Soy una más de ese montón de bohemios que tienen el afán de explicarle al mundo que son las palabras su único eje de rotación.
sábado, 22 de febrero de 2014
Eva
Córdoba pesa. Pesa, porque el gris de febrero tiende a ser una carga para quienes transitan, entre peatonal y peatonal, con el verano en las espaldas y el invierno en la cabeza.
Martes. Lluvioso. Fresco. Molesto.
Eva camina con la esperanza de llegar a alguna parte, como si la suerte hablase con la voz ronca de los porteros eléctricos. Como si la puerta de un viejo edificio de la calle Bolívar fuese la entrada a la espina dorsal del futuro. Eva no es nadie. Tiene los sueños suspendidos y febrero le ha mojado las alas. Ya no vuela como en los tiempos de la universidad. La utopía de aquellos años se le hizo trizas contra el suelo el día en que le dieron el diploma. Ahora, la lluvia carece de la magia blanca que antes le servía. Ya no le lava las culpas, ni le perfuma la piel. Es sólo un imprevisto de mal gusto. Un parásito para los días de peluquería. Una maleza para las pocas pilchas colgadas en el balcón.
Cuanto más tiempo pasa, menos días le quedan para cumplir los protocolos. Lo sabe, y ya no tiene ganas de diagramar revoluciones y ser la líder de guerrillas fugaces. Ya no le cree al diario, ni a la tele, ni al taxista. Se ha hecho hacedora de sus propias verdades.
Seis de la tarde. El bar de siempre. Cortado en jarrito. Un libro de Galeano.
La lluvia estampa perlas en el vidrio. Del otro lado, una vieja rezonga tras tropezar con una paloma medio enferma.
Eva ha entendido que sólo las putas y los traidores logran sus objetivos en el corto plazo, pero ya no le preocupa. No ha nacido para ninguna de las dos virtudes.
Aprendió que los negros no son negros porque quieren, sino porque los blancos lo deciden. Tiene el academicismo furtivo de un debate de café y no le tiembla la voz para defenderse de los incoherentes devenidos en sabios.
Cambió las zapatillas de lona por un par de tacos, no tan altos. Lo suficiente como para ser bien atendida por las empleadas de los negocios de ropa de la San Martín.
Ya no le duele tanto la muerte, ni compra las palabras rosadas de los chamuyeros de salón. Pregunta por cortesía, pero olvida las respuestas. Responde con elegancia, pero elude las preguntas. Nadie lo ha notado, salvo la Eva que era antes de estrellarse con el aire impuro de una ciudad que no registra a ninguna de las dos.
Anochece. Las calles son el espejo del alumbrado público. Febrero se debilita en el almanaque. Lluvia. Luna. Lluvia.
Eva cierra los círculos. Los abre. Se pone afuera. Las paredes ya no la protegen. Los años la encorvan hacia la tierra. El cielo le queda más lejos que al principio. Más lejos que cuando tenía dieciocho años y era su única dueña. Las nubes le son un obstáculo y las odia por eso. Ya no tienen forma de tigres, ni de indias, ni de bicicletas. Son sólo el escenario de un rayo que arde por un instante los suburbios. Cree que si los finales fuesen felices, no serían finales. El pensamiento, como los libros, se arruina bajo el agua. Y aunque puedan volver a utilizarse, no vale la pena correr el riesgo y andar por ahí con las ideas húmedas e inentendibles. Entendió que se había hecho adulta el día en que compró su primer paraguas.
@strellasalerno
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