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domingo, 1 de agosto de 2010

Quizás

Quizás mi amigo tenía razón. En el primerísimo instante en que me pasaron las cosas, tendría que haberlas escrito. Tal vez ahora se me escape algún detalle, pero voy a tratar de precisar aquella noche extraña, que me dejó pensando más de un día completo.
Era 25 de junio. El invierno hacía sus chasquidos en mis huesos. Mi amiga me había avisado que su hijita estaba a punto de nacer.
Fui a la clínica donde aquel rito de vida se estaba preparando. Yo pensé que, para el momento en que llegué, ella ya estaría con Delfina en sus brazos, dándole la teta, o algo por el estilo.
Pregunté en la guardia. Di su apellido y me mandaron a una habitación. No estaba. Era otra Escudero la que había terminado de sufrir los dolores de las parturientas, esos que se olvidan en el momento en que una mujer de pronto se convierte en dos personas.
En la oficina donde pregunté por mi pelirroja amiga, había, entre otras miles de imágenes, una que llamó mi atención. O, por lo menos una en la que fijé la vista por unos segundos: La Madre Teresa de Calcuta. Con sus manitos arrugadas y su mirada noble, siempre dispuesta a dar sin recibir.
No le di mayor relevancia, porque esos lugares tienden a estar empapelados con figuras donde los creyentes depositan su fe.
Pasaron como dos horas cuando, en el primer piso, escuché un sonido que se metió por mis oídos, sacudió mi cuerpo y se estancó para siempre en mi corazón: Delfina había nacido y yo había sido fiel testigo de su primer llanto en este mundo de hipócritas reidores…
No puedo explicar la mezcla de sensaciones, ni mucho menos todo aquello que estaba impreso en los rostros de los familiares de mi amiga… Ver ese cuerpito frágil e indefenso me hizo dar cuenta de lo pequeñísimos que somos, ante un universo desmesurado.
En fin. Con una alegría invasiva, me fui de la clínica, esperando a que llegara la próxima vez para ver a aquella cápsula de ternura.
De camino a la parada del colectivo, observé que una mujer tropezó, perdió el equilibrio y casi cae. Me acerqué a preguntarle si estaba bien. Me dijo que sí, pero me pidió afirmarse en mi brazo para transitar “segura” por una de las tantas calles irregulares que tiene mi ciudad.
Lucía un tapado rojo, largo hasta los pies. Tenía el pelo platinado, corto y recogido con hebillas invisibles.
A primera vista me pareció una mujer culta, refinada, con una historia para contar.
Me dijo que iba al teatro, porque quería despejarse de sus problemas. Éste se encontraba a dos cuadras del sitio donde el destino – quizás- puso a esta mujer frente a mí. Este trayecto fue corto, pero estoy segura de que fue uno de los más intensos de mi vida.
Me halagó. Se sorprendió de que una persona joven la ayudase y la acompañase sin interés ni aquejándose.
Se detuvo en la esquina para mirarme a los ojos. Tenía el iris del color del agua. Me pidió que, si algún día la volvía a cruzar, por favor la saludase. Como si me conociese de toda la vida, me tomó las manos y me dijo:
-Stella, en los años que tengo, he aprendido algo: “Si la vida te trae problemas para caminar, usa bastón pero no detengas”. Yo soy como el ave Fénix.
Me impactó. La frase era, nada más y nada menos que de la Madre Teresa de Calcuta.
Otra vez, visitó mis pensamientos sin que me diera cuenta. En seguida pensé en las extrañas casualidades que a veces nos llevan a interesarnos en algo o alguien.
De aquella enigmática mujer, solitaria y con seis bisnietos en la lista de sus alegrías, sólo sé que se llama Olga, y que, si la vuelvo a ver, debo saludarla.
No lo dudo… ¡¡¡Me quedé con tantas ganas de seguirle preguntando cosas!!! Lástima que la función del teatro estaba a punto de comenzar.
Sólo espero volver a estar en el sitio correcto, al momento correcto. En algunas ocasiones, las relaciones de espacio y de tiempo son más complejas de lo que ya lo son.
Llegué, finalmente, a la parada del colectivo. Ya quería estar en casa para contarle a mi madre cuánto había pesado Delfina y la manera en que Olga había confiado en mí.
A veces pienso que las cosas pasan por alguna inexplicable razón… Otras, sólo me limito a creer que las casualidades son un mero producto del azar, o una cadena con eslabones que uno mismo ata forzosamente en la imaginación.
Cuando el colectivo llegó, busqué inmediatamente un asiento. En la parada siguiente a la que ascendí, subieron un hombre y una mujer. Tenían una especie de credencial hecha artesanalmente prendida al lado izquierdo de su pecho.
Lo primero que pensé fue que iban a pedir dinero o a vender algún que otro film copiado de forma ilegal, al precio en que los usuarios de este tipo de transporte público podemos pagar.
Una vez más, estuve equivocada. La pareja habló de una organización no gubernamental que necesitaba alimentos para un comedor infantil. A cambio de ser receptores de su mensaje solidario, la mujer, de tez morena y cabello enrulado, dejó en nuestras manos un papel que contenía un mensaje. En la carilla, estaba el dibujo de una palomita, y abajo, había una inscripción que coincidía con el pedido del que habían hablado:
“Una gota de agua no es mucho para el océano, pero sin esa gota, el océano carecería de algo”. Mi sorpresa fue mayor, cuando descubrí impresa la firma de aquella inscripción: La Madre Teresa de Calcuta, otra vez naufragaba entre los pensamientos de alguien quien nunca se había cuestionado de su existencia.
La paranoia ya se había apoderado de mi mente aquella tarde… trataba de descifrar el mensaje, si es que lo había, uniendo cabos y sacando conclusiones que ni yo puedo recordar.
Llegué atónita. Le conté a mi madre aquella odisea de azares y casualidades. Empecé por Delfina, seguí con Olga y terminé con la pareja del ómnibus. Tenía la prueba concreta del papelito, que aún conservo entre ese rejunte de cosas que guardo quién sabe para qué.
Mi día había sido bastante largo, así que decidí revisar mi casilla de correo electrónico, para luego bañarme e irme a dormir.
Abrí los mails y, entre la larga lista de no leídos, había uno cuyo remitente no recuerdo.
Cuando vi que existía un archivo adjunto de diapositiva, llamé a mi mamá para que lo viera conmigo, porque sé que a ella le gusta compartir este tipo de mensajes que la gente manda cuando no tiene otra cosa que hacer.
El mensaje empezó con unas imágenes de La Pasión de Cristo, así que no le estaba prestando atención a lo escrito. Pronto noté que el mensaje tenía cierta profundidad que algún malentendido relacionó directamente con la religión cristiana.
No sé cómo seguir contando. Supongo que es imaginable la autoría de aquella prosa que había llegado a mí digitalmente…
Me pregunto qué hubiese pasado si hubiese salido unos minutos más tarde de la clínica…
Tal vez, la mujer ya habría llegado al teatro, el colectivo pasaría antes de que yo llegara y aquel mail se instalaría en mi lista de correo basura.
O, si yo hubiese hablado con mi amiga antes de llegar, hubiera sabido en qué habitación estaba y jamás habría visto la imagen de la monja. Si salía antes, yo hubiese caminado delante de la mujer y jamás hubiese notado su tropezón, simplemente porque iba detrás de mí.
Si me hubiese quedado esperando el colectivo que paraba frente a la clínica, no me habría encontrado con la mujer nunca, ni hubiese coincidido mi transporte con el de la pareja del papelito.
Si no hubiese ayudado a la mujer, a pesar de verla tropezar, no sabría ni su nombre y tal vez hoy ya habría olvidado el episodio.
Lo cierto es que la historia sucedió dejando inciertos matices en mi memoria.
Aún no descifré el mensaje. O sí: Mis abuelos maternos le pusieron fin a una bella historia de la manera menos creíble: Quince días después del enredo de señales y casualidades, cerraron sus ojos para siempre, y se fueron juntos de este mundo indeciso.
El secreto: cuando empecé a escribir esto, aún no imaginaba el descenlace.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Madre Teresa? ¿Destino? ¿Amor?
Quién sabe. El misterio es parte de la historia. La muerte, es un acontecimiento pasajero.





Luna. Stella.

viernes, 5 de marzo de 2010

Inconsciente Colectivo

Colectivo urbano. Ejemplo de diversidad si los hay.
Es notable la cantidad de culturas que se cruzan por casualidad, en esta tediosa máquina de seis ruedas.
Todos tan individuales, y todos tan “colectivos”.
Llevo casi dos años de viaje en ómnibus. Y recién ahora me atrevo a abrir mis oídos, y a dirigir mi mirada hacia otro lado que no sea la ventana maltratada, sintiendo cómo pasa el asfalto bajo mis pies.
Es fácil diferenciar varias “tribus colectivas”. Entre ellas:
 Los “mp3”, que siempre llevan en su oído una cucaracha estrepitosa. Considero que no se enteran de nada de lo que pasa a su alrededor y están concentrados solo en esos ruidos que circulan por los cables delgados.
 Los “viejos joviales”. Suben, pagan y cuando uno se levanta para cederles el asiento, te contestan mirándote de reojo, desde arriba, “no gracias, puedo ir parado”.
 Los “reencontrados”, que por lo general tienen entre 20 y 30 años, y han sido compañeros de colegio o de algún trabajo pasajero. Hablan del embarazo de Fulana y del casamiento de Mengana. De sus hijos y de lo que les dan de comer. De la herencia de la abuela y del alquiler del departamento… Los “reencontrados” son una sutil mezcla de presente y pasado… Todo termina cuando uno de ellos baja una o dos paradas antes a las del otro.
 Otro conjunto descomprimido del colectivo, es el de los “escolares”. Suben de a cuatro o cinco. Llevan uniformes y ocasionalmente, una carpeta tamaño rivadavia plagada de inscripciones.
Hablan de temas sin hilo conductor. Empiezan con la “prueba de historia” y terminan con la salida del sábado siguiente. Lo único que tienen en común es el monótono uniforme, que termina en mocasines negros… llenos de tierra.
 Luego aparecen “los cordiales caballeros”. Ellos en realidad, no suben nunca… o al menos no me los he cruzado.
 Los “agobiados”, jamás se encontrarán de pie. Al parecer crean un mecanismo protector mediante el cual se ven en el impedimento de levantarse de su asiento. Siempre están dormidos, pero nunca se pasarán de parada.
A veces me pregunto si los cordiales caballeros coinciden con los agobiados. Generalmente los agobiados pertenecen al género masculino.
Otra cuestión, es la cantidad de cosas que uno se entera viajando en colectivo, con el simple hecho de detenerse a leer los garabatos de su interior:
Entre otras cosas, supe que Vero es hincha de Belgrano. Que Pao está enamorada de Sergio. Que a Eve, le gusta la música de La Mona Jiménez. Que “La Negra y La Flaca” son amigas. Que barrio SEP manda, quién sabe sobre qué…
¿No es a caso el colectivo una fiel muestra de lo que somos?
En él, viajan el docente y el alumno.
El arquitecto y el albañil.
El universitario y el analfabeto.
El policía y el ladrón.
El empresario y el mendigo.
… Todos entrecruzados en el estrecho pasillo, sin percatarse del otro.
Ésa es nuestra cultura. Así somos. Antagónicos. Iguales y diferentes entre nosotros mismos.
El colectivo es el espejo de esta unidad.
Y allí estamos. Esperando en la misma fila. El mismo rumbo pero destinos totalmente distintos. Y eso somos.
Una triste mixtura de individuales y colectivos.
¿Irónico, no?

Luna

sábado, 23 de enero de 2010

Crónicas de un rincón: Laguna Marchiquita.

Ya llevamos dos horas de viaje. La ruta está casi vacía y el calor sofoca nuestra marcha.
Estamos entre el campo y el cielo.
Las nubes bajas se confunden entre las copas de los árboles, que ya comienzan a tomar el dorado tinte del otoño.
La soja sembrada, tiñe el camino de esperanza. Al este, ya diviso la laguna. Unos metros más, y vuelvo a perderla de vista. Ya huelo en el aire la llegada.
Según escucho, faltan aún alrededor de 15 minutos para llegar.
Un cartel nos da una extraña bienvenida: “Permitido sonreír y disfrutar”. Un trecho más, y encuentro un letrero aún más significante: “MIRAMAR”.
Hemos llegado. Estamos, al fin, en Marchiquita. Ansenuza, suelo de sanavirones, donde la sal penetra en la tierra y tatúa nuestra piel.
Hecho un vistazo y algo me cautiva llenándome de tristeza…
Tengo, literalmente, una ciudad completa debajo de mis pies.
En 1977, una inundación azotó la ciudad de Miramar, dejándola en ruinas y acabando con sus rincones más prestigiosos.
Ese lado de la costa se cubre de una alfombra de piedras y ladrillos, ocultándose bajo el polvo del olvido.
Otra vez aquí, la imagen latente de una América Latina antagónica: Riqueza y pobreza. Construcción y destrucción. Naturaleza y hombre… todo mezclado.
De aquel recoveco de Miramar, hoy solo quedan cicatrices que el tiempo dejó, junto a la cruel pisada del hombre.
Me llevo en las retinas una postal de la inmensidad. No sé dónde está el principio, ni tampoco el final.
El paseo continúa y la ruta va quedando atrás.
La tarde se extiende entre anécdotas.
La laguna y el misterio del barrio curativo siguen siendo la gran atracción.
Siete de la tarde.
El viento peina y despeina.
Parece que los segundos, han corrido apurados.
Nuevamente, se hace camino el andar.
El sol se cuela en un laberinto de nubes bajas, haciendo pinceladas de luz sobre los campos.
El punto infinito del horizonte comienza a azularse entre los árboles.
La flora se cubre bajo el oscuro manto de la noche y el cuarto creciente de la luna, despunta en la vastedad del firmamento.
La claridad finaliza, y ha dejado mis sentidos, calados de sal.



Stella Salerno

sábado, 9 de enero de 2010

Crónicas de un rincón: Estancia Santa Catalina

Hoy es uno de esos días en los que la realidad te da una cachetada y te hace caer en ella.
Hace poco se me ocurrió que por cada viaje realizado – a las Sierras de Córdoba o a la China- podría rescatar algo.
Algún detalle, alguna fragancia, alguna mirada.
La fotografía es una buena opción. Sí. Pero no alcanza. Porque no se ponen en juego los sentidos. Y para mí, aquella frase de “una imagen vale más que mil palabras” es tan inexacta como la relación entre el tiempo y el espacio.
¿Qué significado tendría ver un árbol, si no se supiera que ése árbol es un árbol? Pues ninguno.
Es la palabra, el lenguaje, lo que permite distinguir un árbol de una piedra. Y contemplarlo.
Y si la palabra puede designar todo esto… ¿por qué no utilizarla para plasmar un sentimiento, una sensación?
Dos domingos atrás, mi familia y yo salimos a distraernos un rato.
Fuimos para Jesús María. El día estaba especial para dar un paseo.
A mi mamá se le ocurrió que podríamos visitar la Estancia Jesuítica Santa Catalina.
Mi papá asintió y allá fuimos. Sin rumbo, porque no sabíamos cuál era la ubicación exacta de aquella histórica estación.
Cuando quise acordar, estábamos transitando una estrecha calle de tierra. Entre la lluvia y el sol.
A los costados, ni una casa, ni una señal de habitantes.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que al fin llegamos. Personalmente, se me hizo eterno el recorrido.
Bajar del auto significó poner los pies en el siglo XIX. Claro que no me refiero a la Estancia:
Alrededor de la finca, se encontraba el “centro del pueblo”. Un pueblo marcado por el incesante paso del tiempo, sin signo alguno de progreso.
A la derecha una comisaría, el dispensario y creo que un quiosco. No me acuerdo.
A l a izquierda, tres o cuatro ranchitos levantados con ladrillos, manchados de antigüedad.
Yo no estaba prestando atención al paisaje, al universo que me estaba regalando la visita.
Había inspeccionado la capilla de la hacienda y escuché hablar al guía de un montón de estupideces. No digo que haya mentido en su relato, pero me daba la sensación de que había aprendido un guión de memoria, cual un niño estudia las Máximas de San Martín: punto a punto. Sin comprender ni un poquito lo que decía.
En eso, levanté la vista.
Vi a una mujer como sacada de un cuento. Un cuento de abuelas y leyendas. Se asomó desde su casita humilde, con su pelo nevado y un mate entre sus manos.
Deduzco, dos semanas más tarde, que hace muchos años que vive allí; que sacarla de Santa Catalina sería como despojarla de su vida. Pero eso es hoy. En ese momento quedé atónita. Sólo callé.
Fue como si el tiempo se hubiese detenido.
Apuesto a que ninguno de los turistas que estaba entre nosotros se percató de su presencia. Portaban cámaras fotográficas, pero se limitaron a capturar la fachada de la estancia.
Ellos se llevan de recuerdo la estampa del edificio tan tosco, tan delicado… tan europeo.
Yo, en cambio, traigo en mis retinas la representación de una Córdoba, de una Argentina, de una América Latina, llena de ambigüedades, hoy representadas en una viejita pueblerina. Mañana, quién sabe… otro viaje lo dirá.
Lo cierto es que aquella anciana- sin tener idea de quién soy y de que alguna vez estuve pisando su tierra- hizo que me diera cuenta que más de una vez nos perdemos en la maravilla de lo evidente, sin mirar lo particular, el detalle… aunque el detalle sea solamente una parte del todo. Porque la estancia seguirá siendo estancia y estará siempre concurrida, por uno, dos o quizás cientos de turistas frívolos, que nunca se enterarán que en ese lugar hubo, alguna vez, una señora cuyas arrugas representan las medallas de la vida, con un mate entre sus manos y sus cabellos teñidos de esperanza.
Por eso quiero tomarme la labor de dibujar con palabras aquello que se ve, pero que paralelamente es tan invisible.
De la excursión a Santa Catalina, solo me quedan esos vagos recuerdos.
A partir de hoy, nada de lo que vea y observe, podrá escaparse a mis cinco sentidos.
Allí estaré para cristalizarlo en un simple papel.
Nadie me obliga. Lo hago porque es parte de mi crecimiento sensorial. Si me equivoco y esto no sirve de nada… ya lo juzgará el tiempo.


Luna.