le golpeaba los oídos.
La mujer, flaca y de piel venosa, caminaba perdida en sus propios pasillos.
El sopor de una tarde desierta era el escenario indicado para esos suicidios que mueren en el vacío de la crónica roja.
La paz la desbordó y se dispuso a dibujar el punto final. Pero bastó con mirarse al espejo. Sus ojos se hicieron de agua, y la luz le reflejó  arcoíris en el rostro. Entendió que no valía la pena.
Después del domingo seguía el lunes. Y tendría otros seis días para pensar cómo morir.