Entre los cerros más altos de un lugar no tan lejano, se esconde un lago cristalino. Los pájaros, tan marrones como la misma tierra, admiran la majestuosidad de su plumaje al reflejarse en las aguas. Al pie de las montañas existe un pueblo milenario, tan antiguo como el tiempo, cuyos hombres y mujeres son del color del maíz.
La más pura mujer es Aviayala, hija de Pacha – la tierra- y el sol, Inti. La joven tiene dos hermanas menores, Uma y Wayra , a quienes ha instruido para valorar todo lo bello que vive a su alrededor.
A Uma, le enseñó a cuidar el agua. Cada mañana, al despertar, la niña toma del lago sólo lo que necesita. Se lava la cara, bebe, o se da un chapuzón, y deja que sus vecinos también gocen de la claridad y la pureza de aquello que la naturaleza les ha brindado.
Wayra, aprendió a custodiar el aire, y disfruta de cada bocanada de las brisas del atardecer.
El pueblo conoce a Aviayala, y Aviayala entiende a su gente.
Para Aviayala, Pacha es lo más importante y la respeta desde lo más sagrado porque es la mujer más vieja de la comunidad. Nació junto con las montañas y las llanuras. Ella le ha revelado a Aviayala todos sus secretos. Su sabiduría no tiene límites y es la madre de todo lo que existe en los contornos de la magnífica aldea.
El poblado no tiene reyes, ni reinas. No hay jerarquías, excepto por Pacha, de quien depende que los frutos crezcan y los animales se fortalezcan.
La comunidad trabaja igualitariamente y comparten lo que se obtiene de las cosechas. Aviayala es feliz realizando la labor bajo los ojos dorados de su padre, Inti.
Pacha brinda, a cambio del respeto que le tienen, su mejor provecho de maíz y papa.
Una tarde tibia, Aviayala salió a dar un paseo junto a sus hermanas. Las montañas ofrecían su fresca custodia al lago, cuando a lo lejos Aviayala vio a una llama hambrienta, y al ver su tristeza, le tendió un ramo de hierbas, que el animal devoró rápidamente.
Casi al mismo tiempo, Uma, detectó que un pececito se había estancado entre dos piedras del lago y, sin pensarlo, lo ayudó a salir.
Wayra tenía la mirada suspendida en un punto lejano del horizonte. Aviayala y Uma notaron que su hermana estaba sorprendida por algo.
De pronto, una sombra apareció desde el este de las montañas. Las hermanas quedaron atónitas. Ninguna pudo explicarse cómo fue que apareció.
La sombra tenía la forma de un hombre, pero no se le veía el rostro y a penas se distinguía entre los montes.
Aviayala, buscando proteger a sus hermanas, dio un paso adelante y preguntó:
-¿Quién eres?
La sombra, respondió en una lengua extraña, y las hermanas no pudieron entender lo que les dijo. Las jóvenes intentaron presentarse ante aquella extraña figura, y ofrecieron así su confianza.
Sin embargo, la sombra las nombraba repitiendo una palabra que ellas no conocían. Luego de un instante de mutua incomprensión, Aviayala, con cierta inocencia, tomó de la mano a las niñas y se alejó del lugar, con algunos gestos de curiosidad.
La sombra quedó sola y asumió que Aviayala, sus hermanas, y quizás toda la comunidad podrían serle útiles para algo.
Al día siguiente, Aviayala comentó a Pacha lo que les había ocurrido.
- Hija, desde que existo, nunca antes había oído de algo similar. Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz.
Aviayala se quedó pensando lo que la Madre Tierra le había dicho e invitó a sus hermanas a caminar por las orillas del lago. Mientras Uma y Wayra, correteaban tratando de imitar el aleteo del cóndor, Aviayala, sentada sobre una gran roca pensaba en la enigmática figura que la había sorprendido la tarde anterior.
De repente, el lago oscureció, y la noche se posó sobre él. Y una sombra, que había tomado la forma de una figura humana, apareció desde el este de las montañas.
Aviayala la invitó a conocer la comunidad, creyendo que ésta era la mejor manera de brindarle su confianza.
La sombra miró la tierra, y en seguida pensó que con ella podría obtener las mejores frutas. Miró el agua, y con la imaginación colocó botes para pescar todo lo que desease. Miró los cerros y pretendió encontrar los metales más relucientes. Vio en la docilidad y pureza de los hombres la perfecta estrategia para lograr su cometido. Y así, contaminó el aire con sus ideas más egoístas.
Aviayala observó que la sombra caminaba desorientada por la fertilidad de la tierra y miraba con detenimiento cada rincón natural.
La silueta comenzó a colarse entre las familias del pueblo. Los habitantes le brindaron lo que tenían y compartieron todo con la inexacta fisonomía, que se había instalado entre ellos.
Por primera vez después del fugaz episodio, Aviayala salió a recorrer el lugar y experimentó una sensación de vacío.
Dio un vistazo a su alrededor, y se encontró con una mezcla de amargura y soledad.
La sombra había hecho estragos con la tierra. Las cosechas se habían terminado de repente. El agua había perdido el color de los cristales. Los habitantes del pueblo estaban desgastados por el trabajo. Los niños dejaron de ser niños para convertirse en esclavos. Otros, jamás llegaron a conocer la magia de la infancia, por las crueldades que la sombra cometió.
Muchos eran los que habían desaparecido. La sombra multiplicó su tamaño y dejó en penumbras a la comunidad.
Uma y Wayra, se enfermaron. Pacha no pudo hacer nada por ellas, y al poco tiempo murieron. Aviayala seguía desconcertada. Ella no podía entender el lenguaje de la sombra, pero pronto, el resto de los habitantes comenzó a interpretarla.
Aviayala fue testigo de la forma en que las personas que vivían al pie del cerro, repetían lo que la sombra decía, como si un hechizo eterno se hubiese apoderado de ellos.
La sombra se regocijaba de lo que estaba logrando. Aviayala estaba triste y no encontraba la manera de frenar el poder con que la sombra se había apropiado del pueblo.
Lentamente, la figura comenzó a hacerle creer a la comunidad que era pequeña e insignificante. Les arrancó el nombre y lo cambió por esa palabra que repetía sin cesar para tratar de comunicarse con Aviayala.
Les hizo olvidar sus costumbres. Los años pasaban y los nuevos habitantes eran parte de la nueva población, que había nacido bajo la oscuridad de la sombra.
Ellos jamás cuestionaron su presencia y no sabían que, anteriormente, la vida en el pueblo era diferente. De esa manera, comenzaron a tratar a sus predecesores como desiguales, sin saber que el pasado aún vivía en ellos.
Pacha seguía siendo para Aviayala, ya envejecida, lo más importante. No así para los nuevos hombres de la región. La sombra había ocultado a la naturaleza tras mantos de progreso, y ya no quedaba en la tierra un lugar sin explotar: el suelo estaba desvastado; el lago ya no era el refugio de la luna en las noches, y el aire olía a indiferencia.
La sombra convirtió, entre otras cosas, a la mazorca en pequeñísimas bolsas de maíz. Los jóvenes la veneraban como si ésta hubiese hecho algún tipo de inexplicable milagro.
La comunidad era cada vez más egoísta y los valores que la historia del milenario pueblo defendía, quedaron en el olvido.
Aviayala gritaba a los cuatro vientos lo que ocurría. Pero la sombra había negado a la antigua mujer, y los pobladores no entendían la vieja lengua, que conservaba la memoria que el resto había perdido. El silencio comenzó a apoderarse de las pocas voces que aún querían hacerse escuchar.
La sombra crecía desmesuradamente, y el poblado cada vez poseía menos libertad.
Aviayala, que tenía hijos incrédulos y controlados por el dulce y falso discurso esperanzador de la sombra, seguía buscando una respuesta.
Una madrugada, Aviayala se sentó a mirar el sol nacer. Inti, que aparecía desde lo más profundo del oriente, comenzaba a inmiscuirse entre los rincones del pueblo. La añeja mujer pensó en aquello que Pacha le había expresado cuando la sombra apareció por primera vez:
“Ante todo, deberás descubrir el mensaje. Pero no olvides que la sombra, no es más que la ausencia de luz”.
La solución siempre había estado allí: la única manera de reducir la sombra era mediante la luz. No se trataba de hacerla desaparecer, porque la silueta ya era parte de la comunidad, sino de disminuirla para reivindicar lo que el pueblo había dejado tan atrás, y volver a enseñar aquello que estaba oculto en el regazo de Pacha.
Aviayala invocó a su madre Tierra y a su padre Sol para que éstos le aconsejaran cómo luchar contra una realidad evidente.
Fue así como, durante el día, Aviayala sintió que su misión estaba comenzando, y que el mensaje que debía descifrar, era la salvación de su pueblo.
La mujer llamó a sus hijos y los sentó a su alrededor. Ellos, expectantes, escucharon lo que su madre tenía para decirles: Les habló sobre el pueblo en el pasado, la abundancia de alimentos y la majestuosidad de las montañas; de Pacha y su sabiduría; del tamaño del lago y de sus hermanas olvidadas.
Los jóvenes, estaban sorprendidos por lo que oían. Lentamente comprendieron que la sombra no era parte de la comunidad, sino que había aparecido desde el este para modificar la antigua vida. La sombra no estaba en la magia de la historia pasada y no existía en la sabiduría de la tierra. El pueblo tampoco se llamaba como ellos creían, sino que durante toda la vida se habían limitado a repetir la palabra que la sombra articulaba cuando vio a Aviayala y sus hermanas por primera vez: América.
A partir del relato, los hijos, sorprendidos, aceptaron su pasado y decidieron ser parte de la misión de Aviayala para resurgir la milenaria cultura.
En el momento en que los hijos de Aviayala tomaron conciencia, la sombra disminuyó levemente su tamaño.
Los jóvenes cambiaron sus actos, y comenzaron a valorar la naturaleza.
El resto de la comunidad estaba intrigada y no podía entender el cambio de hábito en la familia de Aviayala.
Fue así como los pobladores se acercaron a preguntar lo que ocurría, y los hermanos explicaban pausadamente el relato de Aviayala.
Cada vez que un habitante entendía que estaba viviendo en penumbras, la sombra perdía un poco más su imponente tamaño.
Aviayala supo que las esperanzas aún no se habían apagado por completo.
Pronto, las voces que el tiempo había silenciado, comenzaron a alumbrar el pueblo.
Aviayala y su generación, se animaron a contar sus historias y a compartir sus conocimientos.
La sombra no ha desaparecido, porque es parte de la historia, pero el pueblo de Aviayala está recuperando su identidad.
Stella-
Soy una más de ese montón de bohemios que tienen el afán de explicarle al mundo que son las palabras su único eje de rotación.
viernes, 27 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
Quizás
Quizás mi amigo tenía razón. En el primerísimo instante en que me pasaron las cosas, tendría que haberlas escrito. Tal vez ahora se me escape algún detalle, pero voy a tratar de precisar aquella noche extraña, que me dejó pensando más de un día completo.
Era 25 de junio. El invierno hacía sus chasquidos en mis huesos. Mi amiga me había avisado que su hijita estaba a punto de nacer.
Fui a la clínica donde aquel rito de vida se estaba preparando. Yo pensé que, para el momento en que llegué, ella ya estaría con Delfina en sus brazos, dándole la teta, o algo por el estilo.
Pregunté en la guardia. Di su apellido y me mandaron a una habitación. No estaba. Era otra Escudero la que había terminado de sufrir los dolores de las parturientas, esos que se olvidan en el momento en que una mujer de pronto se convierte en dos personas.
En la oficina donde pregunté por mi pelirroja amiga, había, entre otras miles de imágenes, una que llamó mi atención. O, por lo menos una en la que fijé la vista por unos segundos: La Madre Teresa de Calcuta. Con sus manitos arrugadas y su mirada noble, siempre dispuesta a dar sin recibir.
No le di mayor relevancia, porque esos lugares tienden a estar empapelados con figuras donde los creyentes depositan su fe.
Pasaron como dos horas cuando, en el primer piso, escuché un sonido que se metió por mis oídos, sacudió mi cuerpo y se estancó para siempre en mi corazón: Delfina había nacido y yo había sido fiel testigo de su primer llanto en este mundo de hipócritas reidores…
No puedo explicar la mezcla de sensaciones, ni mucho menos todo aquello que estaba impreso en los rostros de los familiares de mi amiga… Ver ese cuerpito frágil e indefenso me hizo dar cuenta de lo pequeñísimos que somos, ante un universo desmesurado.
En fin. Con una alegría invasiva, me fui de la clínica, esperando a que llegara la próxima vez para ver a aquella cápsula de ternura.
De camino a la parada del colectivo, observé que una mujer tropezó, perdió el equilibrio y casi cae. Me acerqué a preguntarle si estaba bien. Me dijo que sí, pero me pidió afirmarse en mi brazo para transitar “segura” por una de las tantas calles irregulares que tiene mi ciudad.
Lucía un tapado rojo, largo hasta los pies. Tenía el pelo platinado, corto y recogido con hebillas invisibles.
A primera vista me pareció una mujer culta, refinada, con una historia para contar.
Me dijo que iba al teatro, porque quería despejarse de sus problemas. Éste se encontraba a dos cuadras del sitio donde el destino – quizás- puso a esta mujer frente a mí. Este trayecto fue corto, pero estoy segura de que fue uno de los más intensos de mi vida.
Me halagó. Se sorprendió de que una persona joven la ayudase y la acompañase sin interés ni aquejándose.
Se detuvo en la esquina para mirarme a los ojos. Tenía el iris del color del agua. Me pidió que, si algún día la volvía a cruzar, por favor la saludase. Como si me conociese de toda la vida, me tomó las manos y me dijo:
-Stella, en los años que tengo, he aprendido algo: “Si la vida te trae problemas para caminar, usa bastón pero no detengas”. Yo soy como el ave Fénix.
Me impactó. La frase era, nada más y nada menos que de la Madre Teresa de Calcuta.
Otra vez, visitó mis pensamientos sin que me diera cuenta. En seguida pensé en las extrañas casualidades que a veces nos llevan a interesarnos en algo o alguien.
De aquella enigmática mujer, solitaria y con seis bisnietos en la lista de sus alegrías, sólo sé que se llama Olga, y que, si la vuelvo a ver, debo saludarla.
No lo dudo… ¡¡¡Me quedé con tantas ganas de seguirle preguntando cosas!!! Lástima que la función del teatro estaba a punto de comenzar.
Sólo espero volver a estar en el sitio correcto, al momento correcto. En algunas ocasiones, las relaciones de espacio y de tiempo son más complejas de lo que ya lo son.
Llegué, finalmente, a la parada del colectivo. Ya quería estar en casa para contarle a mi madre cuánto había pesado Delfina y la manera en que Olga había confiado en mí.
A veces pienso que las cosas pasan por alguna inexplicable razón… Otras, sólo me limito a creer que las casualidades son un mero producto del azar, o una cadena con eslabones que uno mismo ata forzosamente en la imaginación.
Cuando el colectivo llegó, busqué inmediatamente un asiento. En la parada siguiente a la que ascendí, subieron un hombre y una mujer. Tenían una especie de credencial hecha artesanalmente prendida al lado izquierdo de su pecho.
Lo primero que pensé fue que iban a pedir dinero o a vender algún que otro film copiado de forma ilegal, al precio en que los usuarios de este tipo de transporte público podemos pagar.
Una vez más, estuve equivocada. La pareja habló de una organización no gubernamental que necesitaba alimentos para un comedor infantil. A cambio de ser receptores de su mensaje solidario, la mujer, de tez morena y cabello enrulado, dejó en nuestras manos un papel que contenía un mensaje. En la carilla, estaba el dibujo de una palomita, y abajo, había una inscripción que coincidía con el pedido del que habían hablado:
“Una gota de agua no es mucho para el océano, pero sin esa gota, el océano carecería de algo”. Mi sorpresa fue mayor, cuando descubrí impresa la firma de aquella inscripción: La Madre Teresa de Calcuta, otra vez naufragaba entre los pensamientos de alguien quien nunca se había cuestionado de su existencia.
La paranoia ya se había apoderado de mi mente aquella tarde… trataba de descifrar el mensaje, si es que lo había, uniendo cabos y sacando conclusiones que ni yo puedo recordar.
Llegué atónita. Le conté a mi madre aquella odisea de azares y casualidades. Empecé por Delfina, seguí con Olga y terminé con la pareja del ómnibus. Tenía la prueba concreta del papelito, que aún conservo entre ese rejunte de cosas que guardo quién sabe para qué.
Mi día había sido bastante largo, así que decidí revisar mi casilla de correo electrónico, para luego bañarme e irme a dormir.
Abrí los mails y, entre la larga lista de no leídos, había uno cuyo remitente no recuerdo.
Cuando vi que existía un archivo adjunto de diapositiva, llamé a mi mamá para que lo viera conmigo, porque sé que a ella le gusta compartir este tipo de mensajes que la gente manda cuando no tiene otra cosa que hacer.
El mensaje empezó con unas imágenes de La Pasión de Cristo, así que no le estaba prestando atención a lo escrito. Pronto noté que el mensaje tenía cierta profundidad que algún malentendido relacionó directamente con la religión cristiana.
No sé cómo seguir contando. Supongo que es imaginable la autoría de aquella prosa que había llegado a mí digitalmente…
Me pregunto qué hubiese pasado si hubiese salido unos minutos más tarde de la clínica…
Tal vez, la mujer ya habría llegado al teatro, el colectivo pasaría antes de que yo llegara y aquel mail se instalaría en mi lista de correo basura.
O, si yo hubiese hablado con mi amiga antes de llegar, hubiera sabido en qué habitación estaba y jamás habría visto la imagen de la monja. Si salía antes, yo hubiese caminado delante de la mujer y jamás hubiese notado su tropezón, simplemente porque iba detrás de mí.
Si me hubiese quedado esperando el colectivo que paraba frente a la clínica, no me habría encontrado con la mujer nunca, ni hubiese coincidido mi transporte con el de la pareja del papelito.
Si no hubiese ayudado a la mujer, a pesar de verla tropezar, no sabría ni su nombre y tal vez hoy ya habría olvidado el episodio.
Lo cierto es que la historia sucedió dejando inciertos matices en mi memoria.
Aún no descifré el mensaje. O sí: Mis abuelos maternos le pusieron fin a una bella historia de la manera menos creíble: Quince días después del enredo de señales y casualidades, cerraron sus ojos para siempre, y se fueron juntos de este mundo indeciso.
El secreto: cuando empecé a escribir esto, aún no imaginaba el descenlace.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Madre Teresa? ¿Destino? ¿Amor?
Quién sabe. El misterio es parte de la historia. La muerte, es un acontecimiento pasajero.
Luna. Stella.
Era 25 de junio. El invierno hacía sus chasquidos en mis huesos. Mi amiga me había avisado que su hijita estaba a punto de nacer.
Fui a la clínica donde aquel rito de vida se estaba preparando. Yo pensé que, para el momento en que llegué, ella ya estaría con Delfina en sus brazos, dándole la teta, o algo por el estilo.
Pregunté en la guardia. Di su apellido y me mandaron a una habitación. No estaba. Era otra Escudero la que había terminado de sufrir los dolores de las parturientas, esos que se olvidan en el momento en que una mujer de pronto se convierte en dos personas.
En la oficina donde pregunté por mi pelirroja amiga, había, entre otras miles de imágenes, una que llamó mi atención. O, por lo menos una en la que fijé la vista por unos segundos: La Madre Teresa de Calcuta. Con sus manitos arrugadas y su mirada noble, siempre dispuesta a dar sin recibir.
No le di mayor relevancia, porque esos lugares tienden a estar empapelados con figuras donde los creyentes depositan su fe.
Pasaron como dos horas cuando, en el primer piso, escuché un sonido que se metió por mis oídos, sacudió mi cuerpo y se estancó para siempre en mi corazón: Delfina había nacido y yo había sido fiel testigo de su primer llanto en este mundo de hipócritas reidores…
No puedo explicar la mezcla de sensaciones, ni mucho menos todo aquello que estaba impreso en los rostros de los familiares de mi amiga… Ver ese cuerpito frágil e indefenso me hizo dar cuenta de lo pequeñísimos que somos, ante un universo desmesurado.
En fin. Con una alegría invasiva, me fui de la clínica, esperando a que llegara la próxima vez para ver a aquella cápsula de ternura.
De camino a la parada del colectivo, observé que una mujer tropezó, perdió el equilibrio y casi cae. Me acerqué a preguntarle si estaba bien. Me dijo que sí, pero me pidió afirmarse en mi brazo para transitar “segura” por una de las tantas calles irregulares que tiene mi ciudad.
Lucía un tapado rojo, largo hasta los pies. Tenía el pelo platinado, corto y recogido con hebillas invisibles.
A primera vista me pareció una mujer culta, refinada, con una historia para contar.
Me dijo que iba al teatro, porque quería despejarse de sus problemas. Éste se encontraba a dos cuadras del sitio donde el destino – quizás- puso a esta mujer frente a mí. Este trayecto fue corto, pero estoy segura de que fue uno de los más intensos de mi vida.
Me halagó. Se sorprendió de que una persona joven la ayudase y la acompañase sin interés ni aquejándose.
Se detuvo en la esquina para mirarme a los ojos. Tenía el iris del color del agua. Me pidió que, si algún día la volvía a cruzar, por favor la saludase. Como si me conociese de toda la vida, me tomó las manos y me dijo:
-Stella, en los años que tengo, he aprendido algo: “Si la vida te trae problemas para caminar, usa bastón pero no detengas”. Yo soy como el ave Fénix.
Me impactó. La frase era, nada más y nada menos que de la Madre Teresa de Calcuta.
Otra vez, visitó mis pensamientos sin que me diera cuenta. En seguida pensé en las extrañas casualidades que a veces nos llevan a interesarnos en algo o alguien.
De aquella enigmática mujer, solitaria y con seis bisnietos en la lista de sus alegrías, sólo sé que se llama Olga, y que, si la vuelvo a ver, debo saludarla.
No lo dudo… ¡¡¡Me quedé con tantas ganas de seguirle preguntando cosas!!! Lástima que la función del teatro estaba a punto de comenzar.
Sólo espero volver a estar en el sitio correcto, al momento correcto. En algunas ocasiones, las relaciones de espacio y de tiempo son más complejas de lo que ya lo son.
Llegué, finalmente, a la parada del colectivo. Ya quería estar en casa para contarle a mi madre cuánto había pesado Delfina y la manera en que Olga había confiado en mí.
A veces pienso que las cosas pasan por alguna inexplicable razón… Otras, sólo me limito a creer que las casualidades son un mero producto del azar, o una cadena con eslabones que uno mismo ata forzosamente en la imaginación.
Cuando el colectivo llegó, busqué inmediatamente un asiento. En la parada siguiente a la que ascendí, subieron un hombre y una mujer. Tenían una especie de credencial hecha artesanalmente prendida al lado izquierdo de su pecho.
Lo primero que pensé fue que iban a pedir dinero o a vender algún que otro film copiado de forma ilegal, al precio en que los usuarios de este tipo de transporte público podemos pagar.
Una vez más, estuve equivocada. La pareja habló de una organización no gubernamental que necesitaba alimentos para un comedor infantil. A cambio de ser receptores de su mensaje solidario, la mujer, de tez morena y cabello enrulado, dejó en nuestras manos un papel que contenía un mensaje. En la carilla, estaba el dibujo de una palomita, y abajo, había una inscripción que coincidía con el pedido del que habían hablado:
“Una gota de agua no es mucho para el océano, pero sin esa gota, el océano carecería de algo”. Mi sorpresa fue mayor, cuando descubrí impresa la firma de aquella inscripción: La Madre Teresa de Calcuta, otra vez naufragaba entre los pensamientos de alguien quien nunca se había cuestionado de su existencia.
La paranoia ya se había apoderado de mi mente aquella tarde… trataba de descifrar el mensaje, si es que lo había, uniendo cabos y sacando conclusiones que ni yo puedo recordar.
Llegué atónita. Le conté a mi madre aquella odisea de azares y casualidades. Empecé por Delfina, seguí con Olga y terminé con la pareja del ómnibus. Tenía la prueba concreta del papelito, que aún conservo entre ese rejunte de cosas que guardo quién sabe para qué.
Mi día había sido bastante largo, así que decidí revisar mi casilla de correo electrónico, para luego bañarme e irme a dormir.
Abrí los mails y, entre la larga lista de no leídos, había uno cuyo remitente no recuerdo.
Cuando vi que existía un archivo adjunto de diapositiva, llamé a mi mamá para que lo viera conmigo, porque sé que a ella le gusta compartir este tipo de mensajes que la gente manda cuando no tiene otra cosa que hacer.
El mensaje empezó con unas imágenes de La Pasión de Cristo, así que no le estaba prestando atención a lo escrito. Pronto noté que el mensaje tenía cierta profundidad que algún malentendido relacionó directamente con la religión cristiana.
No sé cómo seguir contando. Supongo que es imaginable la autoría de aquella prosa que había llegado a mí digitalmente…
Me pregunto qué hubiese pasado si hubiese salido unos minutos más tarde de la clínica…
Tal vez, la mujer ya habría llegado al teatro, el colectivo pasaría antes de que yo llegara y aquel mail se instalaría en mi lista de correo basura.
O, si yo hubiese hablado con mi amiga antes de llegar, hubiera sabido en qué habitación estaba y jamás habría visto la imagen de la monja. Si salía antes, yo hubiese caminado delante de la mujer y jamás hubiese notado su tropezón, simplemente porque iba detrás de mí.
Si me hubiese quedado esperando el colectivo que paraba frente a la clínica, no me habría encontrado con la mujer nunca, ni hubiese coincidido mi transporte con el de la pareja del papelito.
Si no hubiese ayudado a la mujer, a pesar de verla tropezar, no sabría ni su nombre y tal vez hoy ya habría olvidado el episodio.
Lo cierto es que la historia sucedió dejando inciertos matices en mi memoria.
Aún no descifré el mensaje. O sí: Mis abuelos maternos le pusieron fin a una bella historia de la manera menos creíble: Quince días después del enredo de señales y casualidades, cerraron sus ojos para siempre, y se fueron juntos de este mundo indeciso.
El secreto: cuando empecé a escribir esto, aún no imaginaba el descenlace.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Madre Teresa? ¿Destino? ¿Amor?
Quién sabe. El misterio es parte de la historia. La muerte, es un acontecimiento pasajero.
Luna. Stella.
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