Cuando desperté la vi inmóvil al pie de mi cama. Tiesa.
Brillante. Tersa de tanta sonrisa modelada. Qué espanto.
Di dos parpadeos intencionales y por momentos quise que todo fuese una pesadilla. Lo intenté en vano. Sus ojos azules parecían mirarme desde el otro extremo. Vacíos. Muertos.
No sé por qué razón mi madre estaba tan feliz. La rubia, escultural y perfecta como siempre, yacía a poquitos centímetros de mí. Esbelta. Sexy. Puta.
Me levanté como pude del susto. Me hice la valiente. El morbo fue más fuerte que yo. Procedí.
Mi mamá me pedía que no le arruinara el pelo. Que lo hiciera con cuidado. Le desaté las muñecas y los tobillos. Todavía me acuerdo con total claridad de la imagen. Traté de pararla, pero la pobre se caía sin gracia. Quise sentarla. Tampoco pude.
Era el mediodía y todavía no sabía qué hacer con la cadavérica mujer. Me sentía fuera del mundo, a pesar de que la orden era considerarme una privilegiada. Tenía ocho años y ya deambulaba errante por los pasillos de mi casa. Jamás pensé que la adrenalina que proclamaba la tele me aburriría tanto.
Es que yo no quería. Debe haber sido un accidente. Todavía no sé cuál fue el error: les dejé el pasto, los zapatos y el agua. Me porté bien en la escuela, en serio. Tal vez un par de malos gestos a la hora de hacer los deberes. No sé. No me acuerdo.
Pero yo no quería. Una Barbie era la última cosa con la que me hubiese gustado jugar. ¿¡Por qué a mí!?
La muy autosuficiente tenía vida propia. No me dejaba ser parte de su mundo rosa. Llegó a mí con su femenina profesión de veterinaria, aunque jamás podría imaginarla hurgándole las tripas a un sapo. Querer jugar con ella era someterse a lo que venía escrito en su caja: Tomarla por los tobillos e inventar conversaciones, siempre dentro de su prolijo consultorio de caniches. La maldita no me dejaba ser veterinaria a mí, ni tampoco me dejaba inventarle otros diálogos. Yo sólo le ponía voz a sus labios inertes. La odiaba. No era parte de su vida. No me necesitaba. Ni yo a ella. Todavía no comprendo la desesperación de algunas chicas por coleccionar esa monótona cara. Malvada. Soberbia.
No quería lamentarme por ser una nena normal. Con rodillas prominentes y cachetes grandotes. Quería ser la protagonista de lo que dictaba mi imaginación, pero la muñeca gozaba de dejarme atrás de la escena. Osó dominarme. El impulso asesino se apoderó de mí en la pieza de los juguetes, bajo la luz de un sol débil de enero. Traté de ahogarla. Flotó. Le corté el pelo. Quedó divina. La desnudé. Se burló.
Volví a vestirla y la puse, de cabeza, en el último rincón de la caja (que a veces convertía en nave espacial) La abandoné para siempre. Asesinar no es lo que mejor me sale. Yo recurro al olvido. Creo que esa mañana de reyes, fue la primera vez que fingí felicidad.
Di dos parpadeos intencionales y por momentos quise que todo fuese una pesadilla. Lo intenté en vano. Sus ojos azules parecían mirarme desde el otro extremo. Vacíos. Muertos.
No sé por qué razón mi madre estaba tan feliz. La rubia, escultural y perfecta como siempre, yacía a poquitos centímetros de mí. Esbelta. Sexy. Puta.
Me levanté como pude del susto. Me hice la valiente. El morbo fue más fuerte que yo. Procedí.
Mi mamá me pedía que no le arruinara el pelo. Que lo hiciera con cuidado. Le desaté las muñecas y los tobillos. Todavía me acuerdo con total claridad de la imagen. Traté de pararla, pero la pobre se caía sin gracia. Quise sentarla. Tampoco pude.
Era el mediodía y todavía no sabía qué hacer con la cadavérica mujer. Me sentía fuera del mundo, a pesar de que la orden era considerarme una privilegiada. Tenía ocho años y ya deambulaba errante por los pasillos de mi casa. Jamás pensé que la adrenalina que proclamaba la tele me aburriría tanto.
Es que yo no quería. Debe haber sido un accidente. Todavía no sé cuál fue el error: les dejé el pasto, los zapatos y el agua. Me porté bien en la escuela, en serio. Tal vez un par de malos gestos a la hora de hacer los deberes. No sé. No me acuerdo.
Pero yo no quería. Una Barbie era la última cosa con la que me hubiese gustado jugar. ¿¡Por qué a mí!?
La muy autosuficiente tenía vida propia. No me dejaba ser parte de su mundo rosa. Llegó a mí con su femenina profesión de veterinaria, aunque jamás podría imaginarla hurgándole las tripas a un sapo. Querer jugar con ella era someterse a lo que venía escrito en su caja: Tomarla por los tobillos e inventar conversaciones, siempre dentro de su prolijo consultorio de caniches. La maldita no me dejaba ser veterinaria a mí, ni tampoco me dejaba inventarle otros diálogos. Yo sólo le ponía voz a sus labios inertes. La odiaba. No era parte de su vida. No me necesitaba. Ni yo a ella. Todavía no comprendo la desesperación de algunas chicas por coleccionar esa monótona cara. Malvada. Soberbia.
No quería lamentarme por ser una nena normal. Con rodillas prominentes y cachetes grandotes. Quería ser la protagonista de lo que dictaba mi imaginación, pero la muñeca gozaba de dejarme atrás de la escena. Osó dominarme. El impulso asesino se apoderó de mí en la pieza de los juguetes, bajo la luz de un sol débil de enero. Traté de ahogarla. Flotó. Le corté el pelo. Quedó divina. La desnudé. Se burló.
Volví a vestirla y la puse, de cabeza, en el último rincón de la caja (que a veces convertía en nave espacial) La abandoné para siempre. Asesinar no es lo que mejor me sale. Yo recurro al olvido. Creo que esa mañana de reyes, fue la primera vez que fingí felicidad.
@strellasalerno












