Usa anteojos y un bastón de cuatro patas. A pesar de sus ochenta y tantos años, siempre tiene una pregunta que lo inquieta.
Mi abuelo: el hombre más sabio que conozco. El viejo más joven de mi vida. Mi rival en las discusiones más insólitas.
Cada tarde, me recibe con el mate listo. Respeta mis silencios y yo, los suyos. Nos conocemos. Pensamos de la misma forma y aunque él me lleve una vida de ventaja, siempre tiene algo que aprender de mí.
Somos un par que no pareciera tener química. Él está lleno de vida. Yo escucho los cuentos que ya me recitó una y mil veces. Me los cuenta desde lo más profundo de su corazón, porque a los libros, los tuvo que quemar durante la dictadura.
Cuando lo miro a los ojos o lo escucho hablar, me sorprendo de que no sea mi hermano, o mi compañero de clases.
Se enoja de las injusticias, tanto como yo. Pero él se apasiona. Grita. Se va por las ramas.
Está enamorado de su mujer como el primer día, pero lo niega, a pesar de que su mirada empañada hable de amor.
Él no lo sabe, pero yo lo admiro… y sé que, aunque jamás me lo exprese, en algún punto, él también está orgulloso de mí.
Te quiero, Tati!
Soy una más de ese montón de bohemios que tienen el afán de explicarle al mundo que son las palabras su único eje de rotación.
viernes, 26 de marzo de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
Invisibles Cascabeles
- ¿Qué te puedo dar por los treinta y cinco centavos? No tengo nada de cambio-
En cada negocio, en cada momento pasa lo mismo.
Si no son diez centavos, son quince o veinte… Nunca hay monedas para los vueltos.
Luego de caminar las mismas cuatro cuadras de siempre, llego a la panadería.
- Dos tiras de miñón, por favor.
- Uno cuarenta y cinco.
Meto la mano en el bolsillo para sacar las monedas.
Allí adentro hay un mundo aparte del cotidiano. Entre todos los papeles, ganchitos y gomitas, logro encontrar las monedas para pagarle a la mujer.
Tengo una de un peso y una de cincuenta centavos. Se las entrego.
- ¿Te puedo quedar debiendo los cinco?
¿Qué puedo hacer yo ante esta pregunta?- Y sí, no hay problema-.
Continúo mi camino hasta el almacén, de donde me encargaron una pascualina.
El local, marcado por el paso del tiempo, está colmado de gente. Espero mi turno.
Me detengo a observar. Las preguntas por las monedas son siempre las mismas.
-Dame un disco para tarta-
- Cómo no. Tres cuarenta.
Como no tengo más monedas, saco un billete de diez pesos.
Con voz de impaciencia, la chica que atiende me pregunta:
-¿No tenés cuarenta centavos?
Después de haber respondido que no, la empleada, con cara de resignación, rompe una pila de diez moneditas del tamaño de un ojal, y me da el vuelto.
Tengo la hipótesis de que los comerciantes no quieren perder ni un minuto del tiempo.
Por eso prefieren redondear los precios, o dar un caramelo por la moneda que sobra.
¿Qué pasaría si yo necesito veinte centavos para sacar una fotocopia? No quiero más que una fotocopia. ¿Tengo obligación de llevarme algo por el vuelto? La clientela no puede decir “te lo debo”… porque de eso vive el comerciante.
Pero el ser humano, es animal de costumbres… y esta situación se ha vuelto cotidiana y pasa casi desapercibida.
En el quiosco, en el súper, en el bar, en la mercería, en la librería…
Done su vuelto para Cáritas.
No hay monedas.
Abone con cambio.
Pregunte si hay cambio antes de pagar con cincuenta o cien pesos.
Colabore con monedas de cinco y diez centavos.
Esas son las sugerencias con las que nos encontramos cada vez que entramos con la ilusión de comprar.
Ya no se siente la melodía del chasquido cuando se chocan entre sí y los monederos se convirtieron en billeteras.
Lo cierto es que las monedas son un tesoro perdido que ya ni los quioscos tienen el privilegio de poseer.
Parece que estamos llegando al fin de la era del chanchito. Aquella típica alcancía con sabor a infancia, que solo se llenaba con los sueños de la niñez.
Luna.
En cada negocio, en cada momento pasa lo mismo.
Si no son diez centavos, son quince o veinte… Nunca hay monedas para los vueltos.
Luego de caminar las mismas cuatro cuadras de siempre, llego a la panadería.
- Dos tiras de miñón, por favor.
- Uno cuarenta y cinco.
Meto la mano en el bolsillo para sacar las monedas.
Allí adentro hay un mundo aparte del cotidiano. Entre todos los papeles, ganchitos y gomitas, logro encontrar las monedas para pagarle a la mujer.
Tengo una de un peso y una de cincuenta centavos. Se las entrego.
- ¿Te puedo quedar debiendo los cinco?
¿Qué puedo hacer yo ante esta pregunta?- Y sí, no hay problema-.
Continúo mi camino hasta el almacén, de donde me encargaron una pascualina.
El local, marcado por el paso del tiempo, está colmado de gente. Espero mi turno.
Me detengo a observar. Las preguntas por las monedas son siempre las mismas.
-Dame un disco para tarta-
- Cómo no. Tres cuarenta.
Como no tengo más monedas, saco un billete de diez pesos.
Con voz de impaciencia, la chica que atiende me pregunta:
-¿No tenés cuarenta centavos?
Después de haber respondido que no, la empleada, con cara de resignación, rompe una pila de diez moneditas del tamaño de un ojal, y me da el vuelto.
Tengo la hipótesis de que los comerciantes no quieren perder ni un minuto del tiempo.
Por eso prefieren redondear los precios, o dar un caramelo por la moneda que sobra.
¿Qué pasaría si yo necesito veinte centavos para sacar una fotocopia? No quiero más que una fotocopia. ¿Tengo obligación de llevarme algo por el vuelto? La clientela no puede decir “te lo debo”… porque de eso vive el comerciante.
Pero el ser humano, es animal de costumbres… y esta situación se ha vuelto cotidiana y pasa casi desapercibida.
En el quiosco, en el súper, en el bar, en la mercería, en la librería…
Done su vuelto para Cáritas.
No hay monedas.
Abone con cambio.
Pregunte si hay cambio antes de pagar con cincuenta o cien pesos.
Colabore con monedas de cinco y diez centavos.
Esas son las sugerencias con las que nos encontramos cada vez que entramos con la ilusión de comprar.
Ya no se siente la melodía del chasquido cuando se chocan entre sí y los monederos se convirtieron en billeteras.
Lo cierto es que las monedas son un tesoro perdido que ya ni los quioscos tienen el privilegio de poseer.
Parece que estamos llegando al fin de la era del chanchito. Aquella típica alcancía con sabor a infancia, que solo se llenaba con los sueños de la niñez.
Luna.
Inconsciente Colectivo
Colectivo urbano. Ejemplo de diversidad si los hay.
Es notable la cantidad de culturas que se cruzan por casualidad, en esta tediosa máquina de seis ruedas.
Todos tan individuales, y todos tan “colectivos”.
Llevo casi dos años de viaje en ómnibus. Y recién ahora me atrevo a abrir mis oídos, y a dirigir mi mirada hacia otro lado que no sea la ventana maltratada, sintiendo cómo pasa el asfalto bajo mis pies.
Es fácil diferenciar varias “tribus colectivas”. Entre ellas:
Los “mp3”, que siempre llevan en su oído una cucaracha estrepitosa. Considero que no se enteran de nada de lo que pasa a su alrededor y están concentrados solo en esos ruidos que circulan por los cables delgados.
Los “viejos joviales”. Suben, pagan y cuando uno se levanta para cederles el asiento, te contestan mirándote de reojo, desde arriba, “no gracias, puedo ir parado”.
Los “reencontrados”, que por lo general tienen entre 20 y 30 años, y han sido compañeros de colegio o de algún trabajo pasajero. Hablan del embarazo de Fulana y del casamiento de Mengana. De sus hijos y de lo que les dan de comer. De la herencia de la abuela y del alquiler del departamento… Los “reencontrados” son una sutil mezcla de presente y pasado… Todo termina cuando uno de ellos baja una o dos paradas antes a las del otro.
Otro conjunto descomprimido del colectivo, es el de los “escolares”. Suben de a cuatro o cinco. Llevan uniformes y ocasionalmente, una carpeta tamaño rivadavia plagada de inscripciones.
Hablan de temas sin hilo conductor. Empiezan con la “prueba de historia” y terminan con la salida del sábado siguiente. Lo único que tienen en común es el monótono uniforme, que termina en mocasines negros… llenos de tierra.
Luego aparecen “los cordiales caballeros”. Ellos en realidad, no suben nunca… o al menos no me los he cruzado.
Los “agobiados”, jamás se encontrarán de pie. Al parecer crean un mecanismo protector mediante el cual se ven en el impedimento de levantarse de su asiento. Siempre están dormidos, pero nunca se pasarán de parada.
A veces me pregunto si los cordiales caballeros coinciden con los agobiados. Generalmente los agobiados pertenecen al género masculino.
Otra cuestión, es la cantidad de cosas que uno se entera viajando en colectivo, con el simple hecho de detenerse a leer los garabatos de su interior:
Entre otras cosas, supe que Vero es hincha de Belgrano. Que Pao está enamorada de Sergio. Que a Eve, le gusta la música de La Mona Jiménez. Que “La Negra y La Flaca” son amigas. Que barrio SEP manda, quién sabe sobre qué…
¿No es a caso el colectivo una fiel muestra de lo que somos?
En él, viajan el docente y el alumno.
El arquitecto y el albañil.
El universitario y el analfabeto.
El policía y el ladrón.
El empresario y el mendigo.
… Todos entrecruzados en el estrecho pasillo, sin percatarse del otro.
Ésa es nuestra cultura. Así somos. Antagónicos. Iguales y diferentes entre nosotros mismos.
El colectivo es el espejo de esta unidad.
Y allí estamos. Esperando en la misma fila. El mismo rumbo pero destinos totalmente distintos. Y eso somos.
Una triste mixtura de individuales y colectivos.
¿Irónico, no?
Luna
Es notable la cantidad de culturas que se cruzan por casualidad, en esta tediosa máquina de seis ruedas.
Todos tan individuales, y todos tan “colectivos”.
Llevo casi dos años de viaje en ómnibus. Y recién ahora me atrevo a abrir mis oídos, y a dirigir mi mirada hacia otro lado que no sea la ventana maltratada, sintiendo cómo pasa el asfalto bajo mis pies.
Es fácil diferenciar varias “tribus colectivas”. Entre ellas:
Los “mp3”, que siempre llevan en su oído una cucaracha estrepitosa. Considero que no se enteran de nada de lo que pasa a su alrededor y están concentrados solo en esos ruidos que circulan por los cables delgados.
Los “viejos joviales”. Suben, pagan y cuando uno se levanta para cederles el asiento, te contestan mirándote de reojo, desde arriba, “no gracias, puedo ir parado”.
Los “reencontrados”, que por lo general tienen entre 20 y 30 años, y han sido compañeros de colegio o de algún trabajo pasajero. Hablan del embarazo de Fulana y del casamiento de Mengana. De sus hijos y de lo que les dan de comer. De la herencia de la abuela y del alquiler del departamento… Los “reencontrados” son una sutil mezcla de presente y pasado… Todo termina cuando uno de ellos baja una o dos paradas antes a las del otro.
Otro conjunto descomprimido del colectivo, es el de los “escolares”. Suben de a cuatro o cinco. Llevan uniformes y ocasionalmente, una carpeta tamaño rivadavia plagada de inscripciones.
Hablan de temas sin hilo conductor. Empiezan con la “prueba de historia” y terminan con la salida del sábado siguiente. Lo único que tienen en común es el monótono uniforme, que termina en mocasines negros… llenos de tierra.
Luego aparecen “los cordiales caballeros”. Ellos en realidad, no suben nunca… o al menos no me los he cruzado.
Los “agobiados”, jamás se encontrarán de pie. Al parecer crean un mecanismo protector mediante el cual se ven en el impedimento de levantarse de su asiento. Siempre están dormidos, pero nunca se pasarán de parada.
A veces me pregunto si los cordiales caballeros coinciden con los agobiados. Generalmente los agobiados pertenecen al género masculino.
Otra cuestión, es la cantidad de cosas que uno se entera viajando en colectivo, con el simple hecho de detenerse a leer los garabatos de su interior:
Entre otras cosas, supe que Vero es hincha de Belgrano. Que Pao está enamorada de Sergio. Que a Eve, le gusta la música de La Mona Jiménez. Que “La Negra y La Flaca” son amigas. Que barrio SEP manda, quién sabe sobre qué…
¿No es a caso el colectivo una fiel muestra de lo que somos?
En él, viajan el docente y el alumno.
El arquitecto y el albañil.
El universitario y el analfabeto.
El policía y el ladrón.
El empresario y el mendigo.
… Todos entrecruzados en el estrecho pasillo, sin percatarse del otro.
Ésa es nuestra cultura. Así somos. Antagónicos. Iguales y diferentes entre nosotros mismos.
El colectivo es el espejo de esta unidad.
Y allí estamos. Esperando en la misma fila. El mismo rumbo pero destinos totalmente distintos. Y eso somos.
Una triste mixtura de individuales y colectivos.
¿Irónico, no?
Luna
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