lunes, 4 de julio de 2011

Sin título

Cuando las horas, apresuradas, no sepan hacia dónde ir;

Cuando la calma, silenciosa, abrume todos los sitios;

Cuando las luces, soberbias, oculten todas las sombras;

Allí estaré esperando tu pregunta,

para no darte una respuesta.

Allí estaré para inquietarte. Aún más.

Y seremos dos los ignorantes: Hasta que la muerte,

fría, blanca, inmóvil, nos encuentre cuestionándola.

@strellasalerno

viernes, 1 de julio de 2011

De Naranjas y Limones


Cada vez que me entrego a la desesperación y no soy capaz de escribir dos líneas, me doy cuenta de que no tengo por qué hacerlo, a menos que algo inesperado me suceda. Ésta es, quizás, la causa de estos renglones, que se niegan a salir de mi cabeza:
Es la primera vez que recibo un libro del propio autor. (No. En realidad es la segunda, pero el anterior venía de la mano de un político porteño, mezquino, que se aventuró a llenar páginas según su interés al corto plazo se lo dictó).
“A vos te tengo respeto”, le dije, cierto día, después de dos años de compartir las mismas cuatro paredes. Es que sus preguntas, sus comentarios, sus inquietudes siempre van más allá de lo que cualquier profesor estándar podría esperar. Ése es el problema: él no es estándar.
Esa primera conversación, se guardó para siempre en mi cerebro, y desde aquella vez, las charlas configuran más de tres oraciones que, según quien las escuche, pueden tener o no cierto sentido.
Se define a sí mismo como “un experimento cuyo resultado es forzosamente predecible”. Está loco y lo sabe. De predecible no tiene absolutamente nada. Dice que soy su única lectora, pero parece que el reinado se está acabando… su blog, a diferencia del mío, nació como un simple deber curricular, y se convirtió en una obra literaria del orden más perverso para los viejos lectores: el digital.
Sin embargo, cada prosa es una sorpresa, que, como diría mi viejo, “te la deja picando”.
Sabe que lo admiro, pero muy dentro suyo se debe reír cuando se me acaba el chamuyo, y no puedo responderle con la misma calidad con la que me habla. Sin embargo, atrás del groso, del escritor, del colega, está el amigo que reniega de las patéticas cenas familiares, y sueña con un viaje sin itinerario. Toca la guitarra, y- como yo- nada en contra del cardumen. “Escribe con la derecha, pero piensa con la izquierda”. Pasa desapercibido. Usa ropa de marca, y lo admite. Conoce a Dussel como a su hermano, y puede saltar de una conversación sobre política, a una descarada crítica a quien no le cae bien. Sin escalas.
Más que un amigo, creo que convivo con un Problema Mayúsculo. Y me encanta.

@strellasalerno

martes, 7 de junio de 2011

7 de junio: Día del Periodista

Tuve un sueño en blanco y negro. Había un soldado empedernido en medio de una guerra irreal. Sólo él era partícipe de las luchas. Sin aliento, corrió hacia donde estaba el Teniente General. Le recitó una lista con los muertos que sumó, otra con los civiles que capturó y otra, con los inocentes a los que señaló.
El Teniente, incrédulo, le pidió pruebas de lo que decía. El soldado contó los detalles de cada momento que enumeró y aunque su uniforme era un harapo y tenía huellas de trabajo meticuloso, el Teniente, no le creyó.
El soldado, que sin embargo resistió a la mirada soberbia del jefe, volvió al campo de batalla que, esta vez, no estaba desierto. Había otros cientos de soldados, idénticos a él, que buscaban algo. Quién sabe qué. Todos eran iguales, como si una serie de espejos se hubiesen convertido en muros.
El soldado, observó con desconfianza la situación pero no se detuvo con cuestionamientos. Siguió mirando a su alrededor, persiguiendo los rastros de lo que había hecho antes.
Luego de horas y horas de estar tras una pista que ya se había esfumado en el recuerdo, el soldado volvió con el Teniente. Pero ahora, antes que él, había una fila interminable de perfecta simetría.
Los soldados que lo precedían, salían con los rostros satisfechos de aquella oficina. Quizás sintiendo que el Teniente, oyó lo que deseaba.
Cuando llegó el turno del soldado, el Teniente denotaba cansancio en su postura. Antes de empezar a hablar, el jerárquico se anticipó y dijo:
-Soldado, sus compañeros ya trajeron lo que le pedí a usted. Espero que haya vuelto con una novedad.
En ese momento, el sueño se volvió una nebulosa, y desperté sin entender demasiado. La radio anunciaba mi nueva jornada:
- “Un hombre muere acribillado en la puerta de su casa, confirmó el jefe de la Policía de la Provincia. Vea las imágenes en www.nuestraradio.com”.
Entonces descubrí, que mi sueño era un mensaje de mi inconsciente, y el blanco y negro de las imágenes que mi cabeza inventó, se tiñó de amarillo apenas regresé de mi sopor.
Entendí que soy soldado de mi propia guerra, y el Teniente espera, hambriento, una voz más importante que la mía. Y en esta lucha invisible que todos ignoran, hay miles y miles de soldados igualitos, que automatizan cada uno de sus movimientos para que el Teniente se sienta satisfecho. Aunque el campo de batalla esté vacío, la competencia se filtra por los poros, la palabra es el arma más poderosa, y el canibalismo periodístico es más fuerte que cualquier cañón.
¡Feliz día, sodados y tenientes! Brindo por todos aquellos que se ponen al hombro la profesión. Para que el periodismo siga siendo “el oficio más hermoso del mundo”.

@strellasalerno

lunes, 18 de abril de 2011

Reality


Todos entran con la misma promesa: ganarse al público pasivo, y quedarse con el premio mayor.
En primeros términos no hay enemigos. Cada quien arma su estrategia de la manera más conveniente de acuerdo a la situación. De este lado, no queda más que sentarse a esperar que el juego adquiera adrenalina. Al principio, todas son caras bonitas.
Dicen que soy parte, pero apenas me siento una tercera persona que cree que está observándolo todo. Hay un líder al que algunos atrevidos ya le atribuyen la gloria.
El paso del tiempo es clave, y las imágenes menos significantes irán desapareciendo de la escena. No obstante continuarán teniendo voz y voto hasta el veredicto final. Quizás, no tienen nada interesante que ofrecerle al pobre tipo esperanzado que los mira a través de la pantalla. Así, se ocupan en descalificar a los que aún se encuentran en la cruda disputa.
Los medios mienten y con imprudente cinismo alegan imparcialidad: cambian el protagonista de la competencia según les parece, y yo me encuentro cruzando de una vereda a la otra sin saber qué elegir. Sin ruta. Ambos me parecen interesantes. Sin embargo, no quiero ir en contra de mi primera convicción. A continuación, aparece en el acto un personaje inesperado, que le hará temblar los cimientos al cabecilla del grupo.
Cada fanático con su pancarta espera ser reconocido con algún comentario inútil, para gritar algo improductivo (quizás con el afán de sentirse una pieza importante en esta hipocresía que parece estar desarmada). El frenesí es pasajero, y durará hasta que el juego se repita, con otros nombres y destrezas que aún no imaginamos.
El día del show las cámaras sólo enfocan la pulcritud de una esquina, y atrás queda la mugre del día a día. Cara a cara, todos resaltan las miserias de los otros, o se halagan entre sí. Algunos miran a las cámaras y hacen guiños, tratando de buscar complicidad. Otros, simplemente miran la punta de sus zapatos. Por supuesto: todos peinados y exageradamente maquillados.
Algunos cobardes, incompetentes abandonan la partida, por temor a la derrota. Otros se van y vuelven para cambiar el discurso o limarle las asperezas, según el público lo necesite.
La carrera ya está en marcha, y del gran número del principio, sólo quedarán unos pocos (que entran en los dedos de una mano). Parece que habrá que elegir entre varios, pero en realidad sólo serán dos (ya sabemos quiénes) los que lleven la contienda. Frente a las cámaras se felicitarán, pero después festejarán o llorarán desde el egoísmo. Perder es feo, pero salir segundo es mucho peor.
La competencia es sucia y descarada. Las miserias humanas salen a la luz a lo largo del proceso. Las pasiones se reprimen. Se muestra el sexo, se oculta el baño. Sin embargo yo sigo ahí atrás, tratando de interpretar la realidad virtual. Violencia, ironía, maldad, alianzas y desalianzas, envidia, miedo, egoísmo, soberbia, interés. Todo vale. Como en la guerra y en el amor.
Señores: La campaña electoral del 2011 ya comenzó.

@strellasalerno

Los Nadies. Eduardo Galeano.

miércoles, 13 de abril de 2011

Cruzada de una madre contra la droga

Lucas Monjo tenía 35 años la última mañana en que vio la luz del sol. Salió a trabajar, pero nunca regresó. Lo encontraron muerto en la vereda de un vecino, en barrio Poeta Lugones. La asesina fue lenta y despiadada: la cocaína tardó 18 años en robarle la vida.

A Camucha, la madre de Lucas, se le opacó la mirada. “La sustancia le anestesió los sentimientos y la voluntad. No fue fácil llegar a él. Yo no sabía lo que le pasaba, aunque me di cuenta de que algo en él había cambiado”, dice la mujer mientras mira las fotos y una lágrima le dibuja un surco en la mejilla. Está llena de preguntas, pero cree que las respuestas aparecen cuando menos se buscan.

Ya pasaron cinco años desde aquella pérdida que se llevó parte de su entelequia.

Camucha recuerda cuando le planteó a su esposo que Lucas ya no era el mismo. La ignoraron. Trataron de justificar las actitudes de Lucas diciendo que era parte de la etapa adolescente. El chico, que apenas tenía 17 años, negaba la adicción. Todos la negaban.

Al rededor de los 20 años, Lucas se fue a vivir con la novia. El padre le dejó a cargo un negocio de aeromodelismo, que fundió a los pocos días. Luego de casi tres años de convivir con la chica, a quien también incitaba a consumir, ella le puso freno a la relación y Lucas volvió a su hogar. Recién en ese momento aceptó que necesitaba ayuda, y que la droga ya había cambiado el rumbo de su vida. A los 21 aceptó que consumía cocaína.

Estuvo en una granja en La Cumbre un año internado. Salió de ahí, pero no hubo más seguimiento por parte del organismo. “La salvación” duró cuatro años más, hasta que volvió a las viejas amistades. Antes habíamos estado en La Casa del Joven, en el programa Cambio. Pero él era manipulador, y nos decía que los profesionales no servían”.

Sin embargo, la familia vivió seis años aturdida por la indiferencia. “La madre siente que algo está pasando. Me invadieron los miedos, pero supe que ése no era el hijo que yo parí. Nos dirán locas, pero nosotras vemos por el útero, porque somos las que contenemos la vida”, sostiene.

En su voz, ya había algunas grietas que no la dejaban hablar. No obstante, se superó a sí misma para seguir contando la historia que le dio una nueva misión a su vida: “No más Lucas”.




“Yo era una persona muy vital, muy alegre. Nunca me detuve a pensar si le transmitía esa vitalidad a mis hijos. Yo amaba la vida, pero jamás pensé que había que decirlo. Creí que alcanzaba con las cosas simples: cantar, bailar, hacer de comer. Pero, algo debo haber hecho mal”, reflexiona, y una sonrisa nostálgica se imprime en su rostro.

La mujer, de pelo largo y gris, cree que no se pasa por el dolor sin haber aprendido algo. Se define a sí misma como “rebelde”. Jamás fue sumisa. Traía conflictos su forma de ser. Fue libre, aunque para las miradas ajenas y ortodoxas, fue libertina, transgresora tal vez.

Sin embargo, Camucha no se siente “culpable”. “La culpa paraliza. Yo no estoy paralizada. Estoy dolorida”. Prefiere reemplazar la palabra culpa por responsabilidad. El dolor le permite no naufragar en el olvido y hacer algo por los miles y miles de chicos a quienes las drogas le muerden, cual termitas, la esencia.

No más Lucas

Actualmente, trabaja en “La Luciérnaga”, la revista cordobesa que ayuda a chicos en situación de calle. Su trabajo consiste en disertar en conferencias y convocatorias para ponerle fin al flagelo de las drogas. Antes de ello, participó en el programa Cambio, que también fue un pilar de ayuda para su hijo.

Entiende que la muerte de Lucas no fue en vano, sino que es un puntapié para hacer algo, para concientizar. Pero necesita el apoyo de una sociedad ciega, sorda y muda. Una sociedad que le da la espalda a lo que cada vez toma más forma. Una sociedad que alimenta a un monstruo inmensurable y que sólo mata a los más débiles (debilidad nada tiene que ver con “situación económica”).

“Desde la muerte de Lucas, e incluso antes, pasé por cosas terribles. Muchas veces me persiguió la idea del suicidio. Si me preguntan cómo hice para superarlo, no lo sé. Siempre amé la vida. A veces sentía que vivir no tenía sentido y, sin embargo, muy dentro mío, no quería suicidarme”.

Camucha recurre a un libro, que alguna vez leyó, para referirse a los sentimientos que la invadían. “Me había equipado de una armadura y no me permitía sentir nada”, admite.

En poco tiempo, se convirtió en “co-dependiente” de Lucas. Tenía sus síntomas sin consumir. Había adormecido momentáneamente sus emociones, lo que no le permitía sensibilizarse ante ninguna situación. Sin embargo, luego de estar sumergida en la tristeza, entendió que no debía perderse la vida y que, quizás, su voz podría representar a aquellos que no tienen posibilidades de hablar.

tr“Los chicos piden ayuda de muchas formas. Lucas robaba. Yo le tenía que pedir a mis amigas que, cuando vinieran, cuidaran las carteras. De alguna manera eso es un grito de auxilio”. Dos meses antes de su muerte Lucas había escrito una carta, tal vez premonitoria.

El drogadicto no solamente se autodestruye, sino que también destruye a todo lo que está a su alrededor. Son muchas las familias que desequilibran su núcleo a causa de que en ella hay un consumidor. Camucha, que no puede ponerle fin a la angustia, sabe que la muerte de Lucas ha puesto en jaque las dudas de innumerables personas que conviven con la adicción bajo el techo. Le puso un rostro al progresivo fenómeno que todos prefieren evadir.

Camucha, que lleva tatuado en la garganta el nombre de su hijo, que no cree en el destino, pero tampoco en las casualidades, que mira las fotos y las cuenta en presente, que aún pide por Lucas para salvar a tantos otros Lucas, concluye, tras un imperioso silencio: “Lucas se llevó mi velo. A través de su muerte pude ver otras cosas, a las que antes me negaba”.

lunes, 7 de marzo de 2011

Sólo por hoy


“Tengo que poder”. Esa es la frase con la que decido empezar este raro lunes de marzo. La humedad es insoportable, y todo está muerto de la vereda para afuera. Odio los domingos, y parece que el día de ayer se hubiese extendido veinticuatro horas más.
Vivo, al igual que otros argentinos, en un clima antagónico y desesperante. El canal oficial pregona una alegría que no percibo. No sé qué pasa, pero siento que me pierdo de algo si sigo frente a esta máquina tratando de parir un par de líneas enfermas. Dicen que hoy es carnaval. Así lo dispuso la Presidenta un par de meses atrás. Yo, mientras tanto, tengo el espíritu en blanco y negro. Ni siquiera sé qué es lo que se festeja. Antes de la última dictadura militar, el carnaval era feriado (como ahora). Pero resulta que yo nací en democracia, y traigo conmigo ese bicho congénito que es la falta de memoria. Mis viejos tampoco se acuerdan de qué se trataba. En la niñez, asociaba al carnaval con un par de ridículos disfrazados con plumas sintéticas y pedacitos de espejos, que se dispersaban por las calles en busca de monedas dolarizadas, haciendo ruido con un silbato chillón. En esa época, los quioscos ponían a la venta unos globos de colores que se inflaban con agua para convertirse en un juego invaluable. Detesto el azúcar con que otros miran hacia atrás, pero no puedo evitar hacerlo. Hoy solamente sé que los chicos no van a la escuela, que los bancos están cerrados, que los municipales se tomaron el fin de semana, que los teatros de revista volvieron a llenarse, que en los hoteles no hay lugar disponible y que no transmiten las telenovelas de la noche.
Es una rara locura, pero tengo que poder. Tengo que poder acostumbrarme a que no todo es conmemoración. Tengo que poder salir a la calle y respirar el clima del carnaval. Tengo que poder entender que la infancia necesita nuevas esperanzas. Tengo que poder creer que esto sirve para algo. Tengo que poder terminar de escribir lo que no puedo decir. Tengo que poder teñir con otros colores a mi viejo almanaque “verde militar”.
Hoy, y solamente hoy, siento que la exuberante cubana de la salsa, tenía razón. Al fin y al cabo, la vida es un carnaval.

@strellasalerno