martes, 27 de diciembre de 2011

Asesinar no es lo que mejor me sale




Cuando desperté la vi inmóvil al pie de mi cama. Tiesa. Brillante. Tersa de tanta sonrisa modelada. Qué espanto. 
Di dos parpadeos intencionales y por momentos quise que todo fuese una pesadilla. Lo intenté en vano. Sus ojos azules parecían mirarme desde el otro extremo. Vacíos. Muertos.
No sé por qué razón mi madre estaba tan feliz. La rubia, escultural y perfecta como siempre, yacía a poquitos centímetros de mí. Esbelta. Sexy. Puta.
Me levanté como pude del susto.  Me hice la valiente. El morbo fue más fuerte que yo.  Procedí.
Mi mamá me pedía que no le arruinara el pelo.  Que lo hiciera con cuidado. Le desaté las muñecas y los tobillos. Todavía me acuerdo con total claridad de la imagen.  Traté de pararla, pero la pobre se caía sin gracia. Quise sentarla. Tampoco pude. 
Era el mediodía y todavía no sabía qué hacer con la cadavérica mujer. Me sentía fuera del mundo, a pesar de que la orden era  considerarme una privilegiada. Tenía ocho años y  ya deambulaba errante por los pasillos de mi casa.  Jamás pensé que la adrenalina que proclamaba la tele me aburriría tanto.
Es que yo no quería. Debe haber sido un accidente.  Todavía no sé cuál fue el error: les dejé el pasto, los zapatos y el agua. Me porté bien en la escuela, en serio. Tal vez un par de malos gestos a la hora de hacer los deberes. No sé. No me acuerdo.
Pero yo no quería. Una Barbie era la última cosa con la que me hubiese gustado jugar. ¿¡Por qué a mí!?
La muy autosuficiente tenía vida propia. No me dejaba ser parte de su mundo rosa. Llegó a mí con su femenina profesión de veterinaria, aunque jamás  podría imaginarla hurgándole  las tripas a un sapo. Querer  jugar con ella era someterse a lo que venía escrito en su caja: Tomarla por los tobillos e inventar conversaciones, siempre dentro de  su prolijo consultorio de caniches. La maldita no me dejaba ser veterinaria a mí, ni tampoco me dejaba inventarle otros  diálogos. Yo sólo le ponía voz a sus labios inertes. La odiaba. No era parte de su vida.  No me necesitaba. Ni yo a ella. Todavía no comprendo la desesperación de algunas chicas por coleccionar esa monótona cara. Malvada. Soberbia. 
No quería lamentarme por ser una nena normal. Con rodillas prominentes y cachetes grandotes. Quería ser la protagonista de lo que dictaba mi imaginación, pero la muñeca gozaba de dejarme atrás de la escena. Osó dominarme. El impulso asesino se apoderó de mí en la pieza de los juguetes, bajo la luz de un sol débil de enero.  Traté de ahogarla. Flotó. Le corté el pelo. Quedó divina. La desnudé. Se burló.  
 Volví  a vestirla y la puse, de cabeza, en el último rincón de la caja (que a veces convertía en nave espacial) La abandoné para siempre. Asesinar no es lo que mejor me sale. Yo recurro al olvido. Creo que esa mañana de reyes, fue la primera vez que fingí felicidad.



@strellasalerno

martes, 22 de noviembre de 2011

Salvajes y Sociales

Mientras la novia lucía el fulguroso blanco, la abuela se velaba sola, con la piel blanca de tanta muerte.
Todo se desarrolló como estaba previsto. Nadie pudo frenar lo que había llevado más de un año de preparación. Mujeres de perlas imitadas, le daban a la noche un pigmento egocéntrico.
Esa tarde una manada de hipócritas decidió callar, e intentó enmudecer a todos los invitados de la fiesta, que serían – al otro día- los mismos que llorarían en el funeral.
Los niños, que apenas podían distinguir las piernas de sus madres debajo de los vestidos, fueron los más humanos en toda la situación. Se miraban a sí mismos y no se encontraban. No fingieron la sonrisa y tampoco podían entender ni la mitad de lo que les tocaba vivir: Sus padres los presentaban como trofeos ante los parientes viejos, quienes en pocas horas olvidarían la edad, el nombre e incluso el sexo de las pobres criaturas. Al día siguiente, el circo se repetiría, pero en vez de sidra, los padres serían felicitados con un brindis de café.
Los chicos son los más indefensos en todo evento social. No caben dudas de la crueldad a la que son sometidos sin vestigios de sentido. Se convierten de pronto en mascotas a las que se les pide que canten, o que hagan silencio, o que besen a una que otra mejilla por demás maquillada. Están desnudos ante tanta idiosincrasia de salón.
Son estos eventos los que les exigen a los adultos demostrar cuánto se han civilizado en la escuela de la vida. A los chicos, la civilización y los buenos modales no les interesa, porque no los necesitan.
Vals, música y regodeo coronaban la fiesta… y la abuela no se levantaba de ese mueble a medio abrir por el que tanto pagó, pero no pudo ver.
Toda una vida preocupándose por el lugar donde estaría cuando dejara de existir… ¿vale la pena estar sin ser? ¿Importa si es tierra o es nicho?
La sicodelia de una fiesta programada desvirtuaba la verdad de lo que ocurría y en la sala fría de una empresa funeraria, la abuela era la protagonista de una reunión inexistente y postergada.
Nadie recordó que se había preparado durante años para posar muerta ante quienes llegaran a certificar su partida. Nadie recordó que la vieja había soñado su velorio, incluso muchos años antes de enfermar. Sin embargo, el llanto, el café, los reencuentros y las malas lenguas, se reprogramaron para el día siguiente por la ridícula causa de una agenda ocupada.
La madrugada hizo lo suyo sobre los nietos, que debieron dejar la resaca guardada en un cajón. La instaurada naturaleza social les exigía cambiar el jolgorio por el rostro destruido por el escenario irreversible. Así lo requería el manual de instrucciones con el que crecieron, y que la propia abuela les enseñó.
El velorio siguió su cauce con la misma lógica del casamiento: Una reunión desdibujada, con parientes obligados y parientes cercanos. Invitaciones oficiales que habían empezado años antes, cuando la abuela asistía a todas las vigilias fúnebres: al concurrir, ponía en tácito compromiso a los familiares del difunto para que fueran a verla tiesa dentro del ataúd en el futuro.
No faltó la atención de privilegio, y nadie quedó sin probar el pastel que había sido fotografiado la noche anterior. Los chicos seguían jugando, como si las horas no hubiesen marcado el corte de un capítulo. El mismo olor a flores de la iglesia, repugnaba dentro de la sala. Peinados exuberantes y abrazos melancólicos simulaban tristeza y desencanto.
Naufragaban los recuerdos en palabras vacías, y los organizadores de ambos eventos fueron agraciados una y otra vez. Fiesta y velorio eran líneas perpendiculares con un punto en común: las dos reuniones celebraban la misma eternidad de maneras diferentes, sólo que la muerta podía esperar. Ahora le sobraba el tiempo.

@strellasalerno

sábado, 10 de septiembre de 2011

Como el agua

Insípido. Todo es insípido a mi alrededor.
Todo tiene el sabor de la mismísima nada.
Sin embargo, y aunque duela,
debo levantarme
a inventar aromas y gustos
para saciar
paladares ajenos.

lunes, 4 de julio de 2011

Sin título

Cuando las horas, apresuradas, no sepan hacia dónde ir;

Cuando la calma, silenciosa, abrume todos los sitios;

Cuando las luces, soberbias, oculten todas las sombras;

Allí estaré esperando tu pregunta,

para no darte una respuesta.

Allí estaré para inquietarte. Aún más.

Y seremos dos los ignorantes: Hasta que la muerte,

fría, blanca, inmóvil, nos encuentre cuestionándola.

@strellasalerno

viernes, 1 de julio de 2011

De Naranjas y Limones


Cada vez que me entrego a la desesperación y no soy capaz de escribir dos líneas, me doy cuenta de que no tengo por qué hacerlo, a menos que algo inesperado me suceda. Ésta es, quizás, la causa de estos renglones, que se niegan a salir de mi cabeza:
Es la primera vez que recibo un libro del propio autor. (No. En realidad es la segunda, pero el anterior venía de la mano de un político porteño, mezquino, que se aventuró a llenar páginas según su interés al corto plazo se lo dictó).
“A vos te tengo respeto”, le dije, cierto día, después de dos años de compartir las mismas cuatro paredes. Es que sus preguntas, sus comentarios, sus inquietudes siempre van más allá de lo que cualquier profesor estándar podría esperar. Ése es el problema: él no es estándar.
Esa primera conversación, se guardó para siempre en mi cerebro, y desde aquella vez, las charlas configuran más de tres oraciones que, según quien las escuche, pueden tener o no cierto sentido.
Se define a sí mismo como “un experimento cuyo resultado es forzosamente predecible”. Está loco y lo sabe. De predecible no tiene absolutamente nada. Dice que soy su única lectora, pero parece que el reinado se está acabando… su blog, a diferencia del mío, nació como un simple deber curricular, y se convirtió en una obra literaria del orden más perverso para los viejos lectores: el digital.
Sin embargo, cada prosa es una sorpresa, que, como diría mi viejo, “te la deja picando”.
Sabe que lo admiro, pero muy dentro suyo se debe reír cuando se me acaba el chamuyo, y no puedo responderle con la misma calidad con la que me habla. Sin embargo, atrás del groso, del escritor, del colega, está el amigo que reniega de las patéticas cenas familiares, y sueña con un viaje sin itinerario. Toca la guitarra, y- como yo- nada en contra del cardumen. “Escribe con la derecha, pero piensa con la izquierda”. Pasa desapercibido. Usa ropa de marca, y lo admite. Conoce a Dussel como a su hermano, y puede saltar de una conversación sobre política, a una descarada crítica a quien no le cae bien. Sin escalas.
Más que un amigo, creo que convivo con un Problema Mayúsculo. Y me encanta.

@strellasalerno

martes, 7 de junio de 2011

7 de junio: Día del Periodista

Tuve un sueño en blanco y negro. Había un soldado empedernido en medio de una guerra irreal. Sólo él era partícipe de las luchas. Sin aliento, corrió hacia donde estaba el Teniente General. Le recitó una lista con los muertos que sumó, otra con los civiles que capturó y otra, con los inocentes a los que señaló.
El Teniente, incrédulo, le pidió pruebas de lo que decía. El soldado contó los detalles de cada momento que enumeró y aunque su uniforme era un harapo y tenía huellas de trabajo meticuloso, el Teniente, no le creyó.
El soldado, que sin embargo resistió a la mirada soberbia del jefe, volvió al campo de batalla que, esta vez, no estaba desierto. Había otros cientos de soldados, idénticos a él, que buscaban algo. Quién sabe qué. Todos eran iguales, como si una serie de espejos se hubiesen convertido en muros.
El soldado, observó con desconfianza la situación pero no se detuvo con cuestionamientos. Siguió mirando a su alrededor, persiguiendo los rastros de lo que había hecho antes.
Luego de horas y horas de estar tras una pista que ya se había esfumado en el recuerdo, el soldado volvió con el Teniente. Pero ahora, antes que él, había una fila interminable de perfecta simetría.
Los soldados que lo precedían, salían con los rostros satisfechos de aquella oficina. Quizás sintiendo que el Teniente, oyó lo que deseaba.
Cuando llegó el turno del soldado, el Teniente denotaba cansancio en su postura. Antes de empezar a hablar, el jerárquico se anticipó y dijo:
-Soldado, sus compañeros ya trajeron lo que le pedí a usted. Espero que haya vuelto con una novedad.
En ese momento, el sueño se volvió una nebulosa, y desperté sin entender demasiado. La radio anunciaba mi nueva jornada:
- “Un hombre muere acribillado en la puerta de su casa, confirmó el jefe de la Policía de la Provincia. Vea las imágenes en www.nuestraradio.com”.
Entonces descubrí, que mi sueño era un mensaje de mi inconsciente, y el blanco y negro de las imágenes que mi cabeza inventó, se tiñó de amarillo apenas regresé de mi sopor.
Entendí que soy soldado de mi propia guerra, y el Teniente espera, hambriento, una voz más importante que la mía. Y en esta lucha invisible que todos ignoran, hay miles y miles de soldados igualitos, que automatizan cada uno de sus movimientos para que el Teniente se sienta satisfecho. Aunque el campo de batalla esté vacío, la competencia se filtra por los poros, la palabra es el arma más poderosa, y el canibalismo periodístico es más fuerte que cualquier cañón.
¡Feliz día, sodados y tenientes! Brindo por todos aquellos que se ponen al hombro la profesión. Para que el periodismo siga siendo “el oficio más hermoso del mundo”.

@strellasalerno

lunes, 18 de abril de 2011

Reality


Todos entran con la misma promesa: ganarse al público pasivo, y quedarse con el premio mayor.
En primeros términos no hay enemigos. Cada quien arma su estrategia de la manera más conveniente de acuerdo a la situación. De este lado, no queda más que sentarse a esperar que el juego adquiera adrenalina. Al principio, todas son caras bonitas.
Dicen que soy parte, pero apenas me siento una tercera persona que cree que está observándolo todo. Hay un líder al que algunos atrevidos ya le atribuyen la gloria.
El paso del tiempo es clave, y las imágenes menos significantes irán desapareciendo de la escena. No obstante continuarán teniendo voz y voto hasta el veredicto final. Quizás, no tienen nada interesante que ofrecerle al pobre tipo esperanzado que los mira a través de la pantalla. Así, se ocupan en descalificar a los que aún se encuentran en la cruda disputa.
Los medios mienten y con imprudente cinismo alegan imparcialidad: cambian el protagonista de la competencia según les parece, y yo me encuentro cruzando de una vereda a la otra sin saber qué elegir. Sin ruta. Ambos me parecen interesantes. Sin embargo, no quiero ir en contra de mi primera convicción. A continuación, aparece en el acto un personaje inesperado, que le hará temblar los cimientos al cabecilla del grupo.
Cada fanático con su pancarta espera ser reconocido con algún comentario inútil, para gritar algo improductivo (quizás con el afán de sentirse una pieza importante en esta hipocresía que parece estar desarmada). El frenesí es pasajero, y durará hasta que el juego se repita, con otros nombres y destrezas que aún no imaginamos.
El día del show las cámaras sólo enfocan la pulcritud de una esquina, y atrás queda la mugre del día a día. Cara a cara, todos resaltan las miserias de los otros, o se halagan entre sí. Algunos miran a las cámaras y hacen guiños, tratando de buscar complicidad. Otros, simplemente miran la punta de sus zapatos. Por supuesto: todos peinados y exageradamente maquillados.
Algunos cobardes, incompetentes abandonan la partida, por temor a la derrota. Otros se van y vuelven para cambiar el discurso o limarle las asperezas, según el público lo necesite.
La carrera ya está en marcha, y del gran número del principio, sólo quedarán unos pocos (que entran en los dedos de una mano). Parece que habrá que elegir entre varios, pero en realidad sólo serán dos (ya sabemos quiénes) los que lleven la contienda. Frente a las cámaras se felicitarán, pero después festejarán o llorarán desde el egoísmo. Perder es feo, pero salir segundo es mucho peor.
La competencia es sucia y descarada. Las miserias humanas salen a la luz a lo largo del proceso. Las pasiones se reprimen. Se muestra el sexo, se oculta el baño. Sin embargo yo sigo ahí atrás, tratando de interpretar la realidad virtual. Violencia, ironía, maldad, alianzas y desalianzas, envidia, miedo, egoísmo, soberbia, interés. Todo vale. Como en la guerra y en el amor.
Señores: La campaña electoral del 2011 ya comenzó.

@strellasalerno