Probablemente aquellos que, alguna vez visitaron este blog,
me encontraron entre líneas. Todo lo escrito tiene que ver conmigo. Algunas
cosas tienen más realidad que otras. Escribo con simpleza, desde lo que hice o
viví.
Un profesor de literatura, que me crucé en alguna búsqueda errante, le llamó “panfleto”. Puede ser. Quizás entrar en los espirales de las palabras siempre me haya resultado escabroso e innecesariamente complejo. “Panfleto” es un término que no me incomoda. Lo prefiero a las vacías poesías de elite: poesía para poetas. Yo escribo para todo aquel a quien el azar, la casualidad o como quiera que se llame, lo dirija hasta aquí.
Qué más da.
Leo y releo este cuentagotas de textos y no encuentro nada parecido a lo que algunos amigos (unos escritores, otros más o menos) me hacen interpretar:
Yo no escribí sobre dos personas haciendo el amor. Nada de sexo, ni de sábanas, ni de almas enredadas, ni de bocas fundidas. Ni en primera persona, ni en tercera.
A esta altura, varios de ustedes, mis amigos, ya sacaron la bendita conclusión, apropiándose de ese concepto obsoleto y absurdo que es “mi intimidad”. ¡No se esfuercen! En este blog, perdido entre los millones de blogs, todo es relativo. Paralelo.
Porque yo sí hice el amor. No pretendan encontrarse una descripción banal del asunto. Renuncien al anhelo de querer encontrar el lugar donde escondí la primera vez o la última.
No hay golpes bajos ni mensajes subliminales.
Hice el amor con cada una de las palabras escritas. Rodé por el suelo, por el aire, envuelta en cada sonido. Me elevé desde las hojas en blanco, hasta mancharlas de sentido imprevisto.
Hice el amor con el que leyó. Con el que halagó una línea o la defenestró. Hice el amor cuando les conté el perfecto final de mis abuelos. Hice el amor cuando descubrí la semilla que crecía dentro de esta pantalla medio muerta, medio viva. Hice el amor con los personajes. Con Alicia. Con la barbie asesinada que creé de un tirón.
Hice el amor con la memoria, con las miradas de esos chicos a quienes un móvil militar les arrancó al padre. Hice el amor con la flaca que quería suicidarse un domingo a la tarde. Hice el amor con el rengo que no podía evitar la nostalgia, camino a la oficina. Me revolqué escandalosamente con una casa vacía, llena de muebles. Me acosté conmigo misma, para consolarme por la asquerosa decisión de entrar a una iglesia a protegerme del frío. Apretujé mi alma con este teclado que pudo haber sido cualquier otro. Me mordí los labios cuando apenas transpiré borrones. Cada vez que me senté a escribir, hice el amor.
No voy a mentirles. Poco me importan los modales y las buenas costumbres. La promiscuidad siempre me ha sentado muy bien.
@strellasalerno
Un profesor de literatura, que me crucé en alguna búsqueda errante, le llamó “panfleto”. Puede ser. Quizás entrar en los espirales de las palabras siempre me haya resultado escabroso e innecesariamente complejo. “Panfleto” es un término que no me incomoda. Lo prefiero a las vacías poesías de elite: poesía para poetas. Yo escribo para todo aquel a quien el azar, la casualidad o como quiera que se llame, lo dirija hasta aquí.
Qué más da.
Leo y releo este cuentagotas de textos y no encuentro nada parecido a lo que algunos amigos (unos escritores, otros más o menos) me hacen interpretar:
Yo no escribí sobre dos personas haciendo el amor. Nada de sexo, ni de sábanas, ni de almas enredadas, ni de bocas fundidas. Ni en primera persona, ni en tercera.
A esta altura, varios de ustedes, mis amigos, ya sacaron la bendita conclusión, apropiándose de ese concepto obsoleto y absurdo que es “mi intimidad”. ¡No se esfuercen! En este blog, perdido entre los millones de blogs, todo es relativo. Paralelo.
Porque yo sí hice el amor. No pretendan encontrarse una descripción banal del asunto. Renuncien al anhelo de querer encontrar el lugar donde escondí la primera vez o la última.
No hay golpes bajos ni mensajes subliminales.
Hice el amor con cada una de las palabras escritas. Rodé por el suelo, por el aire, envuelta en cada sonido. Me elevé desde las hojas en blanco, hasta mancharlas de sentido imprevisto.
Hice el amor con el que leyó. Con el que halagó una línea o la defenestró. Hice el amor cuando les conté el perfecto final de mis abuelos. Hice el amor cuando descubrí la semilla que crecía dentro de esta pantalla medio muerta, medio viva. Hice el amor con los personajes. Con Alicia. Con la barbie asesinada que creé de un tirón.
Hice el amor con la memoria, con las miradas de esos chicos a quienes un móvil militar les arrancó al padre. Hice el amor con la flaca que quería suicidarse un domingo a la tarde. Hice el amor con el rengo que no podía evitar la nostalgia, camino a la oficina. Me revolqué escandalosamente con una casa vacía, llena de muebles. Me acosté conmigo misma, para consolarme por la asquerosa decisión de entrar a una iglesia a protegerme del frío. Apretujé mi alma con este teclado que pudo haber sido cualquier otro. Me mordí los labios cuando apenas transpiré borrones. Cada vez que me senté a escribir, hice el amor.
No voy a mentirles. Poco me importan los modales y las buenas costumbres. La promiscuidad siempre me ha sentado muy bien.
@strellasalerno
