martes, 22 de noviembre de 2011

Salvajes y Sociales

Mientras la novia lucía el fulguroso blanco, la abuela se velaba sola, con la piel blanca de tanta muerte.
Todo se desarrolló como estaba previsto. Nadie pudo frenar lo que había llevado más de un año de preparación. Mujeres de perlas imitadas, le daban a la noche un pigmento egocéntrico.
Esa tarde una manada de hipócritas decidió callar, e intentó enmudecer a todos los invitados de la fiesta, que serían – al otro día- los mismos que llorarían en el funeral.
Los niños, que apenas podían distinguir las piernas de sus madres debajo de los vestidos, fueron los más humanos en toda la situación. Se miraban a sí mismos y no se encontraban. No fingieron la sonrisa y tampoco podían entender ni la mitad de lo que les tocaba vivir: Sus padres los presentaban como trofeos ante los parientes viejos, quienes en pocas horas olvidarían la edad, el nombre e incluso el sexo de las pobres criaturas. Al día siguiente, el circo se repetiría, pero en vez de sidra, los padres serían felicitados con un brindis de café.
Los chicos son los más indefensos en todo evento social. No caben dudas de la crueldad a la que son sometidos sin vestigios de sentido. Se convierten de pronto en mascotas a las que se les pide que canten, o que hagan silencio, o que besen a una que otra mejilla por demás maquillada. Están desnudos ante tanta idiosincrasia de salón.
Son estos eventos los que les exigen a los adultos demostrar cuánto se han civilizado en la escuela de la vida. A los chicos, la civilización y los buenos modales no les interesa, porque no los necesitan.
Vals, música y regodeo coronaban la fiesta… y la abuela no se levantaba de ese mueble a medio abrir por el que tanto pagó, pero no pudo ver.
Toda una vida preocupándose por el lugar donde estaría cuando dejara de existir… ¿vale la pena estar sin ser? ¿Importa si es tierra o es nicho?
La sicodelia de una fiesta programada desvirtuaba la verdad de lo que ocurría y en la sala fría de una empresa funeraria, la abuela era la protagonista de una reunión inexistente y postergada.
Nadie recordó que se había preparado durante años para posar muerta ante quienes llegaran a certificar su partida. Nadie recordó que la vieja había soñado su velorio, incluso muchos años antes de enfermar. Sin embargo, el llanto, el café, los reencuentros y las malas lenguas, se reprogramaron para el día siguiente por la ridícula causa de una agenda ocupada.
La madrugada hizo lo suyo sobre los nietos, que debieron dejar la resaca guardada en un cajón. La instaurada naturaleza social les exigía cambiar el jolgorio por el rostro destruido por el escenario irreversible. Así lo requería el manual de instrucciones con el que crecieron, y que la propia abuela les enseñó.
El velorio siguió su cauce con la misma lógica del casamiento: Una reunión desdibujada, con parientes obligados y parientes cercanos. Invitaciones oficiales que habían empezado años antes, cuando la abuela asistía a todas las vigilias fúnebres: al concurrir, ponía en tácito compromiso a los familiares del difunto para que fueran a verla tiesa dentro del ataúd en el futuro.
No faltó la atención de privilegio, y nadie quedó sin probar el pastel que había sido fotografiado la noche anterior. Los chicos seguían jugando, como si las horas no hubiesen marcado el corte de un capítulo. El mismo olor a flores de la iglesia, repugnaba dentro de la sala. Peinados exuberantes y abrazos melancólicos simulaban tristeza y desencanto.
Naufragaban los recuerdos en palabras vacías, y los organizadores de ambos eventos fueron agraciados una y otra vez. Fiesta y velorio eran líneas perpendiculares con un punto en común: las dos reuniones celebraban la misma eternidad de maneras diferentes, sólo que la muerta podía esperar. Ahora le sobraba el tiempo.

@strellasalerno