miércoles, 13 de abril de 2011

Cruzada de una madre contra la droga

Lucas Monjo tenía 35 años la última mañana en que vio la luz del sol. Salió a trabajar, pero nunca regresó. Lo encontraron muerto en la vereda de un vecino, en barrio Poeta Lugones. La asesina fue lenta y despiadada: la cocaína tardó 18 años en robarle la vida.

A Camucha, la madre de Lucas, se le opacó la mirada. “La sustancia le anestesió los sentimientos y la voluntad. No fue fácil llegar a él. Yo no sabía lo que le pasaba, aunque me di cuenta de que algo en él había cambiado”, dice la mujer mientras mira las fotos y una lágrima le dibuja un surco en la mejilla. Está llena de preguntas, pero cree que las respuestas aparecen cuando menos se buscan.

Ya pasaron cinco años desde aquella pérdida que se llevó parte de su entelequia.

Camucha recuerda cuando le planteó a su esposo que Lucas ya no era el mismo. La ignoraron. Trataron de justificar las actitudes de Lucas diciendo que era parte de la etapa adolescente. El chico, que apenas tenía 17 años, negaba la adicción. Todos la negaban.

Al rededor de los 20 años, Lucas se fue a vivir con la novia. El padre le dejó a cargo un negocio de aeromodelismo, que fundió a los pocos días. Luego de casi tres años de convivir con la chica, a quien también incitaba a consumir, ella le puso freno a la relación y Lucas volvió a su hogar. Recién en ese momento aceptó que necesitaba ayuda, y que la droga ya había cambiado el rumbo de su vida. A los 21 aceptó que consumía cocaína.

Estuvo en una granja en La Cumbre un año internado. Salió de ahí, pero no hubo más seguimiento por parte del organismo. “La salvación” duró cuatro años más, hasta que volvió a las viejas amistades. Antes habíamos estado en La Casa del Joven, en el programa Cambio. Pero él era manipulador, y nos decía que los profesionales no servían”.

Sin embargo, la familia vivió seis años aturdida por la indiferencia. “La madre siente que algo está pasando. Me invadieron los miedos, pero supe que ése no era el hijo que yo parí. Nos dirán locas, pero nosotras vemos por el útero, porque somos las que contenemos la vida”, sostiene.

En su voz, ya había algunas grietas que no la dejaban hablar. No obstante, se superó a sí misma para seguir contando la historia que le dio una nueva misión a su vida: “No más Lucas”.




“Yo era una persona muy vital, muy alegre. Nunca me detuve a pensar si le transmitía esa vitalidad a mis hijos. Yo amaba la vida, pero jamás pensé que había que decirlo. Creí que alcanzaba con las cosas simples: cantar, bailar, hacer de comer. Pero, algo debo haber hecho mal”, reflexiona, y una sonrisa nostálgica se imprime en su rostro.

La mujer, de pelo largo y gris, cree que no se pasa por el dolor sin haber aprendido algo. Se define a sí misma como “rebelde”. Jamás fue sumisa. Traía conflictos su forma de ser. Fue libre, aunque para las miradas ajenas y ortodoxas, fue libertina, transgresora tal vez.

Sin embargo, Camucha no se siente “culpable”. “La culpa paraliza. Yo no estoy paralizada. Estoy dolorida”. Prefiere reemplazar la palabra culpa por responsabilidad. El dolor le permite no naufragar en el olvido y hacer algo por los miles y miles de chicos a quienes las drogas le muerden, cual termitas, la esencia.

No más Lucas

Actualmente, trabaja en “La Luciérnaga”, la revista cordobesa que ayuda a chicos en situación de calle. Su trabajo consiste en disertar en conferencias y convocatorias para ponerle fin al flagelo de las drogas. Antes de ello, participó en el programa Cambio, que también fue un pilar de ayuda para su hijo.

Entiende que la muerte de Lucas no fue en vano, sino que es un puntapié para hacer algo, para concientizar. Pero necesita el apoyo de una sociedad ciega, sorda y muda. Una sociedad que le da la espalda a lo que cada vez toma más forma. Una sociedad que alimenta a un monstruo inmensurable y que sólo mata a los más débiles (debilidad nada tiene que ver con “situación económica”).

“Desde la muerte de Lucas, e incluso antes, pasé por cosas terribles. Muchas veces me persiguió la idea del suicidio. Si me preguntan cómo hice para superarlo, no lo sé. Siempre amé la vida. A veces sentía que vivir no tenía sentido y, sin embargo, muy dentro mío, no quería suicidarme”.

Camucha recurre a un libro, que alguna vez leyó, para referirse a los sentimientos que la invadían. “Me había equipado de una armadura y no me permitía sentir nada”, admite.

En poco tiempo, se convirtió en “co-dependiente” de Lucas. Tenía sus síntomas sin consumir. Había adormecido momentáneamente sus emociones, lo que no le permitía sensibilizarse ante ninguna situación. Sin embargo, luego de estar sumergida en la tristeza, entendió que no debía perderse la vida y que, quizás, su voz podría representar a aquellos que no tienen posibilidades de hablar.

tr“Los chicos piden ayuda de muchas formas. Lucas robaba. Yo le tenía que pedir a mis amigas que, cuando vinieran, cuidaran las carteras. De alguna manera eso es un grito de auxilio”. Dos meses antes de su muerte Lucas había escrito una carta, tal vez premonitoria.

El drogadicto no solamente se autodestruye, sino que también destruye a todo lo que está a su alrededor. Son muchas las familias que desequilibran su núcleo a causa de que en ella hay un consumidor. Camucha, que no puede ponerle fin a la angustia, sabe que la muerte de Lucas ha puesto en jaque las dudas de innumerables personas que conviven con la adicción bajo el techo. Le puso un rostro al progresivo fenómeno que todos prefieren evadir.

Camucha, que lleva tatuado en la garganta el nombre de su hijo, que no cree en el destino, pero tampoco en las casualidades, que mira las fotos y las cuenta en presente, que aún pide por Lucas para salvar a tantos otros Lucas, concluye, tras un imperioso silencio: “Lucas se llevó mi velo. A través de su muerte pude ver otras cosas, a las que antes me negaba”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario