Ya llevamos dos horas de viaje. La ruta está casi vacía y el calor sofoca nuestra marcha.
Estamos entre el campo y el cielo.
Las nubes bajas se confunden entre las copas de los árboles, que ya comienzan a tomar el dorado tinte del otoño.
La soja sembrada, tiñe el camino de esperanza. Al este, ya diviso la laguna. Unos metros más, y vuelvo a perderla de vista. Ya huelo en el aire la llegada.
Según escucho, faltan aún alrededor de 15 minutos para llegar.
Un cartel nos da una extraña bienvenida: “Permitido sonreír y disfrutar”. Un trecho más, y encuentro un letrero aún más significante: “MIRAMAR”.
Hemos llegado. Estamos, al fin, en Marchiquita. Ansenuza, suelo de sanavirones, donde la sal penetra en la tierra y tatúa nuestra piel.
Hecho un vistazo y algo me cautiva llenándome de tristeza…
Tengo, literalmente, una ciudad completa debajo de mis pies.
En 1977, una inundación azotó la ciudad de Miramar, dejándola en ruinas y acabando con sus rincones más prestigiosos.
Ese lado de la costa se cubre de una alfombra de piedras y ladrillos, ocultándose bajo el polvo del olvido.
Otra vez aquí, la imagen latente de una América Latina antagónica: Riqueza y pobreza. Construcción y destrucción. Naturaleza y hombre… todo mezclado.
De aquel recoveco de Miramar, hoy solo quedan cicatrices que el tiempo dejó, junto a la cruel pisada del hombre.
Me llevo en las retinas una postal de la inmensidad. No sé dónde está el principio, ni tampoco el final.
El paseo continúa y la ruta va quedando atrás.
La tarde se extiende entre anécdotas.
La laguna y el misterio del barrio curativo siguen siendo la gran atracción.
Siete de la tarde.
El viento peina y despeina.
Parece que los segundos, han corrido apurados.
Nuevamente, se hace camino el andar.
El sol se cuela en un laberinto de nubes bajas, haciendo pinceladas de luz sobre los campos.
El punto infinito del horizonte comienza a azularse entre los árboles.
La flora se cubre bajo el oscuro manto de la noche y el cuarto creciente de la luna, despunta en la vastedad del firmamento.
La claridad finaliza, y ha dejado mis sentidos, calados de sal.
Stella Salerno
Soy una más de ese montón de bohemios que tienen el afán de explicarle al mundo que son las palabras su único eje de rotación.
sábado, 23 de enero de 2010
sábado, 9 de enero de 2010
Crónicas de un rincón: Estancia Santa Catalina
Hoy es uno de esos días en los que la realidad te da una cachetada y te hace caer en ella.
Hace poco se me ocurrió que por cada viaje realizado – a las Sierras de Córdoba o a la China- podría rescatar algo.
Algún detalle, alguna fragancia, alguna mirada.
La fotografía es una buena opción. Sí. Pero no alcanza. Porque no se ponen en juego los sentidos. Y para mí, aquella frase de “una imagen vale más que mil palabras” es tan inexacta como la relación entre el tiempo y el espacio.
¿Qué significado tendría ver un árbol, si no se supiera que ése árbol es un árbol? Pues ninguno.
Es la palabra, el lenguaje, lo que permite distinguir un árbol de una piedra. Y contemplarlo.
Y si la palabra puede designar todo esto… ¿por qué no utilizarla para plasmar un sentimiento, una sensación?
Dos domingos atrás, mi familia y yo salimos a distraernos un rato.
Fuimos para Jesús María. El día estaba especial para dar un paseo.
A mi mamá se le ocurrió que podríamos visitar la Estancia Jesuítica Santa Catalina.
Mi papá asintió y allá fuimos. Sin rumbo, porque no sabíamos cuál era la ubicación exacta de aquella histórica estación.
Cuando quise acordar, estábamos transitando una estrecha calle de tierra. Entre la lluvia y el sol.
A los costados, ni una casa, ni una señal de habitantes.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que al fin llegamos. Personalmente, se me hizo eterno el recorrido.
Bajar del auto significó poner los pies en el siglo XIX. Claro que no me refiero a la Estancia:
Alrededor de la finca, se encontraba el “centro del pueblo”. Un pueblo marcado por el incesante paso del tiempo, sin signo alguno de progreso.
A la derecha una comisaría, el dispensario y creo que un quiosco. No me acuerdo.
A l a izquierda, tres o cuatro ranchitos levantados con ladrillos, manchados de antigüedad.
Yo no estaba prestando atención al paisaje, al universo que me estaba regalando la visita.
Había inspeccionado la capilla de la hacienda y escuché hablar al guía de un montón de estupideces. No digo que haya mentido en su relato, pero me daba la sensación de que había aprendido un guión de memoria, cual un niño estudia las Máximas de San Martín: punto a punto. Sin comprender ni un poquito lo que decía.
En eso, levanté la vista.
Vi a una mujer como sacada de un cuento. Un cuento de abuelas y leyendas. Se asomó desde su casita humilde, con su pelo nevado y un mate entre sus manos.
Deduzco, dos semanas más tarde, que hace muchos años que vive allí; que sacarla de Santa Catalina sería como despojarla de su vida. Pero eso es hoy. En ese momento quedé atónita. Sólo callé.
Fue como si el tiempo se hubiese detenido.
Apuesto a que ninguno de los turistas que estaba entre nosotros se percató de su presencia. Portaban cámaras fotográficas, pero se limitaron a capturar la fachada de la estancia.
Ellos se llevan de recuerdo la estampa del edificio tan tosco, tan delicado… tan europeo.
Yo, en cambio, traigo en mis retinas la representación de una Córdoba, de una Argentina, de una América Latina, llena de ambigüedades, hoy representadas en una viejita pueblerina. Mañana, quién sabe… otro viaje lo dirá.
Lo cierto es que aquella anciana- sin tener idea de quién soy y de que alguna vez estuve pisando su tierra- hizo que me diera cuenta que más de una vez nos perdemos en la maravilla de lo evidente, sin mirar lo particular, el detalle… aunque el detalle sea solamente una parte del todo. Porque la estancia seguirá siendo estancia y estará siempre concurrida, por uno, dos o quizás cientos de turistas frívolos, que nunca se enterarán que en ese lugar hubo, alguna vez, una señora cuyas arrugas representan las medallas de la vida, con un mate entre sus manos y sus cabellos teñidos de esperanza.
Por eso quiero tomarme la labor de dibujar con palabras aquello que se ve, pero que paralelamente es tan invisible.
De la excursión a Santa Catalina, solo me quedan esos vagos recuerdos.
A partir de hoy, nada de lo que vea y observe, podrá escaparse a mis cinco sentidos.
Allí estaré para cristalizarlo en un simple papel.
Nadie me obliga. Lo hago porque es parte de mi crecimiento sensorial. Si me equivoco y esto no sirve de nada… ya lo juzgará el tiempo.
Luna.
Hace poco se me ocurrió que por cada viaje realizado – a las Sierras de Córdoba o a la China- podría rescatar algo.
Algún detalle, alguna fragancia, alguna mirada.
La fotografía es una buena opción. Sí. Pero no alcanza. Porque no se ponen en juego los sentidos. Y para mí, aquella frase de “una imagen vale más que mil palabras” es tan inexacta como la relación entre el tiempo y el espacio.
¿Qué significado tendría ver un árbol, si no se supiera que ése árbol es un árbol? Pues ninguno.
Es la palabra, el lenguaje, lo que permite distinguir un árbol de una piedra. Y contemplarlo.
Y si la palabra puede designar todo esto… ¿por qué no utilizarla para plasmar un sentimiento, una sensación?
Dos domingos atrás, mi familia y yo salimos a distraernos un rato.
Fuimos para Jesús María. El día estaba especial para dar un paseo.
A mi mamá se le ocurrió que podríamos visitar la Estancia Jesuítica Santa Catalina.
Mi papá asintió y allá fuimos. Sin rumbo, porque no sabíamos cuál era la ubicación exacta de aquella histórica estación.
Cuando quise acordar, estábamos transitando una estrecha calle de tierra. Entre la lluvia y el sol.
A los costados, ni una casa, ni una señal de habitantes.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que al fin llegamos. Personalmente, se me hizo eterno el recorrido.
Bajar del auto significó poner los pies en el siglo XIX. Claro que no me refiero a la Estancia:
Alrededor de la finca, se encontraba el “centro del pueblo”. Un pueblo marcado por el incesante paso del tiempo, sin signo alguno de progreso.
A la derecha una comisaría, el dispensario y creo que un quiosco. No me acuerdo.
A l a izquierda, tres o cuatro ranchitos levantados con ladrillos, manchados de antigüedad.
Yo no estaba prestando atención al paisaje, al universo que me estaba regalando la visita.
Había inspeccionado la capilla de la hacienda y escuché hablar al guía de un montón de estupideces. No digo que haya mentido en su relato, pero me daba la sensación de que había aprendido un guión de memoria, cual un niño estudia las Máximas de San Martín: punto a punto. Sin comprender ni un poquito lo que decía.
En eso, levanté la vista.
Vi a una mujer como sacada de un cuento. Un cuento de abuelas y leyendas. Se asomó desde su casita humilde, con su pelo nevado y un mate entre sus manos.
Deduzco, dos semanas más tarde, que hace muchos años que vive allí; que sacarla de Santa Catalina sería como despojarla de su vida. Pero eso es hoy. En ese momento quedé atónita. Sólo callé.
Fue como si el tiempo se hubiese detenido.
Apuesto a que ninguno de los turistas que estaba entre nosotros se percató de su presencia. Portaban cámaras fotográficas, pero se limitaron a capturar la fachada de la estancia.
Ellos se llevan de recuerdo la estampa del edificio tan tosco, tan delicado… tan europeo.
Yo, en cambio, traigo en mis retinas la representación de una Córdoba, de una Argentina, de una América Latina, llena de ambigüedades, hoy representadas en una viejita pueblerina. Mañana, quién sabe… otro viaje lo dirá.
Lo cierto es que aquella anciana- sin tener idea de quién soy y de que alguna vez estuve pisando su tierra- hizo que me diera cuenta que más de una vez nos perdemos en la maravilla de lo evidente, sin mirar lo particular, el detalle… aunque el detalle sea solamente una parte del todo. Porque la estancia seguirá siendo estancia y estará siempre concurrida, por uno, dos o quizás cientos de turistas frívolos, que nunca se enterarán que en ese lugar hubo, alguna vez, una señora cuyas arrugas representan las medallas de la vida, con un mate entre sus manos y sus cabellos teñidos de esperanza.
Por eso quiero tomarme la labor de dibujar con palabras aquello que se ve, pero que paralelamente es tan invisible.
De la excursión a Santa Catalina, solo me quedan esos vagos recuerdos.
A partir de hoy, nada de lo que vea y observe, podrá escaparse a mis cinco sentidos.
Allí estaré para cristalizarlo en un simple papel.
Nadie me obliga. Lo hago porque es parte de mi crecimiento sensorial. Si me equivoco y esto no sirve de nada… ya lo juzgará el tiempo.
Luna.
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