Soy una más de ese montón de bohemios que tienen el afán de explicarle al mundo que son las palabras su único eje de rotación.
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sábado, 22 de febrero de 2014
Eva
Córdoba pesa. Pesa, porque el gris de febrero tiende a ser una carga para quienes transitan, entre peatonal y peatonal, con el verano en las espaldas y el invierno en la cabeza.
Martes. Lluvioso. Fresco. Molesto.
Eva camina con la esperanza de llegar a alguna parte, como si la suerte hablase con la voz ronca de los porteros eléctricos. Como si la puerta de un viejo edificio de la calle Bolívar fuese la entrada a la espina dorsal del futuro. Eva no es nadie. Tiene los sueños suspendidos y febrero le ha mojado las alas. Ya no vuela como en los tiempos de la universidad. La utopía de aquellos años se le hizo trizas contra el suelo el día en que le dieron el diploma. Ahora, la lluvia carece de la magia blanca que antes le servía. Ya no le lava las culpas, ni le perfuma la piel. Es sólo un imprevisto de mal gusto. Un parásito para los días de peluquería. Una maleza para las pocas pilchas colgadas en el balcón.
Cuanto más tiempo pasa, menos días le quedan para cumplir los protocolos. Lo sabe, y ya no tiene ganas de diagramar revoluciones y ser la líder de guerrillas fugaces. Ya no le cree al diario, ni a la tele, ni al taxista. Se ha hecho hacedora de sus propias verdades.
Seis de la tarde. El bar de siempre. Cortado en jarrito. Un libro de Galeano.
La lluvia estampa perlas en el vidrio. Del otro lado, una vieja rezonga tras tropezar con una paloma medio enferma.
Eva ha entendido que sólo las putas y los traidores logran sus objetivos en el corto plazo, pero ya no le preocupa. No ha nacido para ninguna de las dos virtudes.
Aprendió que los negros no son negros porque quieren, sino porque los blancos lo deciden. Tiene el academicismo furtivo de un debate de café y no le tiembla la voz para defenderse de los incoherentes devenidos en sabios.
Cambió las zapatillas de lona por un par de tacos, no tan altos. Lo suficiente como para ser bien atendida por las empleadas de los negocios de ropa de la San Martín.
Ya no le duele tanto la muerte, ni compra las palabras rosadas de los chamuyeros de salón. Pregunta por cortesía, pero olvida las respuestas. Responde con elegancia, pero elude las preguntas. Nadie lo ha notado, salvo la Eva que era antes de estrellarse con el aire impuro de una ciudad que no registra a ninguna de las dos.
Anochece. Las calles son el espejo del alumbrado público. Febrero se debilita en el almanaque. Lluvia. Luna. Lluvia.
Eva cierra los círculos. Los abre. Se pone afuera. Las paredes ya no la protegen. Los años la encorvan hacia la tierra. El cielo le queda más lejos que al principio. Más lejos que cuando tenía dieciocho años y era su única dueña. Las nubes le son un obstáculo y las odia por eso. Ya no tienen forma de tigres, ni de indias, ni de bicicletas. Son sólo el escenario de un rayo que arde por un instante los suburbios. Cree que si los finales fuesen felices, no serían finales. El pensamiento, como los libros, se arruina bajo el agua. Y aunque puedan volver a utilizarse, no vale la pena correr el riesgo y andar por ahí con las ideas húmedas e inentendibles. Entendió que se había hecho adulta el día en que compró su primer paraguas.
@strellasalerno
jueves, 7 de junio de 2012
Azares
Soñé un colectivo sin gloria
que usaba una máscara
y ocultaba la vergüenza.
Con siete años de cargos inventados,
decir "racha" es poner una excusa.
Aún no logro reducir los secuestros
a crónicas rojas de amor y venganza.
Desperté y un cancionero
me explicó que no soñaba.
Me consuela que algo queda,
aún cuando el mundo hubiese ensordecido.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Cuestión de modales
Ningún sol era capaz de entibiar las peatonales. La ciudad
parecía acunada por la música solemne. Estaba
cautiva del sonido, como un marinero en naufragio atraído por el canto de alguna sirena
perversa. Los oídos eran el metal débil del cuerpo, que se dejaba poseer por
los imanes de las armonías suspendidas
en el aire.
Un día cualquiera no se me hubiese ocurrido semejante locura. Pero el frío me condenó a la decisión absurda del ingreso. Entré, y el lugar pareció desprenderse del suelo y la ciudad quedó abajo, muy abajo, lejos de las incoherencias mundanas. Quizás la ciudad levitó, y lo que quedó en la profundidad fue ese antro de balcones impolutos.
El silencio adormeció mis sentidos, y desde entonces perdí la capacidad de discernir.
No supe si lo que mis ojos acaparaban era enorme o insignificante. La noción de la estética pareció anestesiarse en mi interior. Cada parpadeo fue una discusión fugaz entre lo bello y lo horrible.
La paz sonaba como golpes redondos dentro de mí: paz, paz, paz. El ritmo regular del monosílabo generaba un eco perturbador.
Los latidos del tiempo se atenuaban como un corazón muriendo, y los minutos se apagaban con lentitud. En ese lugar, luz y oscuridad son más que antónimos vacíos, aunque no puedo saber si ese agujero era claro u oscuro.
“Al inmolarse murió por única vez, y cuando murió vivió para siempre”.
Yo hubiese dado un aplauso. Pero el rebaño, adiestrado, respondió “amén”.
El cura siguió con lo suyo.
Yo, más fría de lo que entré, me hice la señal de la cruz y me fui. No vayan a pensar que soy una maleducada.
@strellasalerno
Un día cualquiera no se me hubiese ocurrido semejante locura. Pero el frío me condenó a la decisión absurda del ingreso. Entré, y el lugar pareció desprenderse del suelo y la ciudad quedó abajo, muy abajo, lejos de las incoherencias mundanas. Quizás la ciudad levitó, y lo que quedó en la profundidad fue ese antro de balcones impolutos.
El silencio adormeció mis sentidos, y desde entonces perdí la capacidad de discernir.
No supe si lo que mis ojos acaparaban era enorme o insignificante. La noción de la estética pareció anestesiarse en mi interior. Cada parpadeo fue una discusión fugaz entre lo bello y lo horrible.
La paz sonaba como golpes redondos dentro de mí: paz, paz, paz. El ritmo regular del monosílabo generaba un eco perturbador.
Los latidos del tiempo se atenuaban como un corazón muriendo, y los minutos se apagaban con lentitud. En ese lugar, luz y oscuridad son más que antónimos vacíos, aunque no puedo saber si ese agujero era claro u oscuro.
“Al inmolarse murió por única vez, y cuando murió vivió para siempre”.
Yo hubiese dado un aplauso. Pero el rebaño, adiestrado, respondió “amén”.
El cura siguió con lo suyo.
Yo, más fría de lo que entré, me hice la señal de la cruz y me fui. No vayan a pensar que soy una maleducada.
@strellasalerno
viernes, 13 de abril de 2012
Reflexiones
“En el matrimonio el amor llega cuando ambos cónyuges han acabado por odiarse ferozmente”- Oscar Wilde.
____________
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Veinticinco años. Miro las fotos y lo único que logro es refrescar las caras de todos los muertos a cuyos velorios lo tuve que acompañar.
Daniel está igual. El traje le sigue entrando y el pobre no se da cuenta de que pasó de moda.
¡Mirá lo que era yo! Flaca, joven ¿A dónde habré dejado esa cintura? Me pregunto si mi cuñada todavía conserva las cortinas que se hizo con la tela de mi vestido. Caradura.
Pensar que mi mamá me lo decía: “Aspirá más alto, nena. Ese muchacho no es para vos. No te llega ni a los talones”. Y ahí fui. No me importó nada.
Después me arrepentí. Desde ese día mi matrimonio ha estado plagado de idas y vueltas.
Yo pensé que cuando nacieran los chicos Daniel iba a cambiar, pero me equivoqué.
Siempre se ha dejado ganar por las pequeñeces de la rutina: el trabajo, la madre, los impuestos.
Ya no tiene la mirada de ésta foto y no se le dilatan las pupilas como cuando me invitaba a los bailes del club.
Cada vez que llega, le tengo que escuchar la cantaleta, que es la misma desde que tengo memoria. Me mira poco y nada; y cuando lo hace, parece que encontrara en mi cara el libro en blanco para todas sus quejas. Lo odio. Me dan ganas de mandarlo a la cueva de la que vino, a ver si se las puede arreglar sin mí.
Me paso toda la mañana pensando en cómo tratarlo cuando llegue. Pero, a pesar de la monotonía de los días, siempre termino improvisando una conversación.
Seamos realistas: Viéndolo bien él tampoco es el mismo de ese día.
Siento que el paso del tiempo nos ha despojado de nuestra libertad. Estamos condenados a querernos y a hacer todas esas cosas que el cura enumeró, y que sólo tienen sentido en las películas de finales predecibles: salud y enfermedad; riqueza y pobreza; prosperidad y adversidad. El guión estaba escrito, y nosotros le pusimos el alma a un amor de recetas.
Él ya no se ve con los amigos y yo ni me esmero en hacer esas cosas que me hacían escapar.
La rutina nos atrapa y no tener de qué hablar nos sentencia a las peleas.
Más de una vez hemos bajado a todos nuestros muertos, y la noche nos ha encontrado separados por una almohada disfrazada de frontera.
Los chicos ya ni se meten a tomar postura, porque no tiene sentido. La indiferencia nunca nos ha ganado más de dos o tres batallas.
Se lo advertí el primer día: “Me ponés una mano encima y no me ves nunca más”. No sé si funcionó la amenaza, pero nunca me ha tocado un pelo.
Somos como dos chicos peleando hasta el hartazgo, y cuando llegamos al punto cúlmine y ya nos humillamos en todos los tamaños, olvidamos el camino que nos llevó hasta ahí.
El día de esta foto, yo tenía veintidós años y él, treinta. Así que tengo más vida con él que con mis padres. No quiero que piensen que estoy loca, pero la bruja me lo advirtió: “Tu vida tiene más futuro que pasado”. No sé si fue una cuestión de horóscopos. No sé si los astros influyeron. Ni siquiera voy a poder descubrir si esa supuesta alineación de planetas existió alguna vez.
Pero estoy convencida de que Daniel me ama tanto como el día de esta foto. La diferencia es que ahora nuestra pieza dejó de ser el rincón de la lujuria para convertirse en un espacio espiritual. Nos hemos construido el uno al otro. El tiempo nos ha creado a la perfección. A esta altura el silencio es mejor que mil excusas.
Sí. No puedo equivocarme. Somos los mismos de esta foto. Pero en movimiento. Y en colores.
@strellasalerno
Daniel está igual. El traje le sigue entrando y el pobre no se da cuenta de que pasó de moda.
¡Mirá lo que era yo! Flaca, joven ¿A dónde habré dejado esa cintura? Me pregunto si mi cuñada todavía conserva las cortinas que se hizo con la tela de mi vestido. Caradura.
Pensar que mi mamá me lo decía: “Aspirá más alto, nena. Ese muchacho no es para vos. No te llega ni a los talones”. Y ahí fui. No me importó nada.
Después me arrepentí. Desde ese día mi matrimonio ha estado plagado de idas y vueltas.
Yo pensé que cuando nacieran los chicos Daniel iba a cambiar, pero me equivoqué.
Siempre se ha dejado ganar por las pequeñeces de la rutina: el trabajo, la madre, los impuestos.
Ya no tiene la mirada de ésta foto y no se le dilatan las pupilas como cuando me invitaba a los bailes del club.
Cada vez que llega, le tengo que escuchar la cantaleta, que es la misma desde que tengo memoria. Me mira poco y nada; y cuando lo hace, parece que encontrara en mi cara el libro en blanco para todas sus quejas. Lo odio. Me dan ganas de mandarlo a la cueva de la que vino, a ver si se las puede arreglar sin mí.
Me paso toda la mañana pensando en cómo tratarlo cuando llegue. Pero, a pesar de la monotonía de los días, siempre termino improvisando una conversación.
Seamos realistas: Viéndolo bien él tampoco es el mismo de ese día.
Siento que el paso del tiempo nos ha despojado de nuestra libertad. Estamos condenados a querernos y a hacer todas esas cosas que el cura enumeró, y que sólo tienen sentido en las películas de finales predecibles: salud y enfermedad; riqueza y pobreza; prosperidad y adversidad. El guión estaba escrito, y nosotros le pusimos el alma a un amor de recetas.
Él ya no se ve con los amigos y yo ni me esmero en hacer esas cosas que me hacían escapar.
La rutina nos atrapa y no tener de qué hablar nos sentencia a las peleas.
Más de una vez hemos bajado a todos nuestros muertos, y la noche nos ha encontrado separados por una almohada disfrazada de frontera.
Los chicos ya ni se meten a tomar postura, porque no tiene sentido. La indiferencia nunca nos ha ganado más de dos o tres batallas.
Se lo advertí el primer día: “Me ponés una mano encima y no me ves nunca más”. No sé si funcionó la amenaza, pero nunca me ha tocado un pelo.
Somos como dos chicos peleando hasta el hartazgo, y cuando llegamos al punto cúlmine y ya nos humillamos en todos los tamaños, olvidamos el camino que nos llevó hasta ahí.
El día de esta foto, yo tenía veintidós años y él, treinta. Así que tengo más vida con él que con mis padres. No quiero que piensen que estoy loca, pero la bruja me lo advirtió: “Tu vida tiene más futuro que pasado”. No sé si fue una cuestión de horóscopos. No sé si los astros influyeron. Ni siquiera voy a poder descubrir si esa supuesta alineación de planetas existió alguna vez.
Pero estoy convencida de que Daniel me ama tanto como el día de esta foto. La diferencia es que ahora nuestra pieza dejó de ser el rincón de la lujuria para convertirse en un espacio espiritual. Nos hemos construido el uno al otro. El tiempo nos ha creado a la perfección. A esta altura el silencio es mejor que mil excusas.
Sí. No puedo equivocarme. Somos los mismos de esta foto. Pero en movimiento. Y en colores.
@strellasalerno
viernes, 6 de abril de 2012
Piedra Libre
Treintaisiete, treintaiocho, treintainueve, ¡cuarenta! Punto y coma, el que no se escondió se embroma…
Puedo recordarlo como si acabara de pasar. No terminé de decir el conjuro, y la vereda quedó áspera de tanta soledad.
El olfato no me fallaba. Sabía exactamente dónde estaban cada uno de los pibes que se burlaban de mi manera coja de correr.
Los lugares no cambiaban, a pesar de que ellos se esforzaban por la búsqueda de un agujero inimaginable. El fitito de Don Julio tapaba la redondez del gordo Mario. El siempreverde viejo, del viejo del quiosco, le guardaba los secretos a Carlitos, aunque para esa época la falta de hojas lo delataba en las sombras. El porche de la casa abandonada, al lado de la verdulería, le servía a Federico a veces para esconderse, otras para llevar a alguna chica del colegio y tratar de conquistarla con chicles de cinco centavos.
No puedo evitar el cosquilleo absurdo de sentir en el aire la adrenalina del ¡piedra libre para todos los compas! Camino por lo que ahora es la cuadra de mi oficina, me veo pelado, panzón y envuelto en un traje que me molesta más que los mocasines de la escuela de curas a la que fui. No puedo creerlo. La verdulería y la casa abandonada son ahora un edificio de diez pisos, que reflejan el cielo por los vidrios espejados de las ventanas. El quiosco mutó en un cyber, y los hijos de Don Julio convirtieron la casa en tres departamentos en alquiler.
A veces no quiero mirar. Alguien castigó al siempreverde. Lo talaron al ras por la causa injusta de querer divertirse y ponerle la traba a alguna vieja con sus raíces, más viejas que la vieja.
La casa de mi abuela también quedó guardada en el baúl de las fotos, y aunque me hago el pelotudo, el corazón me late más fuerte cuando paso por ahí. A mis tíos les importó un carajo el valor sentimental de las paredes, y la vendieron porque el terreno tenía doble salida. Ahora, la playa de estacionamiento factura por día más de lo que mi abuelo podía ganar en meses.
Pienso y camino. Y el trayecto es una eternidad hasta la cárcel que me tendrá atrapado ocho horas, bajo luces incandescentes y artificial aire fresco.
Cierro los ojos porque ya me sé de memoria los pasos que tengo que hacer. Huele a chocolatada en el viento. Hay aromas que no puedo quitarme de la memoria.
¡A tomar la leche! Y Carlitos salta como un gato del árbol. El gordo asoma atrás del auto y Federico, bueno… abandona la cueva con la frustración del escondite descubierto.
La casa de mi abuela era el refugio de los hambrientos. Ninguna riqueza del mundo era comparable con las tostadas con picadillo que servía para merendar.
Sus respuestas cómplices me daban calma cuando mamá preguntaba si me había lavado las manos o había hecho los deberes. El domingo me encontraba dormido en su regazo, transportado por quién sabe qué fuerza hasta ahí.
Sigo caminando y la puerta eléctrica ya es un paisaje inminente frente a mí. Suspiro y el calor de un hogar extinguido me ahoga desde adentro. Pero ahora vuelvo a ponerme la máscara que protege al rengo que no podía correr. Dejo atrás la simpleza de lo que fui, y el nudo en la garganta se sella por una corbata que no quiere ceder.
A veces me pregunto cómo hice para sobrevivir en esta selva de olvidadizos, que devinieron en jefes y viejos conocidos.
Entro al edificio, evitando los espejos del ascensor, que me devuelven una imagen que no me interesa. Veo los papeles y quiero volver a contar hasta cuarenta para que el mundo se esfume. No. Mejor no. Quiero ser el que se esconda del mundo en algún rincón secreto. El que no se embrome por la audaz hazaña de desaparecer. El que grite ¡piedra libre! cuando tenga ganas. El que tenga el poder de liberar a los compas de las ataduras cotidianas, señalar a otro y que el juego vuelva a empezar.
@strellasalerno
Puedo recordarlo como si acabara de pasar. No terminé de decir el conjuro, y la vereda quedó áspera de tanta soledad.
El olfato no me fallaba. Sabía exactamente dónde estaban cada uno de los pibes que se burlaban de mi manera coja de correr.
Los lugares no cambiaban, a pesar de que ellos se esforzaban por la búsqueda de un agujero inimaginable. El fitito de Don Julio tapaba la redondez del gordo Mario. El siempreverde viejo, del viejo del quiosco, le guardaba los secretos a Carlitos, aunque para esa época la falta de hojas lo delataba en las sombras. El porche de la casa abandonada, al lado de la verdulería, le servía a Federico a veces para esconderse, otras para llevar a alguna chica del colegio y tratar de conquistarla con chicles de cinco centavos.
No puedo evitar el cosquilleo absurdo de sentir en el aire la adrenalina del ¡piedra libre para todos los compas! Camino por lo que ahora es la cuadra de mi oficina, me veo pelado, panzón y envuelto en un traje que me molesta más que los mocasines de la escuela de curas a la que fui. No puedo creerlo. La verdulería y la casa abandonada son ahora un edificio de diez pisos, que reflejan el cielo por los vidrios espejados de las ventanas. El quiosco mutó en un cyber, y los hijos de Don Julio convirtieron la casa en tres departamentos en alquiler.
A veces no quiero mirar. Alguien castigó al siempreverde. Lo talaron al ras por la causa injusta de querer divertirse y ponerle la traba a alguna vieja con sus raíces, más viejas que la vieja.
La casa de mi abuela también quedó guardada en el baúl de las fotos, y aunque me hago el pelotudo, el corazón me late más fuerte cuando paso por ahí. A mis tíos les importó un carajo el valor sentimental de las paredes, y la vendieron porque el terreno tenía doble salida. Ahora, la playa de estacionamiento factura por día más de lo que mi abuelo podía ganar en meses.
Pienso y camino. Y el trayecto es una eternidad hasta la cárcel que me tendrá atrapado ocho horas, bajo luces incandescentes y artificial aire fresco.
Cierro los ojos porque ya me sé de memoria los pasos que tengo que hacer. Huele a chocolatada en el viento. Hay aromas que no puedo quitarme de la memoria.
¡A tomar la leche! Y Carlitos salta como un gato del árbol. El gordo asoma atrás del auto y Federico, bueno… abandona la cueva con la frustración del escondite descubierto.
La casa de mi abuela era el refugio de los hambrientos. Ninguna riqueza del mundo era comparable con las tostadas con picadillo que servía para merendar.
Sus respuestas cómplices me daban calma cuando mamá preguntaba si me había lavado las manos o había hecho los deberes. El domingo me encontraba dormido en su regazo, transportado por quién sabe qué fuerza hasta ahí.
Sigo caminando y la puerta eléctrica ya es un paisaje inminente frente a mí. Suspiro y el calor de un hogar extinguido me ahoga desde adentro. Pero ahora vuelvo a ponerme la máscara que protege al rengo que no podía correr. Dejo atrás la simpleza de lo que fui, y el nudo en la garganta se sella por una corbata que no quiere ceder.
A veces me pregunto cómo hice para sobrevivir en esta selva de olvidadizos, que devinieron en jefes y viejos conocidos.
Entro al edificio, evitando los espejos del ascensor, que me devuelven una imagen que no me interesa. Veo los papeles y quiero volver a contar hasta cuarenta para que el mundo se esfume. No. Mejor no. Quiero ser el que se esconda del mundo en algún rincón secreto. El que no se embrome por la audaz hazaña de desaparecer. El que grite ¡piedra libre! cuando tenga ganas. El que tenga el poder de liberar a los compas de las ataduras cotidianas, señalar a otro y que el juego vuelva a empezar.
@strellasalerno
miércoles, 4 de abril de 2012
Uno
El hombre llegó cansado
con desamor colgando en los ojos.
Tiró la llave,
soltó la vida.
Ella intentó hablarle.
Él se aferró al silencio.
Se miraron. Se conocieron.
No tenían más que hacer.
Agotaron los días de rutina.
Sentados de frente
se durmieron para siempre.
@strellasalerno
con desamor colgando en los ojos.
Tiró la llave,
soltó la vida.
Ella intentó hablarle.
Él se aferró al silencio.
Se miraron. Se conocieron.
No tenían más que hacer.
Agotaron los días de rutina.
Sentados de frente
se durmieron para siempre.
@strellasalerno
La muerte de la semana
El silencio le golpeaba los oídos.
La mujer, flaca y de piel venosa, caminaba perdida en sus propios pasillos.
El sopor de una tarde desierta era el escenario indicado para esos suicidios que mueren en el vacío de la crónica roja.
La paz la desbordó y se dispuso a dibujar el punto final. Pero bastó con mirarse al espejo. Sus ojos se hicieron de agua, y la luz le reflejó arcoíris en el rostro. Entendió que no valía la pena.
Después del domingo seguía el lunes. Y tendría otros seis días para pensar cómo morir.
La mujer, flaca y de piel venosa, caminaba perdida en sus propios pasillos.
El sopor de una tarde desierta era el escenario indicado para esos suicidios que mueren en el vacío de la crónica roja.
La paz la desbordó y se dispuso a dibujar el punto final. Pero bastó con mirarse al espejo. Sus ojos se hicieron de agua, y la luz le reflejó arcoíris en el rostro. Entendió que no valía la pena.
Después del domingo seguía el lunes. Y tendría otros seis días para pensar cómo morir.
martes, 27 de diciembre de 2011
Asesinar no es lo que mejor me sale
Cuando desperté la vi inmóvil al pie de mi cama. Tiesa.
Brillante. Tersa de tanta sonrisa modelada. Qué espanto.
Di dos parpadeos intencionales y por momentos quise que todo fuese una pesadilla. Lo intenté en vano. Sus ojos azules parecían mirarme desde el otro extremo. Vacíos. Muertos.
No sé por qué razón mi madre estaba tan feliz. La rubia, escultural y perfecta como siempre, yacía a poquitos centímetros de mí. Esbelta. Sexy. Puta.
Me levanté como pude del susto. Me hice la valiente. El morbo fue más fuerte que yo. Procedí.
Mi mamá me pedía que no le arruinara el pelo. Que lo hiciera con cuidado. Le desaté las muñecas y los tobillos. Todavía me acuerdo con total claridad de la imagen. Traté de pararla, pero la pobre se caía sin gracia. Quise sentarla. Tampoco pude.
Era el mediodía y todavía no sabía qué hacer con la cadavérica mujer. Me sentía fuera del mundo, a pesar de que la orden era considerarme una privilegiada. Tenía ocho años y ya deambulaba errante por los pasillos de mi casa. Jamás pensé que la adrenalina que proclamaba la tele me aburriría tanto.
Es que yo no quería. Debe haber sido un accidente. Todavía no sé cuál fue el error: les dejé el pasto, los zapatos y el agua. Me porté bien en la escuela, en serio. Tal vez un par de malos gestos a la hora de hacer los deberes. No sé. No me acuerdo.
Pero yo no quería. Una Barbie era la última cosa con la que me hubiese gustado jugar. ¿¡Por qué a mí!?
La muy autosuficiente tenía vida propia. No me dejaba ser parte de su mundo rosa. Llegó a mí con su femenina profesión de veterinaria, aunque jamás podría imaginarla hurgándole las tripas a un sapo. Querer jugar con ella era someterse a lo que venía escrito en su caja: Tomarla por los tobillos e inventar conversaciones, siempre dentro de su prolijo consultorio de caniches. La maldita no me dejaba ser veterinaria a mí, ni tampoco me dejaba inventarle otros diálogos. Yo sólo le ponía voz a sus labios inertes. La odiaba. No era parte de su vida. No me necesitaba. Ni yo a ella. Todavía no comprendo la desesperación de algunas chicas por coleccionar esa monótona cara. Malvada. Soberbia.
No quería lamentarme por ser una nena normal. Con rodillas prominentes y cachetes grandotes. Quería ser la protagonista de lo que dictaba mi imaginación, pero la muñeca gozaba de dejarme atrás de la escena. Osó dominarme. El impulso asesino se apoderó de mí en la pieza de los juguetes, bajo la luz de un sol débil de enero. Traté de ahogarla. Flotó. Le corté el pelo. Quedó divina. La desnudé. Se burló.
Volví a vestirla y la puse, de cabeza, en el último rincón de la caja (que a veces convertía en nave espacial) La abandoné para siempre. Asesinar no es lo que mejor me sale. Yo recurro al olvido. Creo que esa mañana de reyes, fue la primera vez que fingí felicidad.
Di dos parpadeos intencionales y por momentos quise que todo fuese una pesadilla. Lo intenté en vano. Sus ojos azules parecían mirarme desde el otro extremo. Vacíos. Muertos.
No sé por qué razón mi madre estaba tan feliz. La rubia, escultural y perfecta como siempre, yacía a poquitos centímetros de mí. Esbelta. Sexy. Puta.
Me levanté como pude del susto. Me hice la valiente. El morbo fue más fuerte que yo. Procedí.
Mi mamá me pedía que no le arruinara el pelo. Que lo hiciera con cuidado. Le desaté las muñecas y los tobillos. Todavía me acuerdo con total claridad de la imagen. Traté de pararla, pero la pobre se caía sin gracia. Quise sentarla. Tampoco pude.
Era el mediodía y todavía no sabía qué hacer con la cadavérica mujer. Me sentía fuera del mundo, a pesar de que la orden era considerarme una privilegiada. Tenía ocho años y ya deambulaba errante por los pasillos de mi casa. Jamás pensé que la adrenalina que proclamaba la tele me aburriría tanto.
Es que yo no quería. Debe haber sido un accidente. Todavía no sé cuál fue el error: les dejé el pasto, los zapatos y el agua. Me porté bien en la escuela, en serio. Tal vez un par de malos gestos a la hora de hacer los deberes. No sé. No me acuerdo.
Pero yo no quería. Una Barbie era la última cosa con la que me hubiese gustado jugar. ¿¡Por qué a mí!?
La muy autosuficiente tenía vida propia. No me dejaba ser parte de su mundo rosa. Llegó a mí con su femenina profesión de veterinaria, aunque jamás podría imaginarla hurgándole las tripas a un sapo. Querer jugar con ella era someterse a lo que venía escrito en su caja: Tomarla por los tobillos e inventar conversaciones, siempre dentro de su prolijo consultorio de caniches. La maldita no me dejaba ser veterinaria a mí, ni tampoco me dejaba inventarle otros diálogos. Yo sólo le ponía voz a sus labios inertes. La odiaba. No era parte de su vida. No me necesitaba. Ni yo a ella. Todavía no comprendo la desesperación de algunas chicas por coleccionar esa monótona cara. Malvada. Soberbia.
No quería lamentarme por ser una nena normal. Con rodillas prominentes y cachetes grandotes. Quería ser la protagonista de lo que dictaba mi imaginación, pero la muñeca gozaba de dejarme atrás de la escena. Osó dominarme. El impulso asesino se apoderó de mí en la pieza de los juguetes, bajo la luz de un sol débil de enero. Traté de ahogarla. Flotó. Le corté el pelo. Quedó divina. La desnudé. Se burló.
Volví a vestirla y la puse, de cabeza, en el último rincón de la caja (que a veces convertía en nave espacial) La abandoné para siempre. Asesinar no es lo que mejor me sale. Yo recurro al olvido. Creo que esa mañana de reyes, fue la primera vez que fingí felicidad.
@strellasalerno
martes, 22 de noviembre de 2011
Salvajes y Sociales
Mientras la novia lucía el fulguroso blanco, la abuela se velaba sola, con la piel blanca de tanta muerte.
Todo se desarrolló como estaba previsto. Nadie pudo frenar lo que había llevado más de un año de preparación. Mujeres de perlas imitadas, le daban a la noche un pigmento egocéntrico.
Esa tarde una manada de hipócritas decidió callar, e intentó enmudecer a todos los invitados de la fiesta, que serían – al otro día- los mismos que llorarían en el funeral.
Los niños, que apenas podían distinguir las piernas de sus madres debajo de los vestidos, fueron los más humanos en toda la situación. Se miraban a sí mismos y no se encontraban. No fingieron la sonrisa y tampoco podían entender ni la mitad de lo que les tocaba vivir: Sus padres los presentaban como trofeos ante los parientes viejos, quienes en pocas horas olvidarían la edad, el nombre e incluso el sexo de las pobres criaturas. Al día siguiente, el circo se repetiría, pero en vez de sidra, los padres serían felicitados con un brindis de café.
Los chicos son los más indefensos en todo evento social. No caben dudas de la crueldad a la que son sometidos sin vestigios de sentido. Se convierten de pronto en mascotas a las que se les pide que canten, o que hagan silencio, o que besen a una que otra mejilla por demás maquillada. Están desnudos ante tanta idiosincrasia de salón.
Son estos eventos los que les exigen a los adultos demostrar cuánto se han civilizado en la escuela de la vida. A los chicos, la civilización y los buenos modales no les interesa, porque no los necesitan.
Vals, música y regodeo coronaban la fiesta… y la abuela no se levantaba de ese mueble a medio abrir por el que tanto pagó, pero no pudo ver.
Toda una vida preocupándose por el lugar donde estaría cuando dejara de existir… ¿vale la pena estar sin ser? ¿Importa si es tierra o es nicho?
La sicodelia de una fiesta programada desvirtuaba la verdad de lo que ocurría y en la sala fría de una empresa funeraria, la abuela era la protagonista de una reunión inexistente y postergada.
Nadie recordó que se había preparado durante años para posar muerta ante quienes llegaran a certificar su partida. Nadie recordó que la vieja había soñado su velorio, incluso muchos años antes de enfermar. Sin embargo, el llanto, el café, los reencuentros y las malas lenguas, se reprogramaron para el día siguiente por la ridícula causa de una agenda ocupada.
La madrugada hizo lo suyo sobre los nietos, que debieron dejar la resaca guardada en un cajón. La instaurada naturaleza social les exigía cambiar el jolgorio por el rostro destruido por el escenario irreversible. Así lo requería el manual de instrucciones con el que crecieron, y que la propia abuela les enseñó.
El velorio siguió su cauce con la misma lógica del casamiento: Una reunión desdibujada, con parientes obligados y parientes cercanos. Invitaciones oficiales que habían empezado años antes, cuando la abuela asistía a todas las vigilias fúnebres: al concurrir, ponía en tácito compromiso a los familiares del difunto para que fueran a verla tiesa dentro del ataúd en el futuro.
No faltó la atención de privilegio, y nadie quedó sin probar el pastel que había sido fotografiado la noche anterior. Los chicos seguían jugando, como si las horas no hubiesen marcado el corte de un capítulo. El mismo olor a flores de la iglesia, repugnaba dentro de la sala. Peinados exuberantes y abrazos melancólicos simulaban tristeza y desencanto.
Naufragaban los recuerdos en palabras vacías, y los organizadores de ambos eventos fueron agraciados una y otra vez. Fiesta y velorio eran líneas perpendiculares con un punto en común: las dos reuniones celebraban la misma eternidad de maneras diferentes, sólo que la muerta podía esperar. Ahora le sobraba el tiempo.
@strellasalerno
Todo se desarrolló como estaba previsto. Nadie pudo frenar lo que había llevado más de un año de preparación. Mujeres de perlas imitadas, le daban a la noche un pigmento egocéntrico.
Esa tarde una manada de hipócritas decidió callar, e intentó enmudecer a todos los invitados de la fiesta, que serían – al otro día- los mismos que llorarían en el funeral.
Los niños, que apenas podían distinguir las piernas de sus madres debajo de los vestidos, fueron los más humanos en toda la situación. Se miraban a sí mismos y no se encontraban. No fingieron la sonrisa y tampoco podían entender ni la mitad de lo que les tocaba vivir: Sus padres los presentaban como trofeos ante los parientes viejos, quienes en pocas horas olvidarían la edad, el nombre e incluso el sexo de las pobres criaturas. Al día siguiente, el circo se repetiría, pero en vez de sidra, los padres serían felicitados con un brindis de café.
Los chicos son los más indefensos en todo evento social. No caben dudas de la crueldad a la que son sometidos sin vestigios de sentido. Se convierten de pronto en mascotas a las que se les pide que canten, o que hagan silencio, o que besen a una que otra mejilla por demás maquillada. Están desnudos ante tanta idiosincrasia de salón.
Son estos eventos los que les exigen a los adultos demostrar cuánto se han civilizado en la escuela de la vida. A los chicos, la civilización y los buenos modales no les interesa, porque no los necesitan.
Vals, música y regodeo coronaban la fiesta… y la abuela no se levantaba de ese mueble a medio abrir por el que tanto pagó, pero no pudo ver.
Toda una vida preocupándose por el lugar donde estaría cuando dejara de existir… ¿vale la pena estar sin ser? ¿Importa si es tierra o es nicho?
La sicodelia de una fiesta programada desvirtuaba la verdad de lo que ocurría y en la sala fría de una empresa funeraria, la abuela era la protagonista de una reunión inexistente y postergada.
Nadie recordó que se había preparado durante años para posar muerta ante quienes llegaran a certificar su partida. Nadie recordó que la vieja había soñado su velorio, incluso muchos años antes de enfermar. Sin embargo, el llanto, el café, los reencuentros y las malas lenguas, se reprogramaron para el día siguiente por la ridícula causa de una agenda ocupada.
La madrugada hizo lo suyo sobre los nietos, que debieron dejar la resaca guardada en un cajón. La instaurada naturaleza social les exigía cambiar el jolgorio por el rostro destruido por el escenario irreversible. Así lo requería el manual de instrucciones con el que crecieron, y que la propia abuela les enseñó.
El velorio siguió su cauce con la misma lógica del casamiento: Una reunión desdibujada, con parientes obligados y parientes cercanos. Invitaciones oficiales que habían empezado años antes, cuando la abuela asistía a todas las vigilias fúnebres: al concurrir, ponía en tácito compromiso a los familiares del difunto para que fueran a verla tiesa dentro del ataúd en el futuro.
No faltó la atención de privilegio, y nadie quedó sin probar el pastel que había sido fotografiado la noche anterior. Los chicos seguían jugando, como si las horas no hubiesen marcado el corte de un capítulo. El mismo olor a flores de la iglesia, repugnaba dentro de la sala. Peinados exuberantes y abrazos melancólicos simulaban tristeza y desencanto.
Naufragaban los recuerdos en palabras vacías, y los organizadores de ambos eventos fueron agraciados una y otra vez. Fiesta y velorio eran líneas perpendiculares con un punto en común: las dos reuniones celebraban la misma eternidad de maneras diferentes, sólo que la muerta podía esperar. Ahora le sobraba el tiempo.
@strellasalerno
sábado, 10 de septiembre de 2011
Como el agua
Insípido. Todo es insípido a mi alrededor.
Todo tiene el sabor de la mismísima nada.
Sin embargo, y aunque duela,
debo levantarme
a inventar aromas y gustos
para saciar
paladares ajenos.
Todo tiene el sabor de la mismísima nada.
Sin embargo, y aunque duela,
debo levantarme
a inventar aromas y gustos
para saciar
paladares ajenos.
lunes, 4 de julio de 2011
Sin título
Cuando las horas, apresuradas, no sepan hacia dónde ir;
Cuando la calma, silenciosa, abrume todos los sitios;
Cuando las luces, soberbias, oculten todas las sombras;
Allí estaré esperando tu pregunta,
para no darte una respuesta.
Allí estaré para inquietarte. Aún más.
Y seremos dos los ignorantes: Hasta que la muerte,
fría, blanca, inmóvil, nos encuentre cuestionándola.
@strellasalerno
Cuando la calma, silenciosa, abrume todos los sitios;
Cuando las luces, soberbias, oculten todas las sombras;
Allí estaré esperando tu pregunta,
para no darte una respuesta.
Allí estaré para inquietarte. Aún más.
Y seremos dos los ignorantes: Hasta que la muerte,
fría, blanca, inmóvil, nos encuentre cuestionándola.
@strellasalerno
viernes, 1 de julio de 2011
De Naranjas y Limones
Cada vez que me entrego a la desesperación y no soy capaz de escribir dos líneas, me doy cuenta de que no tengo por qué hacerlo, a menos que algo inesperado me suceda. Ésta es, quizás, la causa de estos renglones, que se niegan a salir de mi cabeza:
Es la primera vez que recibo un libro del propio autor. (No. En realidad es la segunda, pero el anterior venía de la mano de un político porteño, mezquino, que se aventuró a llenar páginas según su interés al corto plazo se lo dictó).
“A vos te tengo respeto”, le dije, cierto día, después de dos años de compartir las mismas cuatro paredes. Es que sus preguntas, sus comentarios, sus inquietudes siempre van más allá de lo que cualquier profesor estándar podría esperar. Ése es el problema: él no es estándar.
Esa primera conversación, se guardó para siempre en mi cerebro, y desde aquella vez, las charlas configuran más de tres oraciones que, según quien las escuche, pueden tener o no cierto sentido.
Se define a sí mismo como “un experimento cuyo resultado es forzosamente predecible”. Está loco y lo sabe. De predecible no tiene absolutamente nada. Dice que soy su única lectora, pero parece que el reinado se está acabando… su blog, a diferencia del mío, nació como un simple deber curricular, y se convirtió en una obra literaria del orden más perverso para los viejos lectores: el digital.
Sin embargo, cada prosa es una sorpresa, que, como diría mi viejo, “te la deja picando”.
Sabe que lo admiro, pero muy dentro suyo se debe reír cuando se me acaba el chamuyo, y no puedo responderle con la misma calidad con la que me habla. Sin embargo, atrás del groso, del escritor, del colega, está el amigo que reniega de las patéticas cenas familiares, y sueña con un viaje sin itinerario. Toca la guitarra, y- como yo- nada en contra del cardumen. “Escribe con la derecha, pero piensa con la izquierda”. Pasa desapercibido. Usa ropa de marca, y lo admite. Conoce a Dussel como a su hermano, y puede saltar de una conversación sobre política, a una descarada crítica a quien no le cae bien. Sin escalas.
Más que un amigo, creo que convivo con un Problema Mayúsculo. Y me encanta.
@strellasalerno
martes, 7 de junio de 2011
7 de junio: Día del Periodista
Tuve un sueño en blanco y negro. Había un soldado empedernido en medio de una guerra irreal. Sólo él era partícipe de las luchas. Sin aliento, corrió hacia donde estaba el Teniente General. Le recitó una lista con los muertos que sumó, otra con los civiles que capturó y otra, con los inocentes a los que señaló.El Teniente, incrédulo, le pidió pruebas de lo que decía. El soldado contó los detalles de cada momento que enumeró y aunque su uniforme era un harapo y tenía huellas de trabajo meticuloso, el Teniente, no le creyó.
El soldado, que sin embargo resistió a la mirada soberbia del jefe, volvió al campo de batalla que, esta vez, no estaba desierto. Había otros cientos de soldados, idénticos a él, que buscaban algo. Quién sabe qué. Todos eran iguales, como si una serie de espejos se hubiesen convertido en muros.
El soldado, observó con desconfianza la situación pero no se detuvo con cuestionamientos. Siguió mirando a su alrededor, persiguiendo los rastros de lo que había hecho antes.
Luego de horas y horas de estar tras una pista que ya se había esfumado en el recuerdo, el soldado volvió con el Teniente. Pero ahora, antes que él, había una fila interminable de perfecta simetría.
Los soldados que lo precedían, salían con los rostros satisfechos de aquella oficina. Quizás sintiendo que el Teniente, oyó lo que deseaba.
Cuando llegó el turno del soldado, el Teniente denotaba cansancio en su postura. Antes de empezar a hablar, el jerárquico se anticipó y dijo:
-Soldado, sus compañeros ya trajeron lo que le pedí a usted. Espero que haya vuelto con una novedad.
En ese momento, el sueño se volvió una nebulosa, y desperté sin entender demasiado. La radio anunciaba mi nueva jornada:
- “Un hombre muere acribillado en la puerta de su casa, confirmó el jefe de la Policía de la Provincia. Vea las imágenes en www.nuestraradio.com”.
Entonces descubrí, que mi sueño era un mensaje de mi inconsciente, y el blanco y negro de las imágenes que mi cabeza inventó, se tiñó de amarillo apenas regresé de mi sopor.
Entendí que soy soldado de mi propia guerra, y el Teniente espera, hambriento, una voz más importante que la mía. Y en esta lucha invisible que todos ignoran, hay miles y miles de soldados igualitos, que automatizan cada uno de sus movimientos para que el Teniente se sienta satisfecho. Aunque el campo de batalla esté vacío, la competencia se filtra por los poros, la palabra es el arma más poderosa, y el canibalismo periodístico es más fuerte que cualquier cañón.
¡Feliz día, sodados y tenientes! Brindo por todos aquellos que se ponen al hombro la profesión. Para que el periodismo siga siendo “el oficio más hermoso del mundo”.
@strellasalerno
lunes, 18 de abril de 2011
Reality
Todos entran con la misma promesa: ganarse al público pasivo, y quedarse con el premio mayor.
En primeros términos no hay enemigos. Cada quien arma su estrategia de la manera más conveniente de acuerdo a la situación. De este lado, no queda más que sentarse a esperar que el juego adquiera adrenalina. Al principio, todas son caras bonitas.
Dicen que soy parte, pero apenas me siento una tercera persona que cree que está observándolo todo. Hay un líder al que algunos atrevidos ya le atribuyen la gloria.
El paso del tiempo es clave, y las imágenes menos significantes irán desapareciendo de la escena. No obstante continuarán teniendo voz y voto hasta el veredicto final. Quizás, no tienen nada interesante que ofrecerle al pobre tipo esperanzado que los mira a través de la pantalla. Así, se ocupan en descalificar a los que aún se encuentran en la cruda disputa.
Los medios mienten y con imprudente cinismo alegan imparcialidad: cambian el protagonista de la competencia según les parece, y yo me encuentro cruzando de una vereda a la otra sin saber qué elegir. Sin ruta. Ambos me parecen interesantes. Sin embargo, no quiero ir en contra de mi primera convicción. A continuación, aparece en el acto un personaje inesperado, que le hará temblar los cimientos al cabecilla del grupo.
Cada fanático con su pancarta espera ser reconocido con algún comentario inútil, para gritar algo improductivo (quizás con el afán de sentirse una pieza importante en esta hipocresía que parece estar desarmada). El frenesí es pasajero, y durará hasta que el juego se repita, con otros nombres y destrezas que aún no imaginamos.
El día del show las cámaras sólo enfocan la pulcritud de una esquina, y atrás queda la mugre del día a día. Cara a cara, todos resaltan las miserias de los otros, o se halagan entre sí. Algunos miran a las cámaras y hacen guiños, tratando de buscar complicidad. Otros, simplemente miran la punta de sus zapatos. Por supuesto: todos peinados y exageradamente maquillados.
Algunos cobardes, incompetentes abandonan la partida, por temor a la derrota. Otros se van y vuelven para cambiar el discurso o limarle las asperezas, según el público lo necesite.
La carrera ya está en marcha, y del gran número del principio, sólo quedarán unos pocos (que entran en los dedos de una mano). Parece que habrá que elegir entre varios, pero en realidad sólo serán dos (ya sabemos quiénes) los que lleven la contienda. Frente a las cámaras se felicitarán, pero después festejarán o llorarán desde el egoísmo. Perder es feo, pero salir segundo es mucho peor.
La competencia es sucia y descarada. Las miserias humanas salen a la luz a lo largo del proceso. Las pasiones se reprimen. Se muestra el sexo, se oculta el baño. Sin embargo yo sigo ahí atrás, tratando de interpretar la realidad virtual. Violencia, ironía, maldad, alianzas y desalianzas, envidia, miedo, egoísmo, soberbia, interés. Todo vale. Como en la guerra y en el amor.
Señores: La campaña electoral del 2011 ya comenzó.
@strellasalerno
miércoles, 13 de abril de 2011
Cruzada de una madre contra la droga
Lucas Monjo tenía 35 años la última mañana en que vio la luz del sol. Salió a trabajar, pero nunca regresó. Lo encontraron muerto en la vereda de un vecino, en barrio Poeta Lugones. La asesina fue lenta y despiadada: la cocaína tardó 18 años en robarle la vida.A Camucha, la madre de Lucas, se le opacó la mirada. “La sustancia le anestesió los sentimientos y la voluntad. No fue fácil llegar a él. Yo no sabía lo que le pasaba, aunque me di cuenta de que algo en él había cambiado”, dice la mujer mientras mira las fotos y una lágrima le dibuja un surco en la mejilla. Está llena de preguntas, pero cree que las respuestas aparecen cuando menos se buscan.
Ya pasaron cinco años desde aquella pérdida que se llevó parte de su entelequia.
Camucha recuerda cuando le planteó a su esposo que Lucas ya no era el mismo. La ignoraron. Trataron de justificar las actitudes de Lucas diciendo que era parte de la etapa adolescente. El chico, que apenas tenía 17 años, negaba la adicción. Todos la negaban.
Al rededor de los 20 años, Lucas se fue a vivir con la novia. El padre le dejó a cargo un negocio de aeromodelismo, que fundió a los pocos días. Luego de casi tres años de convivir con la chica, a quien también incitaba a consumir, ella le puso freno a la relación y Lucas volvió a su hogar. Recién en ese momento aceptó que necesitaba ayuda, y que la droga ya había cambiado el rumbo de su vida. A los 21 aceptó que consumía cocaína.
Estuvo en una granja en La Cumbre un año internado. Salió de ahí, pero no hubo más seguimiento por parte del organismo. “La salvación” duró cuatro años más, hasta que volvió a las viejas amistades. Antes habíamos estado en La Casa del Joven, en el programa Cambio. Pero él era manipulador, y nos decía que los profesionales no servían”.
Sin embargo, la familia vivió seis años aturdida por la indiferencia. “La madre siente que algo está pasando. Me invadieron los miedos, pero supe que ése no era el hijo que yo parí. Nos dirán locas, pero nosotras vemos por el útero, porque somos las que contenemos la vida”, sostiene.
En su voz, ya había algunas grietas que no la dejaban hablar. No obstante, se superó a sí misma para seguir contando la historia que le dio una nueva misión a su vida: “No más Lucas”.
“Yo era una persona muy vital, muy alegre. Nunca me detuve a pensar si le transmitía esa vitalidad a mis hijos. Yo amaba la vida, pero jamás pensé que había que decirlo. Creí que alcanzaba con las cosas simples: cantar, bailar, hacer de comer. Pero, algo debo haber hecho mal”, reflexiona, y una sonrisa nostálgica se imprime en su rostro.
La mujer, de pelo largo y gris, cree que no se pasa por el dolor sin haber aprendido algo. Se define a sí misma como “rebelde”. Jamás fue sumisa. Traía conflictos su forma de ser. Fue libre, aunque para las miradas ajenas y ortodoxas, fue libertina, transgresora tal vez.
Sin embargo, Camucha no se siente “culpable”. “La culpa paraliza. Yo no estoy paralizada. Estoy dolorida”. Prefiere reemplazar la palabra culpa por responsabilidad. El dolor le permite no naufragar en el olvido y hacer algo por los miles y miles de chicos a quienes las drogas le muerden, cual termitas, la esencia.
No más Lucas
Actualmente, trabaja en “La Luciérnaga”, la revista cordobesa que ayuda a chicos en situación de calle. Su trabajo consiste en disertar en conferencias y convocatorias para ponerle fin al flagelo de las drogas. Antes de ello, participó en el programa Cambio, que también fue un pilar de ayuda para su hijo.
Entiende que la muerte de Lucas no fue en vano, sino que es un puntapié para hacer algo, para concientizar. Pero necesita el apoyo de una sociedad ciega, sorda y muda. Una sociedad que le da la espalda a lo que cada vez toma más forma. Una sociedad que alimenta a un monstruo inmensurable y que sólo mata a los más débiles (debilidad nada tiene que ver con “situación económica”).
“Desde la muerte de Lucas, e incluso antes, pasé por cosas terribles. Muchas veces me persiguió la idea del suicidio. Si me preguntan cómo hice para superarlo, no lo sé. Siempre amé la vida. A veces sentía que vivir no tenía sentido y, sin embargo, muy dentro mío, no quería suicidarme”.
Camucha recurre a un libro, que alguna vez leyó, para referirse a los sentimientos que la invadían. “Me había equipado de una armadura y no me permitía sentir nada”, admite.
En poco tiempo, se convirtió en “co-dependiente” de Lucas. Tenía sus síntomas sin consumir. Había adormecido momentáneamente sus emociones, lo que no le permitía sensibilizarse ante ninguna situación. Sin embargo, luego de estar sumergida en la tristeza, entendió que no debía perderse la vida y que, quizás, su voz podría representar a aquellos que no tienen posibilidades de hablar.
tr“Los chicos piden ayuda de muchas formas. Lucas robaba. Yo le tenía que pedir a mis amigas que, cuando vinieran, cuidaran las carteras. De alguna manera eso es un grito de auxilio”. Dos meses antes de su muerte Lucas había escrito una carta, tal vez premonitoria.
El drogadicto no solamente se autodestruye, sino que también destruye a todo lo que está a su alrededor. Son muchas las familias que desequilibran su núcleo a causa de que en ella hay un consumidor. Camucha, que no puede ponerle fin a la angustia, sabe que la muerte de Lucas ha puesto en jaque las dudas de innumerables personas que conviven con la adicción bajo el techo. Le puso un rostro al progresivo fenómeno que todos prefieren evadir.
Camucha, que lleva tatuado en la garganta el nombre de su hijo, que no cree en el destino, pero tampoco en las casualidades, que mira las fotos y las cuenta en presente, que aún pide por Lucas para salvar a tantos otros Lucas, concluye, tras un imperioso silencio: “Lucas se llevó mi velo. A través de su muerte pude ver otras cosas, a las que antes me negaba”.
lunes, 7 de marzo de 2011
Sólo por hoy

“Tengo que poder”. Esa es la frase con la que decido empezar este raro lunes de marzo. La humedad es insoportable, y todo está muerto de la vereda para afuera. Odio los domingos, y parece que el día de ayer se hubiese extendido veinticuatro horas más.
Vivo, al igual que otros argentinos, en un clima antagónico y desesperante. El canal oficial pregona una alegría que no percibo. No sé qué pasa, pero siento que me pierdo de algo si sigo frente a esta máquina tratando de parir un par de líneas enfermas. Dicen que hoy es carnaval. Así lo dispuso la Presidenta un par de meses atrás. Yo, mientras tanto, tengo el espíritu en blanco y negro. Ni siquiera sé qué es lo que se festeja. Antes de la última dictadura militar, el carnaval era feriado (como ahora). Pero resulta que yo nací en democracia, y traigo conmigo ese bicho congénito que es la falta de memoria. Mis viejos tampoco se acuerdan de qué se trataba. En la niñez, asociaba al carnaval con un par de ridículos disfrazados con plumas sintéticas y pedacitos de espejos, que se dispersaban por las calles en busca de monedas dolarizadas, haciendo ruido con un silbato chillón. En esa época, los quioscos ponían a la venta unos globos de colores que se inflaban con agua para convertirse en un juego invaluable. Detesto el azúcar con que otros miran hacia atrás, pero no puedo evitar hacerlo. Hoy solamente sé que los chicos no van a la escuela, que los bancos están cerrados, que los municipales se tomaron el fin de semana, que los teatros de revista volvieron a llenarse, que en los hoteles no hay lugar disponible y que no transmiten las telenovelas de la noche.
Es una rara locura, pero tengo que poder. Tengo que poder acostumbrarme a que no todo es conmemoración. Tengo que poder salir a la calle y respirar el clima del carnaval. Tengo que poder entender que la infancia necesita nuevas esperanzas. Tengo que poder creer que esto sirve para algo. Tengo que poder terminar de escribir lo que no puedo decir. Tengo que poder teñir con otros colores a mi viejo almanaque “verde militar”.
Hoy, y solamente hoy, siento que la exuberante cubana de la salsa, tenía razón. Al fin y al cabo, la vida es un carnaval.
@strellasalerno
lunes, 10 de enero de 2011
Un poquito caminando, y otro poquitito a pie.

Me contaron que en el reino del revés, vivir en la penumbra llena de luces. En el reino del revés, soñar es posible, pero en silencio. En el reino del revés, se puede cantar a un adulto una canción de niño… En el reino del revés, los buenos mueren, y los malos buscan la forma de evitar el naufragio de perder la libertad.
Quizás mañana el olvido arrebate un rostro, pero la memoria siempre devuelve las voces dulces que lucharon contra un destino inminente… y las hace eternas, tatuándolas para siempre en la garganta popular.
Tal vez la despedida sea inevitable… Tal vez el mundo que soñó, hoy sea posible, en alguna parte; en el lugar al que se fue, nadie supo bien por qué.
Hasta siempre, María Elena.
@strellasalerno
sábado, 1 de enero de 2011
La Casa

Todo está anclado igual que hace casi cuarenta años, cuando se mudaron allí. Modificarle algo es como programar un cambio a futuro.
La habitación, con los muebles que rechinan con un ritmo exuberante. El espejo, que aún conserva el ramito de olivo de la última pascua, y un llavero empolvado de años, que, por alguna razón, nadie sacó de allí desde que algún sobrino mezquino lo trajo de algún país centroamericano, de aires salados.
Dos mesas de luz: una con caramelos escondidos. La otra, no sé. La magia está en el misterio de no saberlo.
La habitación del hijo, ya casado, donde fueron a parar todas las cosas que no podían estar en el resto de la casa. Una vieja máquina Singer, que guarda las historias de dos piernas cansadas, que, sin embargo, pedaleaban hasta que el retazo de tela se convirtiera en mantel.
El patio, con la higuera al medio, ha sido testigo de cada mañana, durante medio siglo. Un jazmín chileno que perfuma con presente y pasado.
La radio sobre la aparador, que nadie tenía permiso para tocar. Los roperos, ahora vacíos. Las paredes, que parecen respirar.
Sin embargo, las sillas están desocupadas, y aunque todo conserve su olor, aunque cada cosa esté en su lugar, esperándolos en vano; aunque cada rincón esté tal cual lo dejaron, y reconforte la tranquilidad del jardín; es inevitable darse cuenta de que la casa murió junto con ellos.
@strellasalerno
sábado, 4 de septiembre de 2010
Lejos de mí
¿Nunca te sentiste extranjero de vos mismo? ¿Nunca tuviste la sensación de que tu vida no es tu vida? Hay un vacío que me atemoriza, cada vez que me detengo a pensar. A veces no me reconozco, no sé quién soy. El tiempo no tiene piedad con su recorrido, y las agujas del reloj se clavan en ese abismo que me desespera.
Siento que miro a mi mundo desde un afuera que no conozco. Con ojos que no son los míos, con lágrimas que no me pertenecen. Quizás la paranoia se apodere de mí, pero más de una vez he sentido la extraña melancolía de estar lejos de mí misma. Tal vez la esecencia del ser humano sea ésa: Entender que la vida es una pequeña estadía, en la cual somos simples extranjeros.
@strellasalerno
Siento que miro a mi mundo desde un afuera que no conozco. Con ojos que no son los míos, con lágrimas que no me pertenecen. Quizás la paranoia se apodere de mí, pero más de una vez he sentido la extraña melancolía de estar lejos de mí misma. Tal vez la esecencia del ser humano sea ésa: Entender que la vida es una pequeña estadía, en la cual somos simples extranjeros.
@strellasalerno
viernes, 27 de agosto de 2010
Aviayala: Una Luz de Esperanza
Entre los cerros más altos de un lugar no tan lejano, se esconde un lago cristalino. Los pájaros, tan marrones como la misma tierra, admiran la majestuosidad de su plumaje al reflejarse en las aguas. Al pie de las montañas existe un pueblo milenario, tan antiguo como el tiempo, cuyos hombres y mujeres son del color del maíz.
La más pura mujer es Aviayala, hija de Pacha – la tierra- y el sol, Inti. La joven tiene dos hermanas menores, Uma y Wayra , a quienes ha instruido para valorar todo lo bello que vive a su alrededor.
A Uma, le enseñó a cuidar el agua. Cada mañana, al despertar, la niña toma del lago sólo lo que necesita. Se lava la cara, bebe, o se da un chapuzón, y deja que sus vecinos también gocen de la claridad y la pureza de aquello que la naturaleza les ha brindado.
Wayra, aprendió a custodiar el aire, y disfruta de cada bocanada de las brisas del atardecer.
El pueblo conoce a Aviayala, y Aviayala entiende a su gente.
Para Aviayala, Pacha es lo más importante y la respeta desde lo más sagrado porque es la mujer más vieja de la comunidad. Nació junto con las montañas y las llanuras. Ella le ha revelado a Aviayala todos sus secretos. Su sabiduría no tiene límites y es la madre de todo lo que existe en los contornos de la magnífica aldea.
El poblado no tiene reyes, ni reinas. No hay jerarquías, excepto por Pacha, de quien depende que los frutos crezcan y los animales se fortalezcan.
La comunidad trabaja igualitariamente y comparten lo que se obtiene de las cosechas. Aviayala es feliz realizando la labor bajo los ojos dorados de su padre, Inti.
Pacha brinda, a cambio del respeto que le tienen, su mejor provecho de maíz y papa.
Una tarde tibia, Aviayala salió a dar un paseo junto a sus hermanas. Las montañas ofrecían su fresca custodia al lago, cuando a lo lejos Aviayala vio a una llama hambrienta, y al ver su tristeza, le tendió un ramo de hierbas, que el animal devoró rápidamente.
Casi al mismo tiempo, Uma, detectó que un pececito se había estancado entre dos piedras del lago y, sin pensarlo, lo ayudó a salir.
Wayra tenía la mirada suspendida en un punto lejano del horizonte. Aviayala y Uma notaron que su hermana estaba sorprendida por algo.
De pronto, una sombra apareció desde el este de las montañas. Las hermanas quedaron atónitas. Ninguna pudo explicarse cómo fue que apareció.
La sombra tenía la forma de un hombre, pero no se le veía el rostro y a penas se distinguía entre los montes.
Aviayala, buscando proteger a sus hermanas, dio un paso adelante y preguntó:
-¿Quién eres?
La sombra, respondió en una lengua extraña, y las hermanas no pudieron entender lo que les dijo. Las jóvenes intentaron presentarse ante aquella extraña figura, y ofrecieron así su confianza.
Sin embargo, la sombra las nombraba repitiendo una palabra que ellas no conocían. Luego de un instante de mutua incomprensión, Aviayala, con cierta inocencia, tomó de la mano a las niñas y se alejó del lugar, con algunos gestos de curiosidad.
La sombra quedó sola y asumió que Aviayala, sus hermanas, y quizás toda la comunidad podrían serle útiles para algo.
Al día siguiente, Aviayala comentó a Pacha lo que les había ocurrido.
- Hija, desde que existo, nunca antes había oído de algo similar. Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz.
Aviayala se quedó pensando lo que la Madre Tierra le había dicho e invitó a sus hermanas a caminar por las orillas del lago. Mientras Uma y Wayra, correteaban tratando de imitar el aleteo del cóndor, Aviayala, sentada sobre una gran roca pensaba en la enigmática figura que la había sorprendido la tarde anterior.
De repente, el lago oscureció, y la noche se posó sobre él. Y una sombra, que había tomado la forma de una figura humana, apareció desde el este de las montañas.
Aviayala la invitó a conocer la comunidad, creyendo que ésta era la mejor manera de brindarle su confianza.
La sombra miró la tierra, y en seguida pensó que con ella podría obtener las mejores frutas. Miró el agua, y con la imaginación colocó botes para pescar todo lo que desease. Miró los cerros y pretendió encontrar los metales más relucientes. Vio en la docilidad y pureza de los hombres la perfecta estrategia para lograr su cometido. Y así, contaminó el aire con sus ideas más egoístas.
Aviayala observó que la sombra caminaba desorientada por la fertilidad de la tierra y miraba con detenimiento cada rincón natural.
La silueta comenzó a colarse entre las familias del pueblo. Los habitantes le brindaron lo que tenían y compartieron todo con la inexacta fisonomía, que se había instalado entre ellos.
Por primera vez después del fugaz episodio, Aviayala salió a recorrer el lugar y experimentó una sensación de vacío.
Dio un vistazo a su alrededor, y se encontró con una mezcla de amargura y soledad.
La sombra había hecho estragos con la tierra. Las cosechas se habían terminado de repente. El agua había perdido el color de los cristales. Los habitantes del pueblo estaban desgastados por el trabajo. Los niños dejaron de ser niños para convertirse en esclavos. Otros, jamás llegaron a conocer la magia de la infancia, por las crueldades que la sombra cometió.
Muchos eran los que habían desaparecido. La sombra multiplicó su tamaño y dejó en penumbras a la comunidad.
Uma y Wayra, se enfermaron. Pacha no pudo hacer nada por ellas, y al poco tiempo murieron. Aviayala seguía desconcertada. Ella no podía entender el lenguaje de la sombra, pero pronto, el resto de los habitantes comenzó a interpretarla.
Aviayala fue testigo de la forma en que las personas que vivían al pie del cerro, repetían lo que la sombra decía, como si un hechizo eterno se hubiese apoderado de ellos.
La sombra se regocijaba de lo que estaba logrando. Aviayala estaba triste y no encontraba la manera de frenar el poder con que la sombra se había apropiado del pueblo.
Lentamente, la figura comenzó a hacerle creer a la comunidad que era pequeña e insignificante. Les arrancó el nombre y lo cambió por esa palabra que repetía sin cesar para tratar de comunicarse con Aviayala.
Les hizo olvidar sus costumbres. Los años pasaban y los nuevos habitantes eran parte de la nueva población, que había nacido bajo la oscuridad de la sombra.
Ellos jamás cuestionaron su presencia y no sabían que, anteriormente, la vida en el pueblo era diferente. De esa manera, comenzaron a tratar a sus predecesores como desiguales, sin saber que el pasado aún vivía en ellos.
Pacha seguía siendo para Aviayala, ya envejecida, lo más importante. No así para los nuevos hombres de la región. La sombra había ocultado a la naturaleza tras mantos de progreso, y ya no quedaba en la tierra un lugar sin explotar: el suelo estaba desvastado; el lago ya no era el refugio de la luna en las noches, y el aire olía a indiferencia.
La sombra convirtió, entre otras cosas, a la mazorca en pequeñísimas bolsas de maíz. Los jóvenes la veneraban como si ésta hubiese hecho algún tipo de inexplicable milagro.
La comunidad era cada vez más egoísta y los valores que la historia del milenario pueblo defendía, quedaron en el olvido.
Aviayala gritaba a los cuatro vientos lo que ocurría. Pero la sombra había negado a la antigua mujer, y los pobladores no entendían la vieja lengua, que conservaba la memoria que el resto había perdido. El silencio comenzó a apoderarse de las pocas voces que aún querían hacerse escuchar.
La sombra crecía desmesuradamente, y el poblado cada vez poseía menos libertad.
Aviayala, que tenía hijos incrédulos y controlados por el dulce y falso discurso esperanzador de la sombra, seguía buscando una respuesta.
Una madrugada, Aviayala se sentó a mirar el sol nacer. Inti, que aparecía desde lo más profundo del oriente, comenzaba a inmiscuirse entre los rincones del pueblo. La añeja mujer pensó en aquello que Pacha le había expresado cuando la sombra apareció por primera vez:
“Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz”.
La solución siempre había estado allí: la única manera de reducir la sombra era mediante la luz. No se trataba de hacerla desaparecer, porque la silueta ya era parte de la comunidad, sino de disminuirla para reivindicar lo que el pueblo había dejado tan atrás, y volver a enseñar aquello que estaba oculto en el regazo de Pacha.
Aviayala invocó a su madre Tierra y a su padre Sol para que éstos le aconsejaran cómo luchar contra una realidad evidente.
Fue así como, durante el día, Aviayala sintió que su misión estaba comenzando, y que el mensaje que debía descifrar, era la salvación de su pueblo.
La mujer llamó a sus hijos y los sentó a su alrededor. Ellos, expectantes, escucharon lo que su madre tenía para decirles: Les habló sobre el pueblo en el pasado, la abundancia de alimentos y la majestuosidad de las montañas; de Pacha y su sabiduría; del tamaño del lago y de sus hermanas olvidadas.
Los jóvenes, estaban sorprendidos por lo que oían. Lentamente comprendieron que la sombra no era parte de la comunidad, sino que había aparecido desde el este para modificar la antigua vida. La sombra no estaba en la magia de la historia pasada y no existía en la sabiduría de la tierra. El pueblo tampoco se llamaba como ellos creían, sino que durante toda la vida se habían limitado a repetir la palabra que la sombra articulaba cuando vio a Aviayala y sus hermanas por primera vez: América.
A partir del relato, los hijos, sorprendidos, aceptaron su pasado y decidieron ser parte de la misión de Aviayala para resurgir la milenaria cultura.
En el momento en que los hijos de Aviayala tomaron conciencia, la sombra disminuyó levemente su tamaño.
Los jóvenes cambiaron sus actos, y comenzaron a valorar la naturaleza.
El resto de la comunidad estaba intrigada y no podía entender el cambio de hábito en la familia de Aviayala.
Fue así como los pobladores se acercaron a preguntar lo que ocurría, y los hermanos explicaban pausadamente el relato de Aviayala.
Cada vez que un habitante entendía que estaba viviendo en penumbras, la sombra perdía un poco más su imponente tamaño.
Aviayala supo que las esperanzas aún no se habían apagado por completo.
Pronto, las voces que el tiempo había silenciado, comenzaron a alumbrar el pueblo.
Aviayala y su generación, se animaron a contar sus historias y a compartir sus conocimientos.
La sombra no ha desaparecido, porque es parte de la historia, pero el pueblo de Aviayala está recuperando su identidad.
Stella-
La más pura mujer es Aviayala, hija de Pacha – la tierra- y el sol, Inti. La joven tiene dos hermanas menores, Uma y Wayra , a quienes ha instruido para valorar todo lo bello que vive a su alrededor.
A Uma, le enseñó a cuidar el agua. Cada mañana, al despertar, la niña toma del lago sólo lo que necesita. Se lava la cara, bebe, o se da un chapuzón, y deja que sus vecinos también gocen de la claridad y la pureza de aquello que la naturaleza les ha brindado.
Wayra, aprendió a custodiar el aire, y disfruta de cada bocanada de las brisas del atardecer.
El pueblo conoce a Aviayala, y Aviayala entiende a su gente.
Para Aviayala, Pacha es lo más importante y la respeta desde lo más sagrado porque es la mujer más vieja de la comunidad. Nació junto con las montañas y las llanuras. Ella le ha revelado a Aviayala todos sus secretos. Su sabiduría no tiene límites y es la madre de todo lo que existe en los contornos de la magnífica aldea.
El poblado no tiene reyes, ni reinas. No hay jerarquías, excepto por Pacha, de quien depende que los frutos crezcan y los animales se fortalezcan.
La comunidad trabaja igualitariamente y comparten lo que se obtiene de las cosechas. Aviayala es feliz realizando la labor bajo los ojos dorados de su padre, Inti.
Pacha brinda, a cambio del respeto que le tienen, su mejor provecho de maíz y papa.
Una tarde tibia, Aviayala salió a dar un paseo junto a sus hermanas. Las montañas ofrecían su fresca custodia al lago, cuando a lo lejos Aviayala vio a una llama hambrienta, y al ver su tristeza, le tendió un ramo de hierbas, que el animal devoró rápidamente.
Casi al mismo tiempo, Uma, detectó que un pececito se había estancado entre dos piedras del lago y, sin pensarlo, lo ayudó a salir.
Wayra tenía la mirada suspendida en un punto lejano del horizonte. Aviayala y Uma notaron que su hermana estaba sorprendida por algo.
De pronto, una sombra apareció desde el este de las montañas. Las hermanas quedaron atónitas. Ninguna pudo explicarse cómo fue que apareció.
La sombra tenía la forma de un hombre, pero no se le veía el rostro y a penas se distinguía entre los montes.
Aviayala, buscando proteger a sus hermanas, dio un paso adelante y preguntó:
-¿Quién eres?
La sombra, respondió en una lengua extraña, y las hermanas no pudieron entender lo que les dijo. Las jóvenes intentaron presentarse ante aquella extraña figura, y ofrecieron así su confianza.
Sin embargo, la sombra las nombraba repitiendo una palabra que ellas no conocían. Luego de un instante de mutua incomprensión, Aviayala, con cierta inocencia, tomó de la mano a las niñas y se alejó del lugar, con algunos gestos de curiosidad.
La sombra quedó sola y asumió que Aviayala, sus hermanas, y quizás toda la comunidad podrían serle útiles para algo.
Al día siguiente, Aviayala comentó a Pacha lo que les había ocurrido.
- Hija, desde que existo, nunca antes había oído de algo similar. Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz.
Aviayala se quedó pensando lo que la Madre Tierra le había dicho e invitó a sus hermanas a caminar por las orillas del lago. Mientras Uma y Wayra, correteaban tratando de imitar el aleteo del cóndor, Aviayala, sentada sobre una gran roca pensaba en la enigmática figura que la había sorprendido la tarde anterior.
De repente, el lago oscureció, y la noche se posó sobre él. Y una sombra, que había tomado la forma de una figura humana, apareció desde el este de las montañas.
Aviayala la invitó a conocer la comunidad, creyendo que ésta era la mejor manera de brindarle su confianza.
La sombra miró la tierra, y en seguida pensó que con ella podría obtener las mejores frutas. Miró el agua, y con la imaginación colocó botes para pescar todo lo que desease. Miró los cerros y pretendió encontrar los metales más relucientes. Vio en la docilidad y pureza de los hombres la perfecta estrategia para lograr su cometido. Y así, contaminó el aire con sus ideas más egoístas.
Aviayala observó que la sombra caminaba desorientada por la fertilidad de la tierra y miraba con detenimiento cada rincón natural.
La silueta comenzó a colarse entre las familias del pueblo. Los habitantes le brindaron lo que tenían y compartieron todo con la inexacta fisonomía, que se había instalado entre ellos.
Por primera vez después del fugaz episodio, Aviayala salió a recorrer el lugar y experimentó una sensación de vacío.
Dio un vistazo a su alrededor, y se encontró con una mezcla de amargura y soledad.
La sombra había hecho estragos con la tierra. Las cosechas se habían terminado de repente. El agua había perdido el color de los cristales. Los habitantes del pueblo estaban desgastados por el trabajo. Los niños dejaron de ser niños para convertirse en esclavos. Otros, jamás llegaron a conocer la magia de la infancia, por las crueldades que la sombra cometió.
Muchos eran los que habían desaparecido. La sombra multiplicó su tamaño y dejó en penumbras a la comunidad.
Uma y Wayra, se enfermaron. Pacha no pudo hacer nada por ellas, y al poco tiempo murieron. Aviayala seguía desconcertada. Ella no podía entender el lenguaje de la sombra, pero pronto, el resto de los habitantes comenzó a interpretarla.
Aviayala fue testigo de la forma en que las personas que vivían al pie del cerro, repetían lo que la sombra decía, como si un hechizo eterno se hubiese apoderado de ellos.
La sombra se regocijaba de lo que estaba logrando. Aviayala estaba triste y no encontraba la manera de frenar el poder con que la sombra se había apropiado del pueblo.
Lentamente, la figura comenzó a hacerle creer a la comunidad que era pequeña e insignificante. Les arrancó el nombre y lo cambió por esa palabra que repetía sin cesar para tratar de comunicarse con Aviayala.
Les hizo olvidar sus costumbres. Los años pasaban y los nuevos habitantes eran parte de la nueva población, que había nacido bajo la oscuridad de la sombra.
Ellos jamás cuestionaron su presencia y no sabían que, anteriormente, la vida en el pueblo era diferente. De esa manera, comenzaron a tratar a sus predecesores como desiguales, sin saber que el pasado aún vivía en ellos.
Pacha seguía siendo para Aviayala, ya envejecida, lo más importante. No así para los nuevos hombres de la región. La sombra había ocultado a la naturaleza tras mantos de progreso, y ya no quedaba en la tierra un lugar sin explotar: el suelo estaba desvastado; el lago ya no era el refugio de la luna en las noches, y el aire olía a indiferencia.
La sombra convirtió, entre otras cosas, a la mazorca en pequeñísimas bolsas de maíz. Los jóvenes la veneraban como si ésta hubiese hecho algún tipo de inexplicable milagro.
La comunidad era cada vez más egoísta y los valores que la historia del milenario pueblo defendía, quedaron en el olvido.
Aviayala gritaba a los cuatro vientos lo que ocurría. Pero la sombra había negado a la antigua mujer, y los pobladores no entendían la vieja lengua, que conservaba la memoria que el resto había perdido. El silencio comenzó a apoderarse de las pocas voces que aún querían hacerse escuchar.
La sombra crecía desmesuradamente, y el poblado cada vez poseía menos libertad.
Aviayala, que tenía hijos incrédulos y controlados por el dulce y falso discurso esperanzador de la sombra, seguía buscando una respuesta.
Una madrugada, Aviayala se sentó a mirar el sol nacer. Inti, que aparecía desde lo más profundo del oriente, comenzaba a inmiscuirse entre los rincones del pueblo. La añeja mujer pensó en aquello que Pacha le había expresado cuando la sombra apareció por primera vez:
“Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz”.
La solución siempre había estado allí: la única manera de reducir la sombra era mediante la luz. No se trataba de hacerla desaparecer, porque la silueta ya era parte de la comunidad, sino de disminuirla para reivindicar lo que el pueblo había dejado tan atrás, y volver a enseñar aquello que estaba oculto en el regazo de Pacha.
Aviayala invocó a su madre Tierra y a su padre Sol para que éstos le aconsejaran cómo luchar contra una realidad evidente.
Fue así como, durante el día, Aviayala sintió que su misión estaba comenzando, y que el mensaje que debía descifrar, era la salvación de su pueblo.
La mujer llamó a sus hijos y los sentó a su alrededor. Ellos, expectantes, escucharon lo que su madre tenía para decirles: Les habló sobre el pueblo en el pasado, la abundancia de alimentos y la majestuosidad de las montañas; de Pacha y su sabiduría; del tamaño del lago y de sus hermanas olvidadas.
Los jóvenes, estaban sorprendidos por lo que oían. Lentamente comprendieron que la sombra no era parte de la comunidad, sino que había aparecido desde el este para modificar la antigua vida. La sombra no estaba en la magia de la historia pasada y no existía en la sabiduría de la tierra. El pueblo tampoco se llamaba como ellos creían, sino que durante toda la vida se habían limitado a repetir la palabra que la sombra articulaba cuando vio a Aviayala y sus hermanas por primera vez: América.
A partir del relato, los hijos, sorprendidos, aceptaron su pasado y decidieron ser parte de la misión de Aviayala para resurgir la milenaria cultura.
En el momento en que los hijos de Aviayala tomaron conciencia, la sombra disminuyó levemente su tamaño.
Los jóvenes cambiaron sus actos, y comenzaron a valorar la naturaleza.
El resto de la comunidad estaba intrigada y no podía entender el cambio de hábito en la familia de Aviayala.
Fue así como los pobladores se acercaron a preguntar lo que ocurría, y los hermanos explicaban pausadamente el relato de Aviayala.
Cada vez que un habitante entendía que estaba viviendo en penumbras, la sombra perdía un poco más su imponente tamaño.
Aviayala supo que las esperanzas aún no se habían apagado por completo.
Pronto, las voces que el tiempo había silenciado, comenzaron a alumbrar el pueblo.
Aviayala y su generación, se animaron a contar sus historias y a compartir sus conocimientos.
La sombra no ha desaparecido, porque es parte de la historia, pero el pueblo de Aviayala está recuperando su identidad.
Stella-
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